Domingo 4 de marzo de 2007_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

LEVANTAR LA MIRADA PARA NO PERDERSE.

“En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor; eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaba rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

 

Muy queridos amigos:

La Transfiguración de Jesucristo en el Tabor es una anticipación de la gloria de Cristo, a fin de que los cristianos podamos alentar nuestro caminar y no claudiquemos cuando nos encontremos bajo cualquier condición en la vida.

Esta es la apreciación que se encuentra en la enseñanza de Santo Tomás de Aquino que nos manifiesta que para que una persona ande rectamente por un camino es preciso que conozca antes, de algún modo el fin al que se dirige: “como el arquero no lanza con acierto la saeta si no mira primero al blanco al que la envía. Y esto es necesario sobre todo cuando la vía es áspera y difícil y el camino laborioso... Y por esto fue conveniente que manifestase a sus discípulos la gloria de su claridad, que es lo mismo que transfigurarse, pues en esta claridad transfigurará a los suyos”

“Mira a las estrellas y presta atención en tu camino” menciona un pensamiento anónimo muy relacionado con la manifestación anticipada de la gloria de Cristo en el Monte Tabor. O incluso lo contrario podríamos afirmarlo con Blas Pascal quien menciona en sus Pensamientos que “en el campo las ovejas de pastar y pastar sin levantar la mirada se llegan a perder”.

2.-     Lo que hoy la Iglesia nos recuerda es que nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Y, en ocasiones, nuestra vida se vuelve complicada. Hoy el Señor nos manifiesta que hasta el último momento habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega que nos pide el Señor con una vida fácil, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas materiales... ¡Pero no es así! El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber... si tratásemos de quitarle ésto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle cómoda de la vida.

La cuaresma apenas se ubica en su segundo domingo y el Señor quiere que no olvidemos el destino de este camino, que el transporte no lo convirtamos en destino, y que nuestros medios no los transformemos en fines.

La transfiguración en este segundo domingo nos invita a que no le tengamos miedo a ese nadar contra la corriente, puesto que en el río de la vida los únicos peces que no nadan contra la corriente son aquellos que están muertos.

3.-     Mencionaba san León Magno en el siglo V que en el Monte Tabor Dios se mostró en Jesucristo “en la claridad soberana que quiso fuese visible para estos tres hombres, reflejando lo espiritual de una manera adecuada a la naturaleza humana. Pues, rodeados todavía de la carne mortal, era imposible que pudieran ver ni contemplar aquella inefable e inaccesible visión de la misma divinidad, que está reservada en la vida eterna para los limpios de corazón”, aquella realidad que nos aguarda si procuramos ser fieles cada día de la vida.

También mencionaba San León Magno que: “El fin principal de la transfiguración era desterrar del alma de los discípulos el escándalo de la cruz” que poco antes había mencionado en el Evangelio y sin duda que empieza a aparecer en el horizonte cuaresmal.

También a cada uno de nosotros quiere el Señor hoy confortarnos con la esperanza del Cielo que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar. No dejemos de traer a nuestra memoria el lugar que Dios nuestro Padre nos tiene preparado y al que nos encaminamos. Pero sobre todo no debemos olvidarnos que cada día que pasa nos está acercando un poco más.

4.-     San Pedro, Santo Santiago y San Juan han experimentado lo que es el Cielo. Después de ellos, Dios ha escogido a otros santos para que compartieran esta experiencia antes de morir: Santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz, santa Teresita del Niño Jesús y el mismo san Pablo, entre otros muchos. Todos ellos gozaron de gracias muy especiales que Dios quiso darles y su testimonio nos sirve para proporcionarnos una pequeña idea de lo maravilloso que es el Cielo claramente manifestado en la Transfiguración del Monte Tabor.

Santa Teresita explicaba que el regalo de la visión de Dios es sentirse “como un pajarillo que contempla la luz del Sol, sin que su luz lo lastime.”¿No sería precisamente esto lo que contemplaba el Papa Juan Pablo II cuando al concluir su vida aquel 02 de abril de 2005 nos mencionó: “¡Soy feliz!, sedlo también vosotros”? Sabemos que su camino había terminado y que la meta se había alcanzado.

Cuenta Santa Teresa que hablando de Dios con el Padre García de Toledo, su confesor, vio a Jesús transfigurado que le dijo: "En estas conversaciones yo siempre estoy presente".

Augusto Valensín, jesuita francés, escribe sobre la Transfiguración a la luz de los pensamientos que vivía cuando estaba esperando la muerte: “Estos son los sentimientos que me gustaría tener a la hora de la muerte: pensar que voy a descubrir la ternura. Yo sé que es imposible que Dios me decepcione. ¡Sólo esa hipótesis es absurda! Yo iré hasta él y le diré: No me glorío de nada más que de haber creído en tu bondad. Mas es aquí donde está mi fuerza. Si esto me abandonase, si me fallase la confianza en tu amor, todo habría terminado. Porque no tengo el sentimiento de valer nada sobrenaturalmente. No, cuanto más avanzo por la vida, mejor veo que tengo razón al presentarme a mi Padre como indulgencia infinita”. 
Aunque los maestros de la vida espiritual digan lo que quieran, aunque hablen de justicia, de exigencias, de temores, el juez que yo tengo es aquel que todos los días se subía a la terraza para ver si por el horizonte asomaba el hijo pródigo de vuelta a casa. ¿Quién no querría ser juzgado por él? San Juan escribe; "Quien teme, no ha llegado a la plenitud del amor” (1 Jn 4, 18). Yo no temo a Dios, y el motivo no es tanto que yo le ame, como el que sé que me ama él. Y no siento necesidad de preguntarme por qué me ama mi Padre o qué es lo que él ama en mí. Me costaría mucho responder a estas preguntas. Sería totalmente incapaz de res­ponder. Pero yo sé que él me ama porque es amor; y basta que yo acepte ser amado por él, para que me ame efectivamente. Basta con que yo realice el gesto de aceptar. Padre mío, gracias porque me amas. No seré yo el que grite que soy indigno. Porque, efectivamente, amarme a mí tal como soy, es digno de tu amor esencialmente gratuito. Este pensamiento de que me amas porque así te place, me encanta. Y así puedo librarme de todos los escrúpulos, de la falsa humildad que descorazona, de la tristeza espiritual, de todo miedo a la muerte”.
5.-     Ha  comentado acerca de la Transfiguración alguien tan cercano a nosotros como lo fue Lanza del Vasto: “Entonces, en la cumbre del cielo, estalla la grandeza de Dios de manera que ni siquiera nos hubiéramos atrevido a soñar. Estalla como una tempestad, pero como una tempestad que habla. Barre las resistencias, hace callar todo delirio y todo pensamiento y toda visión. Y toda figura se borra en la nube luminosa y ya nada subsiste en el abismo tonante, salvo la sombra luminosa de la revelación. Los tres apóstoles comprenden que están ante algo definitivo y terrible. Por eso caen al suelo, “se prosternaron rostro en tierra, sobrecogidos de un gran temor” (Mt 17,6). Han  entrado en contacto con la divinidad. Caen en oración”.

También ha comentado José Luis Martín Descalzo acerca de la transfiguración: “La zarza ardiendo de la eternidad está ante sus ojos. No fue pues una invención, ni un sueño, fue una realidad percibida por los apóstoles en su mundo interior, fue el descorrimiento de un velo que mil veces habían intuido y nunca comprendido”.

Romano Guardini le llama a este descubrimiento el fuego, esa unión misteriosa que hay entre el Hijo de Dios hecho hombre en Jesús y que hace de él un hombre hiperviviente en plenitud de vida humana pero elevada a dimensiones que jamás podremos los hombres entender.

6.-     Y en estas circunstancias la tentación en la pretensión del apóstol san Pedro de querer "hacer tres tiendas" está siempre presente en él, en nosotros y en todos los hombres.

Es curioso que el hombre se preocupe siempre por construirle una casa a Dios, cuando el mismo Dios es aquel que ha bajado a la tierra para vivir en las casas de los hombres. Digamos que Dios no tiene tanta la necesidad de metros cuadrados como de la acogida sincera en el corazón humano. Dios no quiere vivir en un "hotel para dioses" relegado como muchos de nuestros ancianos, en una especie de estacionamiento o de pensión. Dios quiere vivir en familia con los hombres, andar entre sus pucheros, como lo advertía santa Teresa de Ávila. Entendamos que por muy equipados que pudieran estar muchos de nuestros templos, esas tiendas que hemos levantado para Dios, sin la presencia de una comunidad viva, siempre le resultarán fríos a un Dios que busca el cobijo de los hombres.

El Dios-con-nosotros no puede quedar en una especie de producto situado en un mercado al que se acude cuando se necesitan servicios religiosos. Dios no es un objeto de consumo. Él es la vida misma del hombre, pero nosotros nos empeñamos en confinarlo en su casa en lugar de tenerlo como compañero continuo en el camino de la vida.

Dios quiere bajar del Tabor como ha bajado del cielo, y quiere que los hombres también descendamos para que así vayamos un día al Tabor de la eternidad que Él nos ha preparado. Pero para llegar a este destino sólo existe un requisito: levantar nuestra mirada para no perdernos.

UNA SOCIEDAD QUE SE HA DESFIGURADO.

 “En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor; eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

1.-     Muy queridos amigos:

Reconociendo como cristianos que el ser humano es la obra más perfecta de la creación de Dios, tenemos que ser capaces de vivir a la altura del proyecto de Dios revelado a lo largo de toda la Sagrada Escritura y que, en Jesucristo, se nos ha dado a conocer a la perfección.

Se trata de las verdades de vida eterna que han sido clarificadas por Dios en la plenitud de la revelación. Ya no se trata de aquellas lámparas que útilmente iluminaron en la oscuridad a lo largo del Antiguo Testamento, pero que no podrían ser comparadas en absoluto con Aquél que es reconocido como el Lucero de la Mañana y, que hoy, ha dejado que esa Luz que llevaba naturalmente en su interior, por así decirlo, perforara la naturaleza humana asumida desde el momento de la Encarnación.

2.-     Yo soy el primero en entender al hombre como un ser muy complejo, cuyo perfil se va delineando por una serie de características físicas, psicológicas, emocionales y espirituales. Lo que algunos autores, como lo fue Runner Golden, han llamado: la Casa de las cuatro habitaciones. Es por ello, que les quiero invitar para que seamos capaces de comprender que, aparte de la primacía absoluta que tiene la acción divina de la Gracia, Dios ha querido que en este hombre tan complejo se puedan percibir elementos recibidos en herencia y elementos adquiridos a lo largo de la vida.

El hombre en su complejidad nos invita a mirar a Dios. Es asombroso pensar en el significado de la herencia, pero todavía más grandioso es pensar en la libertad que todos hemos recibido para ir adquiriendo a lo largo de la vida. Unos son los obsequios y otras muy distintas son las adquisiciones; pero entrambos son sumamente valiosos. Bastaría pensar en los siete hijos de mis padres que, gracias a Dios, sobrevivimos, y sería suficiente para encontrar, en cada uno de los siete, un cofre con tantos elementos heredados y una hacienda con tantos elementos que a lo  largo de la vida hemos adquirido. ¡Lo mismo debo decir con sencillez acerca de nuestras áreas de oportunidad!

3.-     ¿Sabes? prefiero hablar de mí más que de alguien distinto. En lo personal, puedo contar entre mis rasgos humanos heredados: elementos tan diversos como lo son las características en el semblante y en el cuerpo, el peso, la estatura, la inteligencia, la actitud emocional, la sensibilidad ante los estímulos, así como el temperamento... Pero también cuento con rasgos humanos adquiridos: la forma de peinarme, el porte, el corte de cabello, el conocimiento que puedo poseer, mis reacciones emocionales, mis gustos cultivados, las actitudes para conmigo mismo, con los demás y ante las situaciones de la vida...

En estos terrenos las actitudes más sensatas serán la del justo equilibrio y la de la prudencia. Sería algo injusto, el dejar de afirmar el regalo divino de la dimensión espiritual del hombre como el punto de partida que posibilita transformar lo que hemos recibido en nuestro nacimiento. Humanamente hemos recibido las facultades de la voluntad y la inteligencia, lo que permite que nuestra vida se mueva entre el aprecio y el desprecio, entre la función y la disfunción, entre los ascensos y los descensos, entre el agrado y la degradación, entre la honra y la deshonra. Dios ha querido también obsequiarnos la libertad, lo cual permite que nuestra historia personal se escriba entre el desfigurarnos y el transfigurarnos.

4.-     Y sin embargo, somos muchos más de los que pensamos aquellos que nos desfiguramos a  lo largo de la vida en lugar de transfigurarnos. La cobardía, la mediocridad, la pereza, la injusticia, los miedos, las iras, los rencores, el orgullo, los celos, la superficialidad, la mediocridad, la mentira, las adicciones, el consumismo, el hedonismo, el materialismo y la falta de compromiso, no son más que manifestaciones de aquellos que, lejos de multiplicar nuestros talentos, hemos ido empobreciendo nuestra existencia. Nuestros débitos se han agotado y tenemos la urgente necesidad de que sean otras personas las que nos autoricen un poco de crédito para solventar una vida diaria descapitalizada sumergida en la peor de las penurias.

¿Por qué es que suceden tales cosas? ¿En donde se origina esta drama tan antiguo y tan actual?

La razón, más no la justificación, de tantos desfiguros radica en la ufana pretensión de un hombre que vive un “pseudo-humanismo” sin Jesucristo, Dios verdadero, y por eso es estéril. En realidad, el hombre al margen de Dios, vive en un antihumanismo porque es la negación de los mismos valores humanos. Se trata de un humanismo estéril que justifica los egoísmos, que defiende lo indefendible, que afirma lo negativo, que daña gravemente al hombre, tanto al individuo como su relación comunitaria, pretendiendo imponer humanismo sin Dios, sin Cristo.

5.-     El transfigurarnos significará, por el contrario, mostrarle amor a la vida y a las personas, el mostrar coraje en las dificultades y dignidad en los problemas que enfrentamos, el mantenernos unidos en familia ante los embates que sufrimos, el ser capaces de mostrarnos serviciales a pesar de las muchas e inevitables eventualidades, el saber perdonar y solucionar las diferencias que tenemos con las personas amadas. Se trata de un trabajo denodado efectuado con ahínco para que así impida que, agotando nuestra herencia, un día vayamos a vivir en la mendicidad.

Abramos los ojos para contemplar en el Evangelio la grandeza del mensaje cristiano: el misterio de la transfiguración es un momento que se recibe cuando Dios quiere, como quiere, pero que requiere por parte nuestra la apertura de todo nuestro ser para que pueda aparecer. Y este es nuestro problema: no hemos sido capaces de comprender, que la clave de la Transfiguración se encuentra en el darnos “un poco” de tiempo para acercarnos a Dios, dejando a un lado el trajín de la vida diaria, subiendo a la montaña y dándonos oportunidad para orar, para estar a solas con Él que nos ha querido tratar con predilección.

6.-     ¿Cuál es el efecto de la oración? Oye padre ¿la oración puede transfigurar al ser humano? Te invito para que revisemos el día de hoy tan sólo algunos de los muchos frutos que se obtienen en lo físico. Yo se que el poder de la oración está más allá de lo sólo biológico pero no perdamos esta oportunidad de visualizar como hoy en día, cada vez son más los científicos que hablan de las bondades de nuestra cercanía con Dios.

Citemos tan solo dos ejemplos. Primero: Recuerdo una afirmación categórica del doctor Herbert Benson, profesor adjunto de medicina de la Universidad de Harvard y autor del libro: “Curación milenaria: poder y biología de la fe”: “La medicina moderna es como un banco de tres patas. Los medicamentos y la cirugía son dos de ellas; la tercera es lo que la gente hace por sí misma: la fe en Dios y la oración”. ¿Te das cuenta como cualquier momento en la vida recibe su consistencia y su significado verdadero en la medida en que estamos unidos a Cristo? Aún la tristeza, la soledad, el dolor, la enfermedad, y cualquier situación...

El segundo ejemplo es el del Doctor Phyllip Mcintosh quien refiere en un interesante estudio titulado: “La religión, medicina eficaz” varias investigaciones aplicadas a personas que profesan la fe en Dios. En un estudio efectuado con 5286 californianos, aquellos que pertenecían a alguna Iglesia presentaron una tasa de mortalidad menor que quienes no pertenecían a ninguna, independientemente de aquellos factores de riesgo como fumar, beber, tener sobrepeso o llevar una vida sedentaria; ellos presentaron menos síntomas o mejor salud en siete de ocho estudios de cáncer, cuatro de cinco de presión arterial, cuatro de seis de cardiopatía y cuatro de cinco de salud general; los creyentes son menos propensos a la depresión, al suicidio, al alcoholismo y a otras adicciones; la práctica de la religión inhibe el desarrollo de una gran cantidad de enfermedades.

El Médico se preguntaba: ¿Cómo cura la religión? Daba tres explicaciones: Asistir a los oficios religiosos propicia el contacto social; la fe infunde una esperanza y una seguridad que contrarrestan el estrés; la oración tiene efectos benéficos al cuerpo: disminuye la presión arterial y ritmos metabólicos, cardiaco y respiratorio que se obtiene con la llamada “respuesta de relajación”.

¡Oye! No era esto precisamente lo que surgió en aquellos estudios publicados el año pasado durante el famoso encuentro SER que se efectuó en nuestra ciudad.

7.-     El estudio del Doctor Mcintosh es una explicación interesante y seria, pero limitada. Son buenas las lámparas, pero es mejor el Sol que nace de lo alto. Como cristianos sabemos que Dios es Vida, es Amor, es Trascendencia, es Inefable e Inexplicable, y que se necesita que el hombre esté abierto a su bondad.

Nuestra transfiguración y la transfiguración de esta sociedad desfigurada se dará cuando seamos capaces de luchar por un humanismo en el que Cristo sea contemplado. Pretender iluminar la vida sin Cristo es hundirse en la ilusión del orgullo humano y salir al encuentro del fracaso, se trata de un humanismo inhumano, aunque no lo creas.

8.-     ¡Oye! Y tú ¿Qué has hecho de tu vida? ¿Te has desfigurado o te has transfigurado?

En la pedagogía de la santidad es necesario que el cristiano se distinga por el arte de la oración. Es necesario aprender a orar y permanecer en Cristo. La oración se realiza por el Espíritu Santo que nos abre, por y en Cristo, a la contemplación del Padre. Debemos favorecer la oración litúrgica y la de la experiencia personal.

Un signo de nuestro tiempo, no obstante, es la difusa exigencia de espiritualidad. Otras religiones ofrecen sus propuestas, nosotros debemos enseñar el grado de interiorización al que accede el cristiano.

La tradición mística de la Iglesia muestra el crecimiento en la vida de oración hasta la posesión total del divino Amado. Se trata de un camino de la gracia que lleva a la unión esponsal, en ocasiones por en medio de una noche oscura que ha sido iluminada por el haz de luz de la transfiguración.

¡Tantas cosas se solucionarían si el hombre se diera tiempo para respirar el aire puro del Tabor!

Solamente quien haya querido “perder un poco de tiempo” para retirarse a la Montaña, podrá vencer en la batalla de los valles, podrá resistir a la tentación de ceder, de adaptarse y podrá recibir de Dios la gracia de, que en las dificultades, no se desfigure su rostro cristiano sino, por el contrario, el poder transfigurarse.

DESPERTANDO EN MEDIO DE LA SOMNOLENCIA.

Pedro y sus compañeros estaba rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

1.-     Muy queridos amigos:

Hay quien entiende la vida como un destino y el cristiano la debe entender como un viaje.

La gran tentación tanto de San Pedro y así como de muchísimos de los cristianos es la de querer plantar una tienda aquí y la de no darnos cuenta que todo lo que sucede en los términos espacio-temporales suele ser pasajero.

En el misterio de la Transfiguración, cuando la gloria de Dios iluminó momentáneamente a la persona de Jesús, la reacción de san Pedro fue típicamente humana: quiso plantar tres tiendas ahí y quedarse para siempre en la montaña.

Se trata de una reacción típicamente humana, porque todos nosotros queremos hacer lo mismo: queremos que nuestros momentos de extrema felicidad se cristalicen y queremos quedarnos en ellos para siempre. Pero nuestros relojes siguen caminando, el corazón no deja de palpitar ¡Bendito sea Dios!, y nuestros calendarios siguen deshojándose, es por ello que necesitamos bajar de esas montañas de felicidad suprema que Dios nos obsequia para que así en nuestra vida cotidiana se nos permita acceder a la auténtica montaña celestial.

Sin embargo, puesto que la vida y la muerte significan algo para nosotros los cristianos, es realmente crítico el recordar que deseamos que un día subamos al monte del Señor para así contemplar su belleza para siempre. Vendrá un momento en que nuestros relojes y los calendarios habrán terminado su misión con cada uno de nosotros. Este es el sentido cristiano de un destino de eternidad. San Pablo entiende esto cuando escribe a los Romanos: "Considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que se nos va a revelar" (Rom 8,18).

¡Eso es tener una actitud nueva en la vida! Y este debe ser el fruto de una meditación en torno a la Transfiguración de Cristo.

2.-     Dios quiere que el hombre también se renueve. Si biológicamente esto sucede, ¿entonces por qué no debería suceder en lo espiritual? Se renueva la sangre: de acuerdo a la medicina, cada segundo mueren 2 millones de células sanguíneas y son remplazadas por otros dos millones. Todos sabemos que la piel también se renueva, para que así las células viejas sean remplazadas por las nuevas.

El hombre interior también debe renovarse de día en día. Este es también el mensaje de una cuaresma que nos ofrece cada año indistintamente el Evangelio de la transfiguración en el segundo domingo. Ciertamente nos está hablando del destino de Jesús, para que el camino de la cruz no nos desaliente, pero también esto es aplicable a cada uno de nosotros. Hoy es tiempo de nacer de nuevo.

En tu primer nacimiento fue tu madre quien lo realizó con esfuerzo. Hoy te toca a ti despojarte de aquello que te daña para así lanzarte a la vida. Hoy, Dios te quiere crear de nuevo. Este pensamiento lo desarrolla, si tu quieres desde lo humano, Don Gabriel García Márquez en su libro El amor en tiempos de cólera: “Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí mismos”.         

3.-     Dios es el Creador que vuelve a renovar todas las cosas porque Él fue quien las hizo existir en el principio. Purifiquémonos, entonces, de toda vetustez y seamos verdaderamente nuevas creaturas. En este sentido también tenemos que admitir que la vida eterna es una aspiración de nuestra juventud y no de la vejez. Y, tú y yo, tenemos que reconocer que la renovación constante es una de las más grandes virtudes de los santos. ¿Sí o no? Esa era también la invitación del Señor cuando al ponernos el modelo de los niños nos invitaba a regresar al amanecer de nuestra propia creación. ¿Entonces por qué no empezamos el día de hoy?

En realidad, el hombre más que ser esclavo del tiempo tiene que aprender a jugar con el tiempo: Somos como el trigo del campo, y que nos sigue alimentando, que siempre es nuevo y que ha sido el mismo que se utilizó hace 2000 años, pero que a través de la magia de la simiente y del trabajo del hombre se preserva y nos une en el pan de la eucaristía a los hombres que lo trabajaron antes de que Cristo tomara en sus manos el Pan para consagrarlo, así como en estos dos mil años posteriores que en obediencia al maestro se ha continuado con el ejercicio de consagrarlo.

Es tiempo de renovar lo que somos para que así el tiempo se convierta en un camino hacia la eternidad. Cuando un  día el telón de nuestra vida se cierre, nos quitaremos el maquillaje, nos quitaremos el disfraz, le entregaremos nuestro papel al autor, y mientras que los espectadores quizá sigan aplaudiendo, Dios no andará buscando condecoraciones en nuestras ropas sino que buscará las cicatrices de nuestra entrega.

4.-     Se nos invita a subir a la Montaña pero que después no nos quedemos en ella sino que tenemos que aprender a descender para que con la fuerza de lo sobrenatural afrontemos la carga de lo natural, para que lo que en la montaña recibimos nos ayude a vivir decorosamente en el asfalto, para que al subir hallamos a prendido a ensayar nuestro vuelo de tal manera que al bajar evitemos el solo reptar sin un sentido auténtico de nuestra dignidad.

Y es que sí Dios no está en nuestro corazón es porque no nos hemos dado tiempo para alejarnos con él a la Montaña. ¡No tengo tiempo!, es quizá no tan sólo el argumento de los que conocemos sino también nuestro propio razonamiento.

Son tantas las cosas que hay que hacer que no te queda tiempo ni para comer el pan para el vientre y el pan para el corazón.

Hoy, tendríamos que hablar sin temor de los trabajólicos o trabajoadictos. Se trata de personas que jamás toman vacaciones y que se obsesionan por el trabajo. Se trata de acciones que nos impulsan compulsivamente a comprometer nuestra libertad.

El resultado de que el hombre no tenga a Dios en su corazón lo conocemos: personas sin rostro, entes sin identidad, gente que ha convertido sus noches en días y sus días en noches, casas que se convierten en dormitorio, en restaurantes o en hoteles, hombre y mujeres encapsulados en la voragine de la vida y que no saben darse tiempo para perforar la existencia diaria y hacer sus propios respiraderos.

5.-     Madeleine Délbrel en 1997, hace ya diez años conforme a su experiencia en España, publicó un libro en la Editorial Sal Terrae (Santander) titulado: LA ALEGRIA DE CREER, en el que presenta al hombre y a la mujer de la así llamada postmodernidad, hombres y mujeres que se asfixian en un vertiginoso viaje emprendido día tras día, en donde es más rápido tomar el avión y llegar a otra ciudad que llegar al trabajo o a la escuela. El hombre que relativiza las verdades. Hombres y mujeres que han dejado de leer y escribir con pulsocaracteres gráficos. El hombre que no tiene tiempo para sí y mucho menos para los demás (aunque sea su misma familia –y por supuesto aquí se incluye su relación con Dios-).

Madeleine dibuja a éste hombre como un ser encapsulado, como alguien sumergido en un torrente que le lleva en la vida por la inercia del movimiento y por la fuerza del impulso. Este hombre que tampoco tiene tiempo para Dios. E invita a éste hombre a orar, a aprender a perforar la vida, a crear espacios donde no los hay, a crear respiraderos en nuestra burbuja para evitar el intoxicarse.

 “Nuestro tiempo tiene sus propios respiraderos; a nosotros nos corresponde descubrirlos y utilizarlos... Para ver los respiraderos capaces de restablecer nuestro contacto con Dios, necesitamos determinadas condiciones psicológicas... Nada menos exigente que una perforación...  A veces pienso que, si el Señor estuviese entre nosotros, utilizaría las perforaciones en sus parábolas. A falta de ello podemos imaginar como serían... En nuestras vidas sin superficie y sin tiempo, en nuestras vidas sin espacios, no debemos buscar el espacio que antaño reclamaba la vida cristiana. Para la oración tenemos racionado el espacio, y ese espacio que nos falta deben sustituirlo las perforaciones.

Estemos en donde estemos, allí está Dios también. El espacio necesario para reunirnos con él es el lugar de nuestro amor, que no quiere estar separado de Dios, que quiere encontrarle... Este deseo es el que configura la oración, y la configuración está en cualquier lugar. Sea cual sea el lugar, el amor lleva consigo el deseo... Amar a Dios lo bastante como para querer estar con Él... Algunos minutos de una oración así nos darán a Dios, y nos lo darán más que muchas horas, quizá sumamente recogidas, pero que no han estado precedidas por un deseo vivo y voluntario.

El retiro en el desierto puede consistir en cinco estaciones de metro al final de un día en que hemos “perforado” un pozo hacia esos pequeños instantes... Nuestras idas y venidas –aunque sean breves como el pasar de una habitación a otra, o cuando el médico pasa de un lugar a otro para atender a un enfermo-, los momentos en que nos vemos obligados a esperar –ya sea para pagar en una caja, o para que el teléfono esté libre, o para que haya un sitio en el autobús, o para ser atendido en alguna oficina- son momentos de oración preparados para nosotros, en la medida en que nosotros estemos preparados para ellos... Y es que estos pequeños huecos existen para todo el mundo, pero algunos soñamos o estamos en la luna.

Para comprender que lo que más cuenta en el Evangelio no es el tiempo, serían necesarias multitud de comparaciones... Vivir, en efecto, no requiere tiempo: vivimos todo el tiempo; y el Evangelio, sea lo que sea para nosotros, debe ser, ante todo, vida.

Ella menciona que en el castellano hay una palabra que usamos poco: “ZAHORÍ”, la cual significa, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: “Esa persona a quien se atribuye la facultad de descubrir lo que está oculto, especialmente los manantiales subterráneos. Persona perspicaz y escudriñadora, que descubre lo que otras personas piensan o sienten.”

Después de muchas perforaciones nuestras vida continua con su curso, debemos bajar de la montaña y encontrarnos con la realidad. Pero nos dirigiremos a la vida cotidiana transformados nosotros.”

Muy querido lector:

Al igual que la semana pasada, para contenidos complementarios sobre el 2º. Domingo de Cuaresma te sugiero que leas las reflexiones de los domingos 20 de febrero de 2005 y 12 de Marzo de 2006.

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