Domingo 15 de Junio de 2008_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

CANDILES Y JUECES

“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto al dueño de la mies que envíe trabajdores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé: Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

Momento 4

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1.- Muy queridos amigos:

Vayan en busca de las ovejas perdidas de Israel... ¡Este imperativo me ha dejado pensativo durante todos estos días!

Y es que la gran mayoría de los cristianos solemos presumir de habernos dado cuenta sobre las cosas que debemos hacer en la vida, pero, la mayor parte de nosotros, no queremos aceptar que adolecemos por no clarificar una adecuada jerarquización sobre aquello que se marca como una prioridad en nuestra vida: las ovejas perdidas de nuestro propio redil.

El hacer memoria sobre la vida pública de nuestro Señor nos podrá ser útil en nuestro discernimiento. Recuperemos algunos elementos sobre su primer milagro y sobre su primera predicación y esto nos abrirá el entendimiento.

2.-     ¿Te acuerdas sobre aquella primera señal milagrosa que realiza el Señor en su vida pública?

¿En dónde te hubiera gustado que se iniciaran los milagros de su vida pública? ¿En qué lugar te hubiera gustado que realizara su primer hecho portentoso?

Si el Señor hubiese pedido nuestra autorizada y cualificada opinión, es posible, que muchos de nosotros hubiésemos elegido un funeral, para que allí en medio del dolor humano se manifestará como el único Señor de la Vida.

Otros, quizá después de nuestro discernimiento hubiésemos llegado a pensar que el mejor espacio para su primer milagro hubiese sido en un hospital, para que allí en medio de las discapacidades y de todo tipo de disfunciones se pudiese contemplar que Él es el único que alivia el cuerpo y el alma.

No faltará quien de nosotros hubiese pensado que el lugar excelente para efectuar el primer signo de su divinidad sería el desierto, para que así al convertir el Señor la aridez y la desolación en un verde y promisorio prado, se manifestará como Aquel que viene a recuperar la mañana de la creación en aquel espacio que se tornó en cardos y espinas por culpa de nuestro pecado.

Seremos escasos, pero existimos algunos que pensamos que lo adecuado hubiese sido la majestuosidad del Templo de Jerusalén, en una Liturgia Solemne y frente al altar de los sacrificios, para que todo mundo contemplara al Santo de los Santos que ha plantado su Tienda entre nosotros.

Podríamos engrosar nuestro elenco y, sin embargo, tenemos que comprender la sabiduría de Dios.

3.-     ¿Te acuerdas en dónde nos narra el Evangelista san Juan, como el lugar en que se dió la inauguración de la vida pública de Jesús y la primera de sus señales? En el contexto de una fiesta de bodas.

La vida pública de Jesucristo empieza con una fiesta de matrimonio. La plenitud de la obra de la salvación se ha iniciado en un ambiente familiar, en un clima doméstico, en un espacio tan cotidiano y tan,... ¡rutinario! Se trata del nacimiento de una familia que es santificada por la presencia del Señor y por el primer milagro.

Y, fue en ese momento, que la fiesta regresó al seno de la Familia humana. Aquella fiesta que se perdió por culpa de este hombre que después de la soberbia se escondía de la mirada de Dios.

En Canná de Galilea aquellas tinajas que durante tanto tiempo sirvieron para que el hombre intentara infructuosamente purificar sus culpas ante los ojos de Dios, se han convertido ahora en odres, para que Dios nos enseñe que Él no es el Dios del Temor sino el Dios del Amor. El Señor quiere misericordia y no sacrificios. El agua de las abluciones judías ha sido cambiado por el licor de la fiesta cristiana.

4.-     ¡Oye!, ¿Y te acuerdas, en dónde fue la primera de las predicaciones del Señor?

Yo sé que ya lo sabes, pero... antes de que lo comentemos y lo compartamos en la reflexión te quiero preguntar: ¿Qué lugar te hubiera gustado?

¿En qué lugar se podría dar la primer enseñanza? ¿Cuál es el sitio idóneo para ofrecer el primer sermón?

Se trata ahora de elegir al auditorio, que será el receptor del primero de los mensajes de salvación pronunciados por Aquel que es la Palabra  y el Hijo eterno del Padre.

¿Qué lugar te hubiera gustado para la primera homilía? ¿En que localidad te hubiera agradado que se nos dieran las primeras palabras de vida eterna?

Sin lugar a dudas, algunos pensaríamos ahora en Ur de Caldea, puesto que el Señor va a iniciar la formación del Nuevo Pueblo Elegido.

¡Ah! Ya sé,... estoy seguro, que algunos señalaríamos el Mar Rojo, ya que, con el Señor Jesucristo se estaba iniciando un nuevo éxodo en la salida de nuestro egipto espiritual y que trajo beneficios para todos los hombres.

Estoy seguro que otros podríamos pensar en el Monte Sinaí, como el lugar elegido, puesto que ha sido Jesucristo el que ha perfeccionado la ley y nos ha entregado su mandamiento nuevo.

No pocos, pensaríamos también en el Templo de Jerusalém, como el lugar indicado para la primer enseñanza de Aquel que nos trae la Nueva Alianza en su Cuerpo y en su Sangre.

5.-     Y, sin embargo, otra vez tenemos que abrir bien los ojos para descubrir el lugar elegido por Dios. ¿Qué lugar le gustó a Jesús para iniciar su ministerio de enseñanza? ¿Cuál auditorio escogió para iniciar su predicación?

Se trata de esa Sinagoga en Nazareth. Se trata, ni más ni menos, que del pueblo de su infancia. Su auditorio está formado por todos esos rostros de gente que le han visto crecer. Ellos son las personas que le vieron en su niñez, en su juventud y que le han visto convertirse en adulto. Se trata de sus vecinos, de sus amigos, de sus compañeros del colegio, de la gente que le conoce y le reconoce.

Y en la realidad ha escogido el lugar más complicado, y el público más exigente. Se trata de aquellos con los que convivió no durante 3 años, sino a lo largo de 3 décadas.

Ellos presumen conocer sus días y sus noches. Ellos han visto su rostro en las alegrías y en las humanas incertidumbres. Ellos le ubican en el barrio, le han visto cuando iba al brocal del pozo a llevar el agua para su hogar, han frecuentado la misma Sinagoga, han ido a su taller.

Le conocen cuando en su infancia jugaba en sus parques. Se trata de aquellos que compartían las mismas calles que andaba y desandaba cargando los maderos para la carpintería. Le conocieron en las aulas del colegio en las que aprendió el alefato, a contabilizar las dracmas, los ases, a conocer las medidas de los odres y las cánones para las longitudes.

Ellos le han visto sudando en el trabajo. Su rostro les resulta familiar, también desde su juventud, cuando al salir del taller traía residuos de serrín en sus barbas y el polvo de la madera en sus ropas. Ellos saben perfectamente que es “el hijo del carpintero”.

Se trata del auditorio que, hasta cierto punto, te conoce más y que te exige más. Se trata de aquellos, que en muchas ocasiones, se van acostumbrando a tu presencia. Aquellos que te conocen tanto, y a los que les resulta demasiado difícil reconocer un cambio en aquellos con quienes se han familiarizado en demasía.

¡Qué difícil es predicar en Nazareth! Y, sin embargo es allí en dónde se debe empezar a predicar.

6.-     Ahora, es el tiempo para que regresemos al Evangelio de este domingo y para que revisemos nuestra jerarquía de prioridades. ¿En dónde debe empezar su predicación aquel que ha sido enviado por el maestro?

Somos muchos los que preferiríamos predicar en otras latitudes, lo más lejanos de nuestra familia.

Si nos dieran a escoger, elegiríamos ir a los mismos confines de la tierra y, si fuera posible, hasta a otras Galaxias, pero evitaríamos el ir con las ovejas perdidas de nuestro propio Israel.

Somos tantos, incluyéndome yo mismo, los que evangelizamos a medio mundo, pero que nos olvidamos de nuestras ovejas perdidas. Hemos iluminado copiosamente las calles y hemos mantenido nuestras casas en la más profunda oscuridad. Nos hemos convertido en los jueces de otros tribunales, pero que en nuestra propia casa fallamos al orientar.

Incongruentes somos todos nosotros que somos tan “apostólicos”, y que olvidamos que el apostolado empieza en nuestra casa...

Es más fácil colocar una carpa en un terreno desmontado y poner unas bocinas monumentales y ponerse a predicar a los extraños, que predicar a las ovejas perdidas de nuestro Israel.

El Señor nos dice en este día, que en nuestro Israel están los primeros destinatarios de nuestra predicación. ¡Oye! ¿Cómo están tus ovejas?

Allí no hay margen de engaño. Son los que te conocen, los que te han visto. Ellos saben si eres congruente o si no lo eres. Te escucharán con atención o te reclamarán las imprecisiones.

¿Es difícil predicarles a las ovejas de Israel? Sin lugar a dudas, es el auditorio más exigente. Pero allí es donde tenemos que empezar.

 

MIES Y SEGADORES.

“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé: Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios.

1.- Muy queridos amigos:

¡Roguemos al dueño de la mies para que envíe operarios a sus campos!

La palabra “mies” pertenece a un lenguaje tan preciso que suele ser desconocida no tan sólo para muchas personas de las ciudades sino también por algunos que habitan en los campos.

La mies es el cereal maduro y es también el tiempo en el que los sembradíos deben ser segados y los cultivos de granos cosechados.

La “Mies” es un campo trabajado y cuidado adecuadamente que tiene la espiga en su punto para ser cortada, de tal manera que la menor de las dilaciones pudiera ser fatal y provocaría la ruina en un trabajo ya realizado durante largas y extenuantes jornadas.

Lo anterior nos ayuda a entender no tan sólo la riqueza que tiene nuestra oración y la necesidad de las vocaciones, sino también la urgencia que reviste tanto nuestra oración como también la llegada de los trabajadores a los campos de Dios.

2.-     Pero es Dios quien llama, por eso resulta necesario el rezarle a Él para que nos envíe los operarios necesarios.

¡Hagamos oración! El sacerdote no puede inventar su misión, es LLAMADO. Su identidad y su misión nacen de una vocación. Es Dios quien elige a los que Él quiere, de tal manera que el sacerdocio sólo será posible cuando el joven haya aprendido a escuchar la voz de Dios y cuando nosotros hayamos aprendido a elevar nuestra voz a Dios.

La vocación sacerdotal se fundamenta en una relación dialogante. Pero se fundamenta, ante todo y sobre todo, en una iniciativa de Jesús. En este punto es muy expresiva la formulación del Evangelio de san Mateo que hemos leído: Rueguen para que envíe trabajadores a sus campos.

No existe el derecho al sacerdocio. Esta misión no se puede elegir como si de un oficio o de una profesión se tratase. Sólo se puede ser elegido y llamado por Él. El sacerdocio no figura en la lista de los derechos humanos. Nadie puede reclamar recibirlo. Jesús llama a los que Él quiere. Hay derechos humanos que le competen a los hombres en razón de la naturaleza que Dios le ha dado y a favor de los cuales deben pronunciarse con tal determinación todos cuantos tienen fe en el Creador. Pero hay también un derecho del Señor sobre aquellos a quienes Él quiere para un ministerio especial.

Existe una voluntad de Jesús sobre mi persona y sobre tu persona. Tú y yo debemos adentrarnos en esta voluntad y debemos madurar en ella. La voluntad de Dios es nuestro espacio vital. Nuestra vida será tanto más plena, más colmada y libre, cuanto más nos unifiquemos con esta voluntad, en la que estará contenida la más profunda verdad de nuestro propio ser.

3.-     El Señor ha elegido, no por que sean los más elegibles, a Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé: Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor. Llamó a los que Él quiso y hoy debemos pedirle en nuestra oración que siga enviando operarios a sus campos.

4.-     Hablar de la vocación sacerdotal nos enfrenta a tres características que tiene el llamado que Jesús hace y la llegada de esos operarios que Dios sigue enviando a este campo de trigo que ya tiene el color del oro: la GRATUIDAD, LA FUNCIONALIDAD Y LA INALTERABILIDAD EN EL LLAMADO DE DIOS.

5.-     Primero la gratuidad. Esto es lo primero que debemos comprender y recordar siempre que pensamos en los candidatos al sacerdocio y en la formación sacerdotal, es que han sido "tomados" por Dios. Es cierto que ellos llaman o han llamado a las puertas del sacerdocio de modo consciente y libre, pero en realidad no están ahí por propia iniciativa: "Nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios" (Heb 5,4).

Debemos reconocer en el fondo de nuestra vocación la total y gratuita iniciativa de Dios. En cada uno de los que perciben la llamada al sacerdocio se repite la historia de aquellos discípulos a quienes Cristo ha llamado y a quienes les afirmará de modo rotundo: "No son ustedes los que me han elegido a mí, sino que soy yo el que les he elegido a ustedes" (Jn 15,16)

Recordemos lo que dice el evangelio de san Mateo: "Llamando a los doce discípulos,... Estos son los nombres de los doce". Esta expresión acentúa, una vez más, que el sacerdocio ha sido "creado" por Jesús. No es el producto de la decisión de un aspirante, ni puede tampoco establecerse en virtud de una decisión de la comunidad. La comunidad tienen que pedirle a Dios, pero es Dios el que envía a los trabajadores a sus campos. Nadie puede pronunciar como propias aquellas palabras que solamente le pertenecen a Él: “Éste es mi Cuerpo. Ésta es mi Sangre”. “Yo perdono tus pecados”. No hay comunidad que pueda otorgar tales poderes ni persona que deba usurparlos. Solamente Él puede hacerlo. Precisamente esto es lo grande, lo enteramente consolador y reconfortante: que aquí penetra en la historia algo que supera todas nuestras capacidades.

Justamente esta superación de toda nuestra capacidad personal es lo que espera la historia siempre de nuevo, una y otra vez: la potestad de perdonar, de cambiar el pasado; la potestad de invocar un amor que es indestructible en cada celebración de la Santísima Eucaristía.

6.-     En segundo lugar está la funcionalidad en el llamado: Se trata de trabajadores para unos campos que ya necesitan del trabajo conclusivo.

Cuando Dios llama, llama para algo. Toda la historia de la salvación habla de este misterioso modo de proceder divino: aunque Dios realiza la parte más importante Él quiere necesitar del hombre. Se trata de unos campos que el Hijo de Dios ya ha trabajado y que necesitan ahora de esa última parte de la jornada en la que los operarios cosechamos lo que no hemos sembrado ni cultivado,... ¡así ha querido Dios proceder en nuestra vida!

El hombre recibe un llamado de parte de Dios en la gratuidad pero este llamado tiene una función concreta. Dios llama a Abraham para fundar un pueblo nuevo; llama a Moisés para liberar a Israel de las manos de los Egipcios, llama a los profetas para que sean heraldos de la verdad, testigos de la voluntad divina; llama a la Virgen María para ser la Madre del Salvador. Ahora Jesús de Nazareth, el Verbo encarnado, llama a unos cuantos hombres para que estén con Él durante tres años y al enviarlos les da el poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias en el hombre.

Las funciones del sacerdote son dos: una en favor propio y otra en favor del pueblo de Dios. En cuanto a una necesidad de la propia persona: "Dios llama para que estén con Él" y en cuanto a una necesidad en favor de la misma comunidad cristiana: “Dios da el poder para expulsar a los espíritus impuros y para curar enfermedades y dolencias”.

Sólo el que está junto a Él puede ser enviado. Y sólo el que se deja enviar, el que transmite su mensaje y su amor, está a su lado. Los apóstoles son testigos de vista y oído (cfr. Hch 1,21-26). Sólo quien conoce a Jesús, sólo quien conoce sus palabras y sus hechos, quien ha experimentado en la convivencia de largos días y noches, sólo éste puede llevarle a los demás. Así es en nuestros días. "Para que estuvieran con Él". Tal es el componente primero y básico de la vocación sacerdotal.

Pero también es importante el que se vaya a realizar la misión a favor del necesitado. El texto del Evangelio de este domingo nos menciona que el Señor les dotó de la potestad de expulsar a los demonios y para que curaran las enfermedades y dolencias.         

Después del Concilio Vaticano II, ha surgido algunas veces la impresión de que hay cosas por hacer más urgentes que la predicación de la Palabra de Dios y la administración de los Sacramentos. Hay quienes piensan que hay primero que crear otra sociedad, antes de dedicar el tiempo a aquellas tareas. Tales opiniones se basan en la ceguera espiritual que sólo es capaz de percibir los valores materiales y olvida que el hombre necesita siempre la "totalidad", quiere respuestas para el hambre del cuerpo y del alma. No pueden dejarse a un lado los problemas del espíritu. Al contrario, es su desplazamiento o su exclusión lo que provoca los otros problemas y los hacer insolubles.

Nunca es, por tanto, superfluo conducir a los hombres hacia el Dios vivo. Por el contrario, Él es siempre el presupuesto básico para despertar lo mejor de las fuerzas humanas, aquello sin lo que, en definitiva, no pueden vivir. Cuanto más penetrados estemos nosotros mismos de la presencia del Dios vivo, tanto más podremos llevarla a los hombres y tanto mejor percibiremos que es justamente este servicio genuinamente sacerdotal el que no ignora la vida real, sino que hace "que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10).

7.-     Y por último está la inalterabilidad del proyecto de Dios. Cuando Dios elige, elige para siempre. Se subraya enfáticamente la firmeza inamovible del propósito divino. Yahweh compara la estabilidad del orden de su elección con el orden de la creación. La inalterabilidad no tiene su fundamento en la fidelidad del hombre sino en la fidelidad de Dios. Podrá arrepentirse Judas, a quien se le llama el traidor, y otros más, pero Dios no se arrepiente. En lo que se refiere al llamado de Dios bien podríamos recordar las palabras del Salmo 109: "Lo ha jurado Yahweh y no ha de retractarse; Tú éres por siempre sacerdote, según el orden de Melquisedec".

¡Pidamos a Dios que envíe operarios a su mies!

 

 

 

 

SEÑOR DANOS MUCHOS Y MUY SANTOS SACERDOTES.

“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor y envió a los doce con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

1.-     El novio ha ascendido a los cielos y ha dejado a sus amigos para que continuemos con su obra en la tierra, mientras que llega ese precioso momento en que los amigos nos unamos con el esposo en la dicha eterna.

Y es este lapso de tiempo ubicado entre la separación del novio, en su Ascensión gloriosa a los cielos, y nuestra llegada hasta Él, en la fiesta de la Parusía, en que se va realizando la misión de la Iglesia.

Se trata de ese Nuevo Israel con quien se ha desposado Jesucristo, el cual ha sido convertido en Pueblo Sacerdotal por la virtud de la sangre de Jesucristo que le ha absuelto de sus pecados. Todos los cristianos participamos del así llamado sacerdocio bautismal o común.

Al mismo tiempo, se trata de un Misterio del que le ha hecho partícipe a su Esposa, la Iglesia, para ser el sacramento por excelencia, instituido por Cristo, el Esposo, para perpetuar a través de los tiempos su obra salvífica y aplicar los beneficios de la redención a todos los hombres.

Más el sacramento colectivo exige siempre los ministros que lo concreten en cada tiempo y lugar, instrumentos personales cuya tarea sea construir ese templo y cuerpo espirituales, para la santificación y consagración de la humanidad y del mundo.

2.-     El ministerio sacerdotal de Cristo, Él lo ha querido prolongar a través de la acción sacerdotal de los Apóstoles y de sus sucesores.

Fíjate como el llamamiento y la transmisión de funciones y poderes es constatable en su vida. Sin embargo, el factor constitutivo del ministerio sacerdotal de sus apóstoles está en la voluntad del Resucitado, quien con su revelación, con el envío y con la comunicación de sus poderes y del Espíritu Santo, llamó a la vida a la Iglesia.

La potestad del perdón, del hacer presente sacramentalmente en la Eucaristía su sacrificio, del atar y del desatar, es la participación, en toda la amplitud, de los poderes que Cristo posee.

Hoy en día, muchos hermanos separados se preguntan sobre las facultades sacerdotales: ¿Cómo puede ser que un hombre perdone los pecados? ¿Cómo puede un hombre darnos a comer el Cuerpo de Cristo?

Nuestros hermanos separados dudan que Cristo a través del ministerio sacerdotal transforme el pan consagrado en su cuerpo y el vino consagrado en su sangre, ¿Cómo puede ser que un hombre haga esas cosas?, y yo les pediría que me respondieran a la siguiente pregunta: ¿ustedes creen que alguien a quien se le derrama agua en su cabeza y se invoca el nombre de la Santísima Trinidad es Hijo de Dios? Sin lugar a dudas responderan que “sí”, y entonces con su mismo argumento yo les podría cuestionar: Pero, ¿Cómo puede ser que un hombre tenga tanto poder como para que haga de un hombre un hijo de Dios? Sé que su respuesta inmediata será: “La Palabra de Dios lo dice”. Entonces ¿porque diantre no le creen a la Palabra de Dios que menciona este poder sacerdotal en la Iglesia? ¿Por qué le creen a la Palabra de Dios solamente en aquellas cosas que les conviene?

3.-     Dice san Juan 6,53-56: “En verdad, en verdad os digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permenece en mí y yo en él.”

El cristiano, que ha alcanzado la sabiduría que proviene de Dios, puede afirmar junto con Santo Tomás acerca de la Eucaristía: “No puedo explicar cómo es que un pan puede convertirse en el Cuerpo de Cristo, sin embargo, le creo profundamente a Aquel que lo ha dicho.”  

4.-     Hoy que el Evangelio del Señor nos invita a pedirle al dueño de la mies que envíe operarios a sus campos, quisiera invitarte para que le pidamos a Dios muchos y muy santos sacerdotes, y a que nos demos un espacio para meditar sobre la vocación sacerdotal.

Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, ésto es, la obediencia al mandato de Jesús ”Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes”. “Los pecados que ustedes perdonen quedarán perdonados” y “Tomad y Comed esto es mi Cuerpo, tomad y Bebed esto es mi sangre. Haced esto en conmemoración mía”, o sea, el mandato de anunciar el Evangelio, de perdonar sacramentalmente los pecados  y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo”. Leánlo una y otra vez y ya dejen de manipular la Palabra de Dios, “Es que allí se está refiriendo a su Palabra” Entonces ¿Por qué san Pablo les dice a los Corintios en su Primera Carta, capítulo 10, versículo 27: “Por tanto, quien coma el pan o beba la Copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre del Señor”?

5.- Hoy quiero agradecerle a Dios por mi sacerdocio, e invitar a los jóvenes para que sean generosos en el llamado que Dios les está dirigiendo.

Oremos también por los sacerdotes de nuestras comunidades parroquiales y de nuestro querido Seminario.

El sacerdote ministerial necesita de las plegarias de aquellos que tienen el sacerdocio bautismal. Se trata de un ser humano, un hombre como los demás con carencias, con las grandezas y miserias de todo hombre. El material humano esta repleto de posibilidades y limitaciones. El sacerdote es un hombre como los demás; participa de la grandeza del género humano, pero está "también él envuelto en flaqueza" (Heb 5,2).

6.-     ¡Ojalá que muchos jóvenes quieran responder al llamado que el Señor quiere que le hagamos a través de nuestra oración! El mundo está necesitado de su generosidad. Se necesitan trabajadores para el campo del mundo.

Y es que el hombre forma parte de esta historia de la salvación en la que el proyecto de salvación que Dios tenía para el hombre se ha visto entorpecido y dañado por la soberbia del hombre. La imagen divina ha sido dañada, el hombre necesita de un Salvador. Y Dios ha querido mandar la calma a través de la esperanza fecundada por la fe: el hombre ha sido restaurado en Cristo quien lo ha constituído en hijo de Dios por el Espíritu Santo que hemos recibido. ¡Esto tiene que anunciarse a todos los hombres!

Al llamado de Dios, que brotará de nuestra oración, le corresponde una respuesta. La declaración de amor de Dios va a requerir una respuesta de amor por parte del elegido. Dios al llamar respeta en su integridad al hombre. Dios habla claramente pero no acosa ni violenta.

Dios sugiere, crea inquietudes, prepara el alma del joven, llama suavemente, en lo más profundo de la conciencia, pero quiere que el joven responda con plena libertad y con amor auténtico. ¿Para qué quiere Dios un sacerdote que le sigue obligatoriamente, "profesionalmente", pero sin amor? Dios no quiere operarios a la fuerza sino en el pleno ejercicio de su libertad.

7.-     Reflexionemos sobre el sentido de esa llamada. El sacerdote es puesto en favor de los hombres en las cosas que se refieren a Dios. No se trata de un médico o de un sociólogo, no se trata de un albañil o de un arquitecto, no se trata de un político ni de un comerciante. Todos los oficios deberían estar consagrados a Dios, pero el oficio sacerdotal es por naturaleza dedicado a las cosa sagradas, ahí tiene su origen y ahí tiene su destino.

Cuando Dios llama a un hombre para trabajar en sus campos lo hace para una misión específica, para pedir una colaboración determinada en sus designios salvíficos.

El sacerdote ha sido puesto por Dios en favor de los hombres. Pero se trata de un servicio que tiene su propia identidad y especificidad en las cosas que se refieren a Dios, y que se realiza especialmente en el servicio a la obra de salvación.

8.-     La misión sacerdotal nace de la configuración del ministro con Cristo en virtud del carácter sacerdotal que conforma tanto su ser como su obrar. Pero no basta. A la identidad sacramental con Cristo debe corresponder la identificación vital, experiencial, espiritual del sacerdote con su Maestro. Y, por otra parte, nunca realizará dignamente su misión el sacerdote que no haya logrado parecerse vitalmente al Buen Pastor. Por eso el Concilio Vaticano II "exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que... se esfuercen por alcanzar una santidad cada vez mayor, ya que la santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio" (PO 12). La autenticidad de su vida sacerdotal y la eficacia de su ministerio dependen de su unión profunda con la Vid, sin la cual "no pueden hacer nada" (cfr. Jn 15,15)

La personalidad sacerdotal debe ser para los demás un signo claro y límpido. Esta es la primera condición del servicio pastoral de los sacerdotes. Los hombres, de entre los cuales han sido elegidos y para los cuales han sido constituidos sacerdotes, quieren, sobre todo, ver en ellos ese signo. Y tienen derecho a ello.

Al considerar la distancia que separa la realidad humana de quien ha sido "tomado", y el ideal para el cual ha sido "puesto", entenderemos bien la necesidad de "formarse" eficazmente, y comprenderemos mejor la "forma" hacia la cual deberán tender todos sus esfuerzos... "hasta que Cristo tome forma definitiva en vosotros" (Gal 4,19).

¡Danos, Señor, muchos y muy santos sacerdotes. ¡Envía, Señor, operarios a tus campos!

 

 

 

PADRES Y PROGENITORES.

“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

1.-     Muy queridos amigos:

Hemos hablado sobre esas ovejas de nuestro Israel como las primeras destinatarias de nuestra predicación y al hacer mención el Evangelio sobre la compasión de Cristo para con aquellos que andaban como ovejas sin pastor, al coincidir providencialmente nuestra reflexión con este día en que, si tú quieres comercialmente, festejamos el “día del padre”, resulta conveniente que digamos una palabra sobre el sentido cristiano de la paternidad.

2.-     Hablemos el día de hoy sobre la paternidad.

En nuestro tiempo, el ser padre se ha convertido en un “nombre” o en un simple “título” para muchos que desde hace tanto tiempo no tienen una verdadera y estrecha relación con sus vástagos.

No hemos aprendido a diferenciar entre el Progenitor y el Padre, y pensamos que son lo mismo. Y, sin embargo, son cada vez más los progenitores que nunca han llegado a ser verdaderos padres.

Decía el pueblo judío en su sabiduría de dominio popular, que el padre no es el que da la vida sino aquel que enseña a vivir.

¿Qué es un progenitor y que es un padre de familia? ¿Existe una diferencia?

El Progenitor es el que procrea y el padre es el que da la vida en lo cotidiano. El progenitor es el que engendra y el padre es el que acompaña.

Para ser progenitor basta y sobra con algunos segundos, en cambio para que alguien sea padre necesita de días, de meses, de años,... en realidad de toda la vida.

Para que alguien procree necesita solamente que dos células se fusionen, y entonces aparece el milagro sacratísimo de la existencia; en cambio para que alguien sea verdaderamente un padre, necesitará aprender a guiar, aconsejar, corregir y apoyar a sus hijos, se trata no de dos células que se fusionan sino de dos corazones que se fusionan.

3.-     ¡Fíjate! Como en nuestro tiempo hay actitudes erróneas que brotan de expresiones equivocadas, y que se nos han vuelto tan comunes.

En un primer lugar, se encuentra la actitud de aquellos que radicalizan en lo material su óptica sobre la paternidad, considerándose, si no en la teoría sí en la práctica, solamente como unos simples proveedores del hogar. La actitud tiene un respaldo en algunas expresiones que se inspiran en nuestra forma de apreciar, o mejor dicho de “despreciar” el don de Dios.

Cada día, es más frecuente que nos encontremos con aquellos padres de familia que dicen: “Es que quiero darle a mis hijos aquello que yo nunca tuve”.

Nuestro problema radica no en las pretensiones de una vida digna, sino en la apreciación de lo que es una “vida digna”, no en el querer bienestar para alguien sino en lo que yo entiendo como bienestar,... y en que muchos de los padres de familia, por querer darles a los hijos lo que no tuvieron, les despojan de aquello que si tuvieron.

Les ofrecen a los niños la ropa que no tuvieron, los juguetes con los que no jugaron, los viajes que no realizaron, los cursos que no estudiaron,... pero les despojan del cariño y de la presencia que disfrutaron, les privan del beso, del abrazo, de la palmada, del reconocimiento, de la corrección,... del tiempo y de tantas cosas verdaderamente bellas que sus padres,... cuando ellos eran niños, sí les ofrecieron, aunque hubiesen vivido modestamente en lo económico.

Hoy, hay en muchas de nuestras casas, tantos y tantos niños que sufren soledad a causa de la despreocupación y del desinterés, porque sus padres no se ocupan de ellos. Son aquellos que lo tienen todo, que suelen navegar en la mar de la abundancia, aquellos a los que no les falta “nada”, pero que les falta alguien, les falta tener un verdadero padre o no sólo un progenitor o un simple proveedor.

Este tiempo en que vivimos, en un sin fin de ocasiones, va trastornando nuestra escala de valores. Se nos han vendido y hemos adquirido imágenes ficticias de felicidad, las cuales nos han pedido a cambio la hipoteca de nuestra familia.

4.-     Y tú, es el momento en que te preguntes con honestidad, ¿Éres un verdadero padre o solamente eres un progenitor?

¡Cuanta razón tenía Federico Schiller, el escritor de Guillermo Tell, cuando en uno de sus dramas gritaba: “No es  la carne ni la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos”!

5.-     Hemos hablado sobre los errores que se cometen en el ejercicio de la paternidad. Los padres de familia deben comprender que la ausencia de amor es uno de los factores que más daño producen en los hijos, pero deben ser conscientes de que el exceso del amor también les destruye.

Muy queridos amigos: Hablemos, sobre otro error actual en muchos de los padres de familia: se trata de ese afán de querer hacer todas las cosas complicadas que a los hijos les corresponden, el querer resolverles todos los problemas y el intentar eximirles de las consecuencias de su obrar asumiendo sus responsabilidades en la vida.

La actitud anterior tiene su origen en una forma de pensar que a primera vista es correcta pero que no está libre de algunos errores: “es que no quiero que mis hijos sufran lo que yo sufrí”.

Cuando, en tantas ocasiones, escucho decir a mis amigos que esperan que sus hijos no tengan que pasar por las estrecheces que ellos padecieron, no estoy totalmente de acuerdo. Tú estarás de acuerdo conmigo de que tales estrecheces nos hicieron lo que somos.

Es posible padecer toda clase de desventajas. Sin embargo, los padres no se dan cuenta de que la peor desventaja que podremos enfrentar en la vida será el no haber aprendido a luchar.

Cuando queremos realmente a una persona tenemos que aprender a no sobreponer los afectos sobre los pensamientos. El buscar el bienestar de los que queremos nos debe exigir llamarles la atención cuando sea necesario, aún a pesar de la molestia que podamos provocar. Lo importante será siempre el bienestar de nuestros seres queridos. Es tan difícil lo anterior, que se dice que cualquiera sabe criar a los hijos. Cualquiera, salvo los padres.

6.-     Aceptemos que una de las enfermedades de nuestro tiempo es la tendencia del hombre a querer cobrar sin haber trabajado, a beber sin haber sudado, a cosechar frutos que no se sembraron; se trata de esa tendencia que tienen muchos de nuestros jóvenes a intimidarse ante las responsabilidades y a escandalizarse miserablemente ante el dolor.

Y la culpa la tenemos todos aquellos que actuamos sobreprotectoramente, y ésto provoca que algunos de nuestros seres queridos se vayan atrofiando en muchas áreas de la vida.

Dime: ¿Quién se engaña todavía creyendo que le está haciendo un bien a un atleta impidiéndole que se supere en entrenamientos severos? No será campeón jamás y un día el fracasado se va a volver contra quien le impidió el sufrimiento y la lucha por la superación personal.

¿Quién se engaña pensando que le está haciendo un bien a su hijo dándole lo que no ha merecido? Nunca aprenderá a valerse por sí mismo, ya que todo se lo resuelve su padre.

7.-     Los frutos de tu trabajo son tuyos y tú no puedes vivir la vida de tu hijo.

Una cosa es dar instrumentos de trabajo y otra cosa es darles los frutos de un trabajo que ellos no han realizado.

Cada uno debe aprender que nadie puede vivir la vida por nosotros y que vivir la vida es luchar. Vivir es arriesgar y es también sufrir derrotas; vivir es afrontar la enfermedad y el dolor y nadie puede vivir por ti como tú no puedes vivir por nadie.

Espero que nunca lo olvides: Vivir es aprender a disfrutar de la rosa y no tenerle miedo a la espina.

¡Cuanta razón tiene el pueblo chino cuando en uno de sus refranes de dominio popular nos dicen que: “es más difícil gobernar a un hijo que a una nación”!

¿Sabes? Este es uno de los temas de reflexión más complejos y más necesarios en la actualidad es, sin lugar a dudas, el de la paternidad.

Opinaba sensatamente Michael Levine: “Tener hijos no le convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no le hace a uno un pianista”.

8.-     El día de hoy me ha venido a la memoria un libro que en 1996 el escritor norteamericano Benjamín Stein publicó y que te quiero compartir. Se titula: “Más que todo el oro del mundo”.

En el escrito, Benjamín nos narra el cómo él llegó a comprender la importancia de la paternidad y lo presenta en tres escenas de su vida:

El primer momento, menciona él, fue cuando un buen amigo le dijo que tenía que recapacitar sobre la jerarquía de sus actitudes, ya que para su hijo él era un héroe y, que era una lástima el que se obsesionara tanto con el trabajo.

El segundo momento, nos relata, fue cuando otro amigo le aconsejó que debería aprovechar ese tiempo precioso mientras su hijo todavía deseaba estar con él. “Pronto, le comentó, llegará el día en que no querrá que lo vean con sus padres. Granjéate su cariño ahora, cuando aún es tiempo.”

El momento decisivo, nos narra con emoción, fue cuando una noche, leyéndole un cuento infantil, su pequeño hijo le dio un beso y le dijo por primera vez, con voz clara y con una pronunciación perfecta: “Buenas noches, papá, te quiero mucho”.

Fue una de las noches más felices en la vida de Benjamín Stein, puesto que se trata de su único hijo,... “un hijo adoptivo”.

Pero un Hijo, sobre el cual, a partir de esos tres momentos, considera que el tiempo que pasa con él jamás será una distracción de su propósito en la vida. Sino que él es la razón de ser de ese propósito.

9.-     Muy querido amigo:

Hoy no puedo dejar de hacer alusión aunque sea brevemente a un hombre del cuál todos debemos aprender tanto. Y me refiero a san José.

Y es que hoy en día deambulan por nuestras calles tantos y tantos progenitores, y... son tan escasos los padres de familia. Si bien San José no fue el Progenitor del Señor Jesús, podemos decir que Él fue un verdadero padre para el Hijo del Padre Eterno: le amó, le cuidó, le alimentó, le protegió, se gastó y se desgastó por él, corrió riesgos por cuidar el don de Dios, fue a tocar puertas en tierras de desconocidos para conseguir trabajo y poder así ofrecerle manutención al Hijo eterno del Padre, que nació por obra del Espíritu Santo del vientre inmaculado de la Virgen.

¿Qué mejor ejemplo de paternidad podrían tener tantos hombres que se ufanan de ser progenitores?

San José, nos hace presente en la imagen sagrada de la Familia cristiana a todos aquellos hombres y mujeres que no han engendrado biológicamente, pero que han sido capaces de engendrar con su corazón.

San José nos recuerda que, más allá de la fecundidad genética, la fecundidad de la voluntad y la fecundidad que brota del amor sincero pueden y llegan a ser mucho más grandes a los ojos de Dios.

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