Domingo 15 de Julio de 2007_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

ESPECIALISTA EN CRISTIANISMO.

“En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que esta escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó: luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso”.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

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Muy gentiles amigos:

La Parábola que aparece en el Evangelio del día de hoy es uno de los trozos que han sido más comentados de toda la Sagrada Escritura. La han honrado con sus comentarios algunos intérpretes ilustres, plumas célebres, intelectos destacados y, sobre todo, místicos coherentes. Y, por fortuna, los comentarios no se han quedado en las páginas de nuestros libros, sino que han pasado, una gran cantidad de ocasiones, al escenario de la vida cotidiana.

Casi podríamos decir que el Buen Samaritano que se ha introducido en nuestra historia o en nuestras crónicas cotidianas se ha prolongado al tener el rostro de millones y millones de personas, de esta manera el samaritano de la vida cristiana iguala al buen samaritano acogido con todos los honores en el pensamiento y en la literatura. No obstante, resulta lamentable que, también hayamos sido muchos más aquellos que nos hemos quedado en imitadores del sacerdote y del levita, que se han pasado de largo ante las necesidades de su prójimo.

2.-         Resulta, entonces, necesario que tracemos unos cuantos y rápidos apuntes para una lectura que puede ubicarse en la historia de nuestra propia incomodidad.

Quizá lo más lamentable, sea el encontrarnos con que muchos de los predicadores nos hayamos quedado en reducir este episodio del Evangelio en un trozo edificante que sustenta no una vivencia auténtica del amor, sino como una especie de soporte ejemplar de la sola limosna y de la beneficencia.

Si la mirada de nuestra reflexión se pudiera detener aunque fuere por un solo momento en los detalles de la Palabra de Dios nos podremos dar cuenta de que el Samaritano merecería una mejor recompensa por su gesto, lo que él nos enseña va más allá de la sola beneficencia.

3.-     Dice el Evangelio: Se levantó un legista, y para ponerle a prueba...

Se trata de un experto en la religión del Antiguo Testamento. La religión vieja plantéa por enésima vez una discusión sobre lo doctrinal.

Y Jesús no se deja envolver en un debate que surge de los rigores académicos. El evita las telarañas de las precisiones y de las presunciones. Esquiva las doctas disquisiciones y manifiesta que no le agradan esos juegos de palabras surgidas de esas elucubraciones intelectuales que no tienen correspondencia con la vida de lo cotidiano.

Y así, el Señor encausa en la vida real el problema que le plantean.

A la pregunta que le coloca en el banquillo de la prueba, el Señor no responde presentando una tesis sino un hecho concreto. Es entonces que obliga a su interlocutor a que haga las cuentas claras a partir de los hechos. Le obliga, no a escoger una teoría, sino una actitud práctica. ¡Lo más difícil!

Al final no le pregunta a aquel que le cuestionaba: ¿haz entendido bien?. Ni tampoco le recomienda “acuérdate de esta lección y enséñalo siempre”. Sino que le impone con fuerza algo más radical: “Vete y haz tú lo mismo”.

El doctor de la ley había venido a discutir, y se va con una obligación bien precisa para actuar.

4.-     Y es que el Antiguo Testamento, y los deudores de él, sin el Nuevo Testamento se la quiere pasar dicutiendo, atacando y ofendiendo. El Nuevo Testamento le hace callar. El Evangelio reorienta la legislación. Y en compensación le obliga a mover las piernas, las manos, no la lengua ni sólo la recuperación de una información almacenada en las neuronas. El Nuevo Testamento obliga a hacer funcionar el corazón.

5.-         Digámoslo con pocas palabras: En el cristianismo el experto en religión no es “el que sabe”, no es el que recita de memoria los mandamientos, ni el qe se ha aprendido presuntuosamente una gran cantidad de textos bíblicos.¡No!, el experto no es el que sabe,... sino el que hace.

Y pensar que en algunas congregaciones e iglesias, de las que tocan la puerta de nuestra casa, hasta hacen concursos de memorización de textos y de discursos para ir a la casa del prójimo, y no se han dado cuenta de que lo importante será siempre el ir y “hacer nosotros lo mismo” que ha hecho el Buen Samaritano.

¡Qué lástima que por ir repitiendo de memoria esos textos con los que han formado un discurso repetido mecánicamente, los escribas de nuestro tiempo no seamos capaces de detenernos ante el prójimo de nuestras propias casas que nos piden tocar menos puertas ajenas y dedicar un poco más de tiempo para abrir nuestra propia puerta a aquellos seres de nuestra familia a quienes se la hemos cerrado amparados en el vómito de nuestra erudición!

6.-     ­¡Oye! Y ¿quién es mi prójimo?

El legista quiere una receta, un dato más, una información fría para almacenar en el portafolio o sobre el escritorio de su indiferencia. Le pide que sea claro, que le muestre el elenco detallado de las personas a las que hay que considerar como “prójimo”. Exige al Maestro que nos dé una especie de lista de los pobres, de las familias necesitadas. Le solicita que le ofrezca la dirección segura de todos los individuos a los que se les puede ofrecer, sin muchos riesgos, el calor del corazón.

Y nuevamente el Señor le da la vuelta a la situación y reformula la pregunta: Un hombre fue golpeado por unos salteadores,... entonces, un sacerdote,... un levita,... un samaritano,... ¿quién de esos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?

7.-     El Señor no le quiere responder cuál es el prójimo en voz pasiva. Sino que quiere descubrirnos quién es el prójimo en voz activa.

Cristo se encarga de trasladar el centro de interés en la discusión que el legista quiere entablar. El doctor de la ley se había colocado él en el pedestal y ha querido poner al resto de los hombres en su entorno, él está en el centro y los demás están alrededor: Yo soy el que cumple, dime: ¿quién es mi prójimo?

El Señor responde con sensatez, con cordura y con sinceridad: el centro no es el “yo” sino el “tú”, lo importante no es tu “ego” sino aquel que se encuentra en nuestro camino y tiene necesidad de ayuda, de comprensión y de amor.

El problema fundamental no es el de saber quién es nuestro prójimo, esto es, la categoría de personas que le permitan ejercer una cátedra de caridad. El problema esencial se ubica en un protagonismo malsano que no nos deja que nos convirtamos en verdaderos prójimos de aquellos que nos encontramos. Nos cuesta tanto desplazar el centro de interés de un “yo superinflado” a el rostro de los demás en el necesitado.

El samaritano ha sabido colocarse en la perspectiva exacta, o sea, en la parte del otro.

Se trata de entrar en la órbita de la salvación y que nos ubiquemos en las coordenadas que tienen el diástole y el sístole en el latido del corazón de Dios: No se trata de saber a quién tengo que amar, sino de darme centa de que todos tienen derecho a mi amor.

8.- Albert Schweitzer, alemán de nacimiento, es uno de los mejores doctores en teología que yo haya leído, especialista en cristiología, fue uno de los mejores maestros en la Universidad de Hamburgo, pero llegó el momento en que bajó de la montura de la cátedra para encontrarse auténticamente con el Cristo que enseñaba en las aulas: El contacto con los leprosos tirados a la vera del camino le hicieron bajarse de su cabalgadura, le llevó a dejar las aulas y los claustros, los libros y los apuntes, para dedicarse a cuidar enfermos. Los amigos que le conocen han expresado la afirmación más sensata y afortunada: “El Doctor Schweitzer ha dado desde entonces la mejor cátedra en teología que pudo haber dado: cuidar a Cristo en el leproso en Lambaréné, en el África Ecuatorial Francesa”.

¿Quién es el especialista en la doctrina cristiana? ¡El que ama! Decía el bien recordado Papa Juan XXIII, que cuando él era joven, admiraba a las personas listas, a los inteligentes, a los genios, a los superdotados, a los críticos y analistas. Pero,... ahora he cambiado mi apreciación, ahora que soy viejo, admiro a las personas bondadosas. “Estoy convencido de que un corazón bueno vale mucho más que todas las cabezas de este mundo”.

9.- La invitación del Evangelio del Dios con nosotros, del Dios cercano, del Emmanuel, es para que nos hagamos cercanos, que nos convirtamos en vecinos, en “prójimo” de todos, especialmente de los que están más lejos.

Sólo de esta forma, acercándose, anulando las distancias, podré escuchar sus gemidos y descubrir sus sufrimientos, ¡y después atenderlos!

10.- Pero, lamentablemente… ¡Es tan fácil crear distancias inmensas en nuestro camino y volver intransitable el camino del cristianismo! Marcamos distancias con la Gente antipática, las personas fastidiosas, la muchedumbre torpe, los familiares inoportunos, esos padres o hermanos que alteran nuestros esquemas, nuestros planes y nuestras programaciones.

Y pasamos a su lado, les rozamos, convencidos de que sus problemas no son nuestros problemas y sus procupaciones no nos conciernen.

Sé que hacer una lista de prójimos sirve solamente para aumentar nuestras distancias, y para que multipliquemos a los que están excluidos de nuestro amor.

¿Qué es lo necesario? Hace falta adivinar el gesto exacto, precisamente el del samaritano. Solamente entonces la pregunta: ¿quién es mi prójimo? Desaparece de nuestros labios porque carece totalmente de sentido. La pregunta tiene una sola repuesta y el problema una solución. La inquietud sobre ¿quién es mi prójimo? se recuelve al anular las distancias,... al hacernos prójimo del hermano: ¡Vete y haz tú lo mismo! Nos dice a nosotros el Maestro.

 

CONOCER, CELEBRAR Y VIVIR.

“En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

1.- La fe para el cristiano es una virtud teologal por la que creemos en algo confiados en quien nos lo revela o manifiesta. No obstante la fe más que creer en algo es creer en alguien, más aún, te voy a decir algo más radical, la fe más que creer en alguien es creerle a alguien. La fe más que creer en Dios es creerle a Dios.

Te molesta mi afirmación, pues la reitero: Fe no es creer en Dios sino creerle a Dios, si no lo aceptas tienes que considerar lo que afirma el Apóstol Santiago: Tú crees en Dios y haces bien, el diablo tanbién cree en Dios y tiembla.... El diablo cree que Jesús es el Hijo de Dios pero aquello que conoce está distanciado de lo que vive. Le dicen los demonios al Señor cuando va a curar al endemoniado de Gerasa: “ya sabemos quien éres Jesús de Nazareth, éres el Hijo de Dios, déjanos ir a aquella piara de cerdos”.

Te darás cuenta de cómo lo más importante no es lo que se conoce sino lo que se vive. Y es que, muchos de nosotros confesamos con los labios que Jesús es el Señor y en nuestra vida no le hablamos a nuestros padres, y todo porque el pastor nos lo ha dicho así,... ¡qué lamentable! ¿no te parece? ¡Es que ellos no han aceptado a Cristo en su corazón! ¿Y tú sí?...

Y tenemos que recordar lo que nos enseñó el corazón de Cristo: No todo el que me diga: Señor, Señor entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre.

¡Señor!, ¡Señor!, nosotros predicamos en las plazas y arrojamos demonios en tu nombre. Le diremos, a lo que Él nos referirá: Aléjense de aquí agentes de iniquidad vayan al lugar de fuego preparado para el demonio y sus secuaces...

¿Qué es pues la fe? La fe más que creer en Dios es creerle a Dios. Muéstrame tu fe sin obras que yo con obras te mostraré mi fe.

2.-     Y por desgracia, tenemos que aceptar que hoy en día nuestra sociedad se ha descristianizado. Alguien argumentaría contra mi afirmación que aunque algunos no sean católicos la gran mayoría de las personas se profesa cristiana, y tengo que decir que no es esto a lo que me refiero. Es cierto que sí salgo a la plaza y pregunto: ¿Crees en Jesús? La inmensa mayoría va a responder que sí, pero si elaboramos la segunda pregunta: ¿Tú le crees a Jesús? La persona en su sinceridad tendría que creer que no del todo. O tú mismo con quien comparto la reflexión respóndete con sinceridad: ¿En lo que se refiere a la sexualidad tú le crees a Jesús? ¿En lo que se refiere a la justicia con tus empleados o en tu comercio tú le crees a Jesús? ¿En lo que se refiere a anticoncepcepción tú le crees a Jesús? ¿En lo que se refiere al noviazgo tú le crees a Jesús?

La fe cristiana no es tan sólo la adhesión a unos contenidos memorizables sino que la fe es, ante todo, adhesión a la Persona Divina que ha venido a nosotros y que nos revela las verdades de la eternidad.

La fe es una actitud fundamental en la vida del cristiano, no es tan sólo un creer en Jesucristo sino también, y sobre todo, un creerle a Jesucristo.

3.-     Esta fe tiene diferentes dimensiones en su manifestación: Conocer profundamente a Aquel en quien creemos, Celebrar religiosamente y con piedad a Aquel a quien confesamos como Dios, pero sobre todo el Vivir de acuerdo a lo que Él nos ha enseñado con sus palabras y con su propia vida y entrega generosa en la cruz. Conocer, celebrar y vivir, se trata de tres pasos indispensables e inseparables en nuestra vida.

Y, sin embargo, tendríamos que discernir entre estos tres verbos. ¿Cuál es el más importante? ¿Quién es el especialista sobre cristianismo? ¿El que conoce? ¿El que celebra? o ¿El que vive?

Quizá, el día de hoy, más que la selección nos ayude la eliminación para poder elegir entre las tres posibilidades.

4.-         Bastaría que dirigiéramos nuestra mirada al Evangelio de este domingo para que podamos alertar nuestra mirada sobre dos cerrazones posibles en la manifestación de nuestra fe cristiana.

La primera cerrazón es la de aquellos que nos quedamos en el simple conocimiento de Dios. Se trata de los nuevos doctores de la Ley que cuestionamos a Jesús porque llegamos a conocer con certeza y repetimos con una especie de verborrea aquello que no vivimos en lo más mínimo.

Se trata de los intelectuales, los doctos, los que hemos profundizado y conocemos la fe a la perfección. Y tenemos uno que otro reconocimiento colgado en el muro de nuestra soberbia. Pero, que adolecemos por la incoherencia y la inconsistencia, ya que alejamos de la vida nuestros conocimientos, y con ello pagamos nuestra propia factura al convertirnos en esos sofistas capaces de discutir, precisar, definir y de discurrir. Pero que no unimos la vida a los conocimientos, que nos quedamos satisfechos en lo  intelectual, prefiriendo el bagaje cultural embarazoso, y convirtiendo lo más sagrado en sólo conceptos, para así quedarnos dando vueltas interminablemente en el caracol de la indiferencia. 

5.-     La segunda cerrazón es la de aquellos que nos quedamos en nuestras solas celebraciones y olvidamos la proyección de la vida. Se trata de aquellos que somos piadosos, religiosos, reductores de la fe a la sola ceremonia. Al alejar nuestras celebraciones de nuestra vida tenemos el riesgo de ser muy religiosos aún en nuestra vida de maldad, injusticia, deshonestidad o lo que es peor que todo lo anterior: la inmisericordia.

Se trata de aquellos que bordeamos al hermano necesitado para llegar temprano al templo, que no queremos ensuciar nuestras manos con la sangre del herido pero que nuestro corazón se queda contaminado de egoísmo. Es la escrupulosa práctica religiosa, la de aquellos que nos quedamos en nuestros ritos religiosos y no somos capaces de bajar de nuestras monturas para atender a los hermanos sumergidos en problemas, es esa religión que verdaderamente se convierte en una especie de “opio” que no lleva a Dios, porque nos deja en nuestro egoísmo refinado y enmascarado, viviendo solamente un cristianismo de maquillajes, con bellas caretas para cubrir el rostro de alguien que lleva en el pecho un corazón endurecido.

6.- El verbo conocer y el verbo celebrar sin el verbo vivir pueden dejarnos al margen de la dinámica cristiana. Aquellos que nos quedamos en el conocimiento pero que no vivimos lo que conocemos y aquellos que asistimos puntualmente a nuestras liturgias pero que no nos damos cuenta de que al Dios que buscamos en el templo nos ha salido al encuentro en nuestro camino, debemos ser conscientes de que es escándaloso el egoísmo, nuestra soberbia, el orgullo, el ser jactancioso, la mezquindad, la pedantería, el fariseísmo y la hipocresía,... el creerse a sí mismo, que lo merecemos todo y, por ello despreciar al hermano por su fragilidad. 

El pecado de aquellos que conocemos y celebramos lo que no vivimos no es otro sino el convertir nuestra religión en la vida de un calculador, un burócrata de la virtud, un perfeccionista de la hipocresía. La perfección es diplomática, sin alma, sin creatividad. Y es aquí en donde sobreviene nuestra peor distancia para con Dios: no la distancia geográfica, ni tan siquiera la de esa fragilidad a la que somos propensos todos, sino aquella distancia que marca el egoísmo para con el Padre que ama y para con el hermano que necesita de nuestro amor. El peor pecado que puede el hombre cometer, no es otro que el pecado de la ausencia de amor.

¿Te has preguntado qué es lo que le pide hoy el mundo al cristianismo? Nos piden… ¿Conocer a la perfección textos bíblicos que se repitan de memoria causando la estupefacción de propios y extraños? Solicitan… ¿Celebraciones litúrgicas y asambleas en donde todos nos la pasamos horas y horas escuchando y llorando ante mensajes repetitivos, y todos diciendo: ¡Sí, Señor!. ¡La Gloria a Jesucristo!, ¡Las murallas han caído!...? O esperan ¿qué nos bajemos de nuestras cátedras, sedes, púlpitos... de nuestras monturas para curar al que sufre en el camino de nuestra vida? ¿qué es lo que prefiere el mundo?

7.-     Te quería comentar cómo aconteció la reconversión de Don Salvador Espriu. El verbo está bien aplicado: Re-conversión. ¿Qué quien es Salvador Espriu? Bueno es un poeta y dramaturgo catalán quien murió en 1985, célebre autor de obras como la del Doctor Rip, La Horas, la Piel del Toro...

Cuando Don Salvador en aquel 27 de Diciembre de 1984, salió de una clínica de Barcelona, manifestó a la prensa que le preguntó sobre que era lo más importante en la vida, y él respondió: “La bondad”.

 “Me he considerado un hombre pesimista, que ve en cada esquina un holocausto atómico. Pero después de ser tratado con tanta bondad por las monjas en este centro hospitalario, yo no apostaría por la indefectibilidad de la destrucción atómica. Me doy cuenta de que hay maldad y cretinismo, pero que a mi alrededor también hay bondad y consideración. Para mí la bondad es la cualidad superior del espíritu. Para mí la inteligencia tiene que estar al servicio de la bondad.”

Don Salvador, poco después volvería para ya no salir con vida de la misma clínica pero había aprendido la mejor lección de su vida y había hecho la mejor declaración que pudo haber hecho.

8.-     ¿De qué sirve conocer a la perfección la Biblia si no vivimos la bondad?

Decía la madre Teresa de Calcuta, Samaritana del siglo XX, que en el mundo sólo hay tres cosas de valor: ser bueno, hacer el bien y manifestarlo con una plácida sonrisa.”

Un joven de Sant Quirze de Besora, de 26 años de edad, auxiliar geriátrico, diseñador de moda y pintor, lo deja todo y se marcha a la India a cuidar leprosos con la Madre Teresa de Calcuta. Preguntándole a la Madre Teresa si hay que tener una vocación especial para tratar y servir a los ancianos y a enfermos, responde: “Lo que hay que tener es una mirada, una sonrisa y unas manos.”

Una mirada: Hay miradas que se interesan por uno, miradas que confortan, miradas de paz, miradas de bondad, miradas que infunden ánimo y esperanza, miradas capaces de transmitir comprensión, afecto y ternura.

Una sonrisa: Se ha dicho que después de todo, sólo hay en el mundo tres cosas de valor: ser bueno, hacer el bien y manifestarlo con una plácida sonrisa. Marden escribió: “La sonrisa es una verdadera fuerza vital, la única fuerza capaz de mover lo inconmovible”.

Unas manos: Los biógrafos de San Camilo de Lelis cuentan que enseñaba a los novicios cómo debían mudar la ropa a los enfermos y cómo debían hacerle sus camas. Sabía el santo que una cama puede representar un elemento de gran alivio del enfermo, pero también un tormento, y que las manos tenían una gran importancia. Dicen que a veces aconsejaba: “¡Quiero ver más afecto materno! Hemos de poner más corazón, más alma en las manos.”

9.-     ¿De quién podemos decir que tiene una fe auténticamente cristiana? ¿los que conocemos toda la ley de memoria y vamos repitiendo textos casa por casa? ¿los que cantamos bellas alabanzas o los que emitimos excelsos sermones que arrancan las lágrimas de las piedras?... Me supongo que el que tuvo compasión de él...

¡Vete y haz tú lo mismo!

 

 

LA PARÁBOLA DE LO REAL.

“En aquel tiempo, Jesús dijo aun doctor de la ley: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó: luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso”.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”.

1.- Muy queridos amigos: un hombre que bajaba del camino de Jesusalén a Jericó...

Se trata de veintisiete kilómetros de bajada en declive, partiendo de más de mil metros de altura sobre el nivel del mar hasta llegar a un extraño fenómeno geofísico: una ciudad que está ubicada a doscientos metros bajo el nivel del mar; desde una región rica en Olivares como lo era Jerusalén hasta una región llamada de los dátiles, ciudad de las palmeras; desde el lugar en donde los habitantes se creían religiosamente más grandes que los demás hasta el lugar en donde los espías de Josué le han referido que habían visto gigantes; desde el lugar en donde los romanos tenían una fortaleza estratégicamente política hasta el lugar en donde tenían una fortaleza necesaria para el descanso; desde la capital de la religión en Israel a la capital de la recaudación de impuestos de los romanos, allá donde Zaqueo hacia de las suyas; dos ciudades importantes por diferentes razones, pero dos ciudades sobresalientes y atractivas... El problema se ubica en el camino de Jerusalén a Jericó, precisamente en el camino, son veintisiete kilómetros zigzagueando en medio de un desierto calcáreo. Un escenario al mismo tiempo alucinante como pavoroso.

2.-     El camino de Jerusalén a Jericó es un ambiente propicio para encuentros que nada tienen de halagüeño. Se trata de un camino de sangre.

Veintisiete kilómetros que no tan sólo dividen a dos poblaciones ni a dos ciudades importantes,... más que dividir al religioso del pagano dividirán a los hombres en otras dos categorías: Los que siguen de largo y los que se detienen, los que no tienen tiempo para perder y los que están dispuestos a perder un poco de su tiempo, los que van a encontrarse con Dios en el templo y los que saben encontrarse con Dios en el camino.

Son veintisiete kilómetros que separan a aquellos que enseñan el certificado de “a mí no me importa” y los que se sienten responsables de todo y de todos. Allí se dividen los “que no quieren complicaciones” y los que hacen acto de presencia ante el dolor que hay en el mundo. Se encuentran los que “no hacen daño a nadie” y a los que saben inclinarse ante toda necesidad. Coinciden los que no quieren invertir el valor de su tiempo de culto, de sus momentos de oración y aquellos que invierten sus valores, su tiempo, sus acciones, sus desvelos y sus promesas, sus vacaciones: “un hombre iba de viaje...”

Veintisiete kilómetros que dividen a aquellos que tienen que ocuparse de sus cosas importantes y aquellos que pierden el tiempo ocupándose de lo que realmente es importante: los sufrimientos del hermano y el dolor ajeno.

Veintisiete kilómetros en despoblado, allí en donde nadie se da cuenta de lo que sucede, no hay hombres que perciban lo que hacemos y lo que no hacemos, veintisiete kilómetros en la sombría soledad, sin que nadie vigile nada, pero,... veintisiete kilómetros vigilados amorosamente por la mirada de Dios las veinticuatro horas del día.

4.-     La verdad es que esta parábola está dentro de la perspectiva de otra parábola que nos conserva también el evangelista san Lucas: la del publicano y el fariseo.

Ellos allá en el templo, dos hombres que rezan. Y Dios que los observa.

Acá, dos hombres en los vericuetos del camino, un hombre medio muerto, un hombre que está por exhalar el expíritu, y dos hombres que se acercan. Y Dios que lo observa todo, en el templo y en el atrio de su templo que es todo camino, un Dios que lo fotografía todo, sobre todo aquello que más ama: la compasión para con el necesitado...

Puedo engañarme al pasar de largo. Pienso que nadie me ve, bueno casi nadie, ¡casi nadie! Y allí ese pobre hombre, que siente que se le escapa la vida, ni siquiera tiene fuerzas para abrir los ojos, ¡bueno! Eso es mejor, puesto que así ni siquiera se dará cuenta de que pasé a su lado, o mejor dicho que evite pasar a su lado.

Mi hipocresía y mi incoherencia no tendrán ningún testigo.

5.-     Pero no es así. Alguien lo mira todo. Se trata de alguien que me observa cuando estoy en el templo golpeándome el pecho, repitiendo Salmos y entonando alabanzas, que tengo el dinero de mi diezmo o de mi ofrenda para darle al ministro sagrado y que tengo manos para aplaudirle,...y que me observa cuando voy hipócritamente por los caminos, sin dinero para ayudar al necesitado y sin manos para curar sus heridas.

Para Dios también es importante la calle, los caminos, los senderos, las carreteras, los callejones, las esquinas. Son tan importantes y más que el templo. La calle y el templo son un lugar de encuentro y de desencuentros. Son veintisiete kilómetros que pueden suponer mi salvación o mi condenación.

6.- Veintisiete kilómetros, e incluso menos. Podría bastar un corredor, un pasillo, unos pocos metros, una mesa de despacho, una puerta al salir de la casa, un cuarto en mi propia casa que cruzo a toda prisa para no darme cuenta de alguien que está necesitando de mi ayuda. Es suficiente que haya un hombre que me necesite: y ahí será el camino que en mi vida baja de Jerusalén a Jericó.

Si pierdo el tiempo aunque no llegue puntual al templo, gano la eternidad, y si llegó a tiempo al templo es posible que me esté condenando.

Mi salvación eterna debe coincidir con la salvación del otro.

7.-     ¡Ah! Padre!, no exagere.... se trata sólo de una parábola, un hecho imaginario. Y no nos damos cuenta de que aquí menos que en cualquier lugar el Señor no tuvo necesidad de usar la imaginación. Se limitó a recordar y narrar un poco de la crónica de nuestra propia vida. Es allí en donde hay material suficiente para construir una parábola, trozo a trozo, pero con hechos auténticos, con personajes bien definidos, y posiblemente con nuestros propios nombres, oficios y apellidos.

En realidad, en la crónica diaria no hay un bandido sino millones de bandidos y miles de pandillas de salteadores. Aquí, en la parábola de lo ordinario no hay solo un levita o solo un sacerdote, sino miles de curas, miles de predicadores callejeros, miles de pastores, miles de ministros de la Sagrada Comunión, miles de coordinadores de liturgia, miles de ministerios de música y canto, miles de catequistas, miles de evangelizadores...

En la crónica diaria por desgracia no hay solo un hombre medio muerto,... hay más de los que te puedas imaginar, y con rostros muy conocidos...

Por fortuna tampoco hay un solo samaritano, pero no seamos hipócritas, no pensemos inmediatamente en nosotros cuando hablamos de los samaritanos,... y es que el samaritano era el enemigo de aquel pueblo de Dios,... como los samaritanos hoy pueden ser aquellos que tú y yo llamamos los enemigos del actual pueblo de Dios. ¡Sí! Será lamentable que nos demos cuenta de que en aquellos que no van al templo, y en los que no observan nuestras muchas normas de pureza, está el rostro de aquellos que son colocados como modelos por el Señor el día de hoy...

8.- Cada uno tiene su papel en la parábola. Un papel real. En el escenario de la vida. Unos cometemos fechorías, otros las padecen, algunos nos desentendemos y otros pagan por todos.

Y aquí lo importante es que Cristo conoce el nombre y el apellido de cada uno de los actores. Él conoce la conducta de los millones de personajes.

¿Cuál es mi papel? No hay ningún director de escena que me lo dé. Por fortuna, mejor dicho, por gracia de Dios, soy yo mismo el que lo escojo.

El Señor se ha limitado simplemente a contarnos, a referirnos lo que Él ve. Pero somos tú y yo los que hacemos la parábola. Y cuando Jesús dice: salteadores, sacerdotes, levitas, samaritanos, me doy cuenta de que ha pronunciado mi nombre.

Mi nombre y mi acción está escrito en el Evangelio.

9.-     Y, no obstante, hay algo que nos puede parecer consolador: todo  camino, por fortuna tienen dos extremos, hay dos lados en cada vereda. Y siempre queda el otro lado a nuestra disposición.

Pero para un cristiano es importante saber si está en el lado correcto. La parte más cómoda suele ser la parte equivocada. De todas formas parece que todos los expertos en religión solemos agarrar la parte más cómoda, dar un rodeo y seguir adelante, y es que,... lo más importante es el encontrarnos con Dios y que nada nos interrumpa o nos bloquée.

A todos nos han quedado ganas de ir corriendo detrás de ellos y tirarles una piedra y hacer lo que sea para detenerlos y cuestionarles: ¿por qué no se detuvieron antes? ¿ es qué no vieron a ese pobre hombre moribundo?

Y nos dirán, sí lo hemos visto, y por eso no nos detuvimos y bordeamos, teníamos razones legítimas para no detenernos: un horario que respetar, normas que observar. Cosas importantes en que fijarse. No podemos perder el tiempo, pero sí te prometemos levantar una enérgica protesta y organizar una marcha por la falta de seguridad en las carreteras...

Pero, no podíamos detenernos: ¡tú sabes! la sangre ensucia, no queremos meternos en líos con la policia, y eso de ir a declarar es muy complicado. Es más, ni siquiera sé quien es ese individuo ¡Allá las autoridades!

Y damos mil razones legítimas a todo mundo para no detenernos, y en las razones están aún aquellas por las que no permitimos trasfusiones sanguíneas apoyados en la Biblia,... razones que se convierten en lamentable sinrazón.

10.-   Y es que a los ojos de Dios, así lo ha dicho Jesucristo, que no el padre Rogelio, a los ojos de Dios solo tiene razón el que se ha detenido y se ha contaminado legalmente con el contacto de esa sangre que es la vida y que le pertenece a Dios, y aunque lo hubiese hecho en sábado, y aunque hubiese estado muerto: ¡no importa!, se detuvo, eso sí que importa

Los qe han seguido adelante recitando textos bíblicos o los que llegan temprano al templo a colocar sus guitarras y acomodar el orden del día de la alabanza esos no tienen razón.

Y nuestros caminos siguen siendo malditos, no tanto por la presencia de salteadores sino por la ausencia de amor. No son los salteadores los que hacen temible el camino, sino la indiferencia del bueno, del religioso, de los repetidores de textos bíblicos.

¡Qué extraño! Dentro del templo han llegado dos personas a tiempo a cumplir con la cita que tenían con Dios, y no se han dado cuenta de que Dios les salió en el camino. El samaritano supo no faltar a la cita decisiva.

11.-   ¡Vete y haz tú lo mismo!

 

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