Domingo 11 de marzo de 2007_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

¡IR MÁS ALLÁ DEL DESIERTO!

“En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos Galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: ¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.

Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo, fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?” El viñador le contestó: “Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré”.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

 

Muy querido amigo:

¡Aunque tú no lo creas! La Palabra de Dios tiene un único destinatario, el cual cuenta con dos rostros. El destinatario es el hombre y los rostros que tiene este hombre son demasiado conocidos, son el tuyo y el mío, tal pareciera que nos estamos contemplando en un espejo.

El mensaje es para tí y lo es para mí.

Sobre todo, si tú y yo somos de los que llevamos una vida estéril, que no damos fruto, que vivimos por vivir en un solo sobrevivir, y si nuestros días van pasando uno tras otro sin mayor pena ni gloria.

2.-     La Palabra de Dios nos invita para que seamos conscientes de que nuestra vida es breve y que nuestra vocación no es otra sino la de dar frutos de buenas obras.

Ojalá, que tú y yo, comprendiéramos que, los dones que hemos recibido no pueden ser enterrados ni quedarse en el barbecho, y que los talentos que Dios nos da no pueden quedarse solamente en el cultivo del orgullo y en la satisfacción de la sola apariencia.

Se nos invita para que comprendamos que los talentos que Dios nos ha dado deben convertirse en dones, y que sólo serán dones si se ofrecen a los demás.

El Señor nos está llamando el día de hoy a fructificar, y nuestra reacción adecuada ante su interpelación suele ser doble en su identidad: hacia los otros debemos cultivar la PACIENCIA y hacia nosotros el llamado no es otro sino el de la CONVERSIÓN.

Ambas invitaciones, la paciencia y la conversión, puede presentarse como un “ir más allá”.

3.-     La paciencia es la expresión de un Dios que en el Santo Evangelio “ha ido más allá” del tiempo en que se debieran darse los frutos y que le está ofreciendo a su higuera un año más de oportunidades.

El ir más allá que se llama paciencia de Dios en el Evangelio también se llama conversión en nosotros, y es también la invitación para aquella higuera que nos representa, para que “vaya más allá” de una vida que se ha convertido en rutina, en el que el vivir parace ser comprendido solamente como un adornar la tierra.

La conversión, por su parte, es también la expresión de un Moisés que, en la primera lectura de este día, “va más allá” del desierto, y que es así como se ha logrado encontrar con Dios.

4.-     Y si revisamos nuestra vida, constataremos que: ¡Es verdad!, no siempre nuestras respuestas corresponden a las esperas de Aquél que nos ha confiado ciertas tareas. Con frecuencia nuestras posturas suelen ser decepcionantes. Los frutos que vamos ofreciendo no están en lo mínimo a la altura de las expectativas del propietario.

La parábola de la “higuera plantada en la viña” que el Señor ha querido presentarnos, nos documenta sobre una realidad que bien puede ser la nuestra.

Y es que la higuera en la viña nos ubica en una realidad nueva que se ha insertado en una realidad antigua, y que al parecer esta nueva realidad que repentinamente ha llegado es la Iglesia que ha aparecido en la antigua viña de Israel. La llamada de atención debe ser pensada hacia la inoperancia de esta realidad nueva, y esto nos debe cuestionar a los cristianos. No sólo la viña ha defraudado al viñador, sino también la higuera.

La Viña de Dios es su pueblo elegido y la higuera somos cada uno de nosotros. Se trata de su pueblo, aquel a favor del cual Dios ha sido excesivamente generoso, tanto como para “ir más allá” de lo humanamente previsible...

Y precisamente, ante la efusión obsequiosa de su generosidad, resulta que Dios tampoco encuentra los frutos consecuentes en su higuera. Y es solamente así, como podremos comprender la lógica de su desilusión, o mejor dicho la desilusión que provoca la repuesta ilógica de los hombres.

5.-     El Evangelio nos dice que el dueño quiere cortarla y,... que el viñador, que es Cristo, se convierte en el intercesor como para que le ofrezca una nueva oportunidad. El viñador solicita que la paciencia se prolongue un año más.

Y así acontece en esta historia que es la nuestra, ya que a pesar de las desilusiones que le propinamos en serie, Dios continúa creyendo en el hombre, y nuevamente “ira más allá” esperando algo bueno de cada uno de nosotros.

Pero la paciencia que Dios nos ofrece, no significa en modo alguno ni el descuido ni el desinterés sino la preocupación y el más cuidadoso de los tratos.

La paciencia de Dios jamás podrá simbolizarse con la imagen de unos brazos cruzados, ya que nunca significará ni apatía ni indiferencia. Dios quiere que el tiempo se aproveche adecuadamente y que, oportunamente se remueva la tierra y se le dote de abono a su higuera, para que esta paciencia que nos prodiga se convierta en una virtud operante. De otra manera la paciencia no será paciencia sino descuido.

Y esta es la grandeza de un Evangelio que nos muestra al Dios que ama y que sabe darnos otra oportunidad. En Jesucristo hemos conocido el verdadero rostro de Dios, un Dios que evita la radicalidad y la estrechez, que no actúa tajantemente. Dios sabe esperar, porque sabe “ir más allá”...

6.-     Y es aquí, en dónde surge la primera invitación: Este Dios que ha ido más allá de lo esperable, nos está exhortando para que vayamos “más allá” en el trato con las personas.

Es tiempo de preguntarnos ¿Con quién tenemos en deuda un poco más de paciencia? Quizá ante esa higuera que está plantada en nuestra propia viña y que tiene años sin dar fruto. El Señor nos invita para que no terminemos con ella y para que le obsequiemos una nueva oportunidad.

Pero, por favor, no vayas a olvidar que la paciencia en el evangelio supone el trabajo y el esfuerzo.

¿Qué puedo hacer por ti? ¿Qué puedo hacer por mi familia y por mis amigos? El Señor se dispone a remover la tierra y le pone fertilizante Y ¿Qué es lo que hacemos nosotros?

La paciencia es una virtud necesaria en la actualidad, sobre todo ante el embate de nuestras frecuentes desilusiones y ante el cansancio y el desencanto. ¡Tanto trabajo y tan pocos frutos!

La paciencia debe cultivarse ante los cambios que tienen los demás y ante nuestros propios cambios.

7.-     Fíjate cómo las personas vamos cambiando, en ocasiones desfavorablemente. Con frecuencia, con el paso del tiempo, muchos,... entre ellos tú y yo, vamos perdiendo la paciencia y creemos que el otro es el que ha ido cambiando, y la verdad es diametralmente opuesta: somos nosotros los que hemos cambiado.

En el principio podíamos soportar estoicamente cualquier situación, pero hoy, a la distancia del tiempo, todo nos causa enfado, hasta las mínimas cosas. Nos hemos vuelto impacientes, y por lo tanto hemos dejado de amar al otro. Recuerda aquella sentencia magistral de Gabriel Marcel acerca del amor. “Amar a alguien es esperar siempre en él”. Y tú, ¿sigues esperando?... ¿sigues amando?

8.-     El Evangelio nos ilumina sobre las actitudes de Dios y hoy debiéramos aprovechar la primera lectura del libro del Éxodo, como para recibir nuestra segunda invitación: la vivencia de la conversión.

Si la paciencia es “ir más allá” del umbral de nuestra aceptación del hermano, el convertirnos será el “ir más allá” de las rutinas a las que nos hemos acostumbrado.

La experiencia de Dios se obtiene cuando el hombre es capaz de salir de sus comodidades.

Fue precisamente el día en que Moisés salió de su aposento real y se dirigió “más allá” de su vida cómoda, cuando se encontró con el inicio del camino hacia Dios y de su propia vocación, en aquella escena desagradable del maltrato infringido contra uno de sus hermanos. Con el paso del tiempo, se llegó otro día en que Moisés vuelve a salir de su comodidad y se dirige “más allá” de su rutinario camino por el desierto, y será ese el momento en que se encuentre ante la presencia misma de Dios en el desierto del Sín.

9.-     El auténtico encuentro con Dios significará de parte nuestra siempre un “ir más allá” de lo que ordinariamente realizamos. Los grandes santos han sido aquellos que “han ido más allá” de sus arrutinamientos y de aquello a lo que todos se han conformado con realizar.

Los hombres y mujeres grandes son aquellos que hicieron lo que se esperaba de ellos y supieron “ir más allá”; fueron atentos y considerados con los demás, y fueron “más allá”; cumplieron con sus obligaciones, y fueron “más allá”. En cualquier situación de apuro se contaba con ellos, y fueron “más allá”.

Desde lo humano los grandes hombres y mujeres son los que “han ido más allá” que los demás: Sor Juana Inés de la Cruz cuando se dio a la tarea de aprender la lengua latina, al tener que memorizar algo se cortaba los cabellos, ya que no podía salir con escaso cabello. Victor Hugo cuando quería terminar una faena, acostumbraba pedirle a su sirviente que le robara la ropa: lo cual le servía para que no saliera, y significaba que pudiera seguir escribiendo. Leonardo Da Vinci se dice que para concluir sus proyectos inventó un reloj de alarma que despertaba a las personas moviéndole los pies.

Desde lo cristiano así es como suceden las cosas: San Francisco de Asís ha sido aquél que fue “más allá” en la vivencia de los valores evangélicos; Santa Teresita del Niño Jesús y San Martín de Porres han sido aquellos que han ido “más allá” en el cumplimiento de los quehaceres ordinarios; La Santa Madre Teresa de Calcuta ha sido aquella que fue “más allá” en el amor y en el cuidado de los pobres y leprosos; Juan Pablo II es aquel que fue “más allá” del propio dolor personal como para comunicar a la humanidad que el dolor puede ser salvífico.

Y esta es la historia de Dios y esta es la historia de su pueblo, una historia en la que un Dios que va “más allá” de la paciencia y nos espera un año más, está esperando que cada uno de nosotros escriba una historia distinta para que así seamos capaces de “ir más allá” de esa vida infructuosa a la que nos hemos acostumbrado. 

 

LOS JUICIOS DEL DESQUICIADO.

“En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos Galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: ¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.

1.-     Amigos muy queridos:

Cuando los hombres juzgamos, o somos engreídos o somos injustos, y es que nunca tendremos todos los elementos que nos son suficientes como para que nuestro juicio sea certero y equilibrado. Contrario a lo que pensamos, Dios tiene criterios dispares a los de los hombres, y siempre tiene un proyecto de salvación para ofrecernos, aún en los momentos más insospechables. ¡Tú lo sabes!, la cruz de fracaso se convirtió en victoria, de locura en sabiduría y de escándalo en oportunidad de gloria.

2.-     ¿Sabes? En esta semana platicaba con una persona a la que tengo más de diez años de conocerle, y que al referirme que uno de sus nietos tiene el síndrome down, me mencionaba acerca de una de sus propias hermanas biológicas que al referirse a esta situación llegó a mencionar: “sin duda, tu hija debió haber hecho algo malo como para que recibiera un niño con esa enfermedad”.

¡Que poca sensatez tiene quien piensa de esa manera!, y que doloroso desde lo humano el que pueda ser tu propia hermana quien así juzgue las cosas, y que avergonzante desde lo cristiano que alguien que pudiera estar cerca de la Iglesia pueda pensar de esa manera. Pareciera que el Antiguo Testamento es el que prevalece y no el Nuevo Testamento en aquellos que parecemos seguir preguntándonos y preguntando: ¿Quién pecó él o sus padres? Y el Señor nos dice el día de hoy, que lo que a ellos les pasó no fue por causa de que fueran más pecadores que nosotros o más culpables de aquellos a los que no nos pasó lo que a ellos.

3.-     ¿Sabes? Hoy, el Evangelio nos ofrece una excelente oportunidad como para adentrarnos en el problema que acompaña el misterio del mal en este mundo.

El orígen del mal en la historia de la humanidad es una cuestión candente. Un enigma indescifrable que se presenta, sobre todo, a nivel personal, en cada uno de nosotros. Enigma, no sólo de una existencia condenada a la muerte, sino de también de una conciencia que aspira al bien, pero que permanece radicalmente incapaz de realizarlo.

Los hombres de los sesentas, setentas y ochentas llamaron a todo esto los renglones torcidos de Dios y, esto les empujaba a negar a Dios o a reclamarle con amargura. ¿Quién de nosotros podría olvidar aquella “afamada” o “ínfame” trilogía de obras y películas de la negación divina: los bufones de Dios, los perros de Dios y los renglones torcidos de Dios?

Los bufones de Dios hablaban de los enfermos siquiátricos, los perros de Dios de aquellos que vivían en el maltrato y en la miseria sacando de los botes de basura el alimento para el vientre, y los renglones torcidos de Dios sobre aquellos que eran engendrados en la clandestinidad y que arrastraban tras de sí el oprobio de una sociedad establecida.

Todos conocemos esos renglones “un poco” más difíciles de decodificar que necesitarán el que hayamos superado nuestra propia educación básica,... tales como el sufrimiento, el hambre, la muerte, la enfermedad terminal, el desequilibrio psiquiátrico, la pobreza, la depresión, las adicciones, el abandono, la soledad, y ahora también el desplazamiento y todos esos problemas que surgen con el fenómeno de la movilidad humana atraída por los cuadros de miseria. Pero son renglones en los que también algunos grandes cristianos han aprendido a encontrar al Señor.

4.-     Quisiera hoy referirte uno de “esos renglones torcidos”, -aunque tengo que confesarte que en no pocas ocasiones no sé cuál es verdaderamente el renglón torcido auténtico-, que nos narra una mujer. Es posible que el nombre de Emily Perl Kingley no signifique nada para ti, sí es que no te recordara que ella escribió un libro llamado The Big Bird y que fue el inicio inspirador de una serie que todos hemos visto alguna vez en la televisión llamada: Plaza Sésamo. Pues bien, Emily recibió de Dios un Niño Down para que lo custodiara y que con ello se ganara el cielo desde la tierra. Ella lo narra con el don que recibió de Dios de la siguiente manera:

“        Con frecuencia, me piden que describa la experiencia de criar a un niño con discapacidad. Para intentar ayudar a entenderlo a las personas que no han tenido esa experiencia, a imaginar cómo es el sentimiento. Es así:

Cuando se va a tener un bebé, es como planear un fabuloso viaje de vacaciones: a Italia. Se compra una cantidad de guías de turismo y hace maravillosos planes: El Coliseo, el "David" de Miguel Angel, las góndolas de Venecia. Incluso se puede aprender algunas frases corrientes en Italiano. Es todo muy excitante. Después de meses de ávida anticipación, llega finalmente el día. Toma el equipaje y se va.. Varias horas después, aterriza.
La azafata entra y dice:
- Bienvenido a Holanda.
- ¡¿¡HOLANDA?!?!. ¿Qué quiere decir con Holanda?
¡Yo contraté un viaje a Italia! Yo suponía estar en Italia. Toda mi vida he soñado con ir a Italia". Pero hay un cambio en el plan de vuelo. Han aterrizado en Holanda y allí debe usted quedarse. Lo importante es que no han elegido un lugar horrible, repugnante, sucio, lleno de pestilencia, hambre y enfermedad. Sólo es un lugar diferente. Por lo que debe salir y comprar nuevas guías de turismo. Y debe aprender un nuevo idioma. Y se encontrará un nuevo grupo de personas que nunca se habría encontrado. Solamente es un lugar diferente. Es menos movido que Italia, menos relumbrante que Italia. Pero después de que haber estado allí durante algún tiempo y coger contacto con el ambiente, echar una mirada alrededor, empezará a notar que Holanda tiene tulipanes. Holanda incluso tiene Rembrandts. Pero todos a quienes conoce están atareados y de viaje por Italia, y presumirán sobre el tiempo maravilloso que allí tenían. Y por el resto de su vida, se dirá: "Sí, allí es donde yo suponía que iba: Eso es lo que yo había planeado".

Y el dolor de eso nunca querrá irse, porque la pérdida de ese sueño es una pérdida muy significativa. Pero si lleva luto toda su vida por el hecho que no llegó a Italia, nunca podrá ser libre para disfrutar especialmente de las cosas sumamente encantadoras de Holanda”.

5.-     Amigos muy queridos: ¡Holanda es también sumamente bello!

Es tiempo de pedirle a Dios que nos ayude a tener una auténtica conversión.

La conversión es algo necesario ya que nunca estamos donde Jesús está. ¡Nos falta mucho! Él piensa “distinto” que nosotros. Él ama “distinto” que nosotros, Él mira “distinto” que nosotros. Nuestros sentimientos son “distintos” a sus sentimientos. Nuestra lógica es “distinta” a la lógica de Dios. ¡Necesitamos conversión! Necesitamos cambiar el corazón, cambiar los pensamientos y cambiar los sentimientos. Sólo así accesaremos la sabiduría que viene de Dios.

La Sabiduría cristiana, que es un don de Dios y no una conquista orgullosa del hombre, no se puede adquirir ni con los años, ni con el dinero, ni en una universidad, ni en un aula, ni en una cátedra, sino solamente en la escucha de la Palabra de Dios y en la Mesa de Aquel que ha bajado del Cielo y que ha querido quedarse como Pan de la Vida. La verdadera Sabiduría es muchísimo más que los conocimientos, que la cultura y que la ciencia.

6-      ¿No lo quieres creer? Permíteme entonces hacerte algunas preguntas: “Oye tú, el erudito, que entiendes la teoría de los Quantums, que dominas la cibernética, la virtualidad y el espectro, que conoces los códigos civiles y penales a la perfección o que dominas la armonía de los espacios en la construcción,... hazme el favor de explicarle a una madre la enfermedad de su hijo nacido “down” o nacido anencefálico,... ¡Explícale!, por favor, a unos esposos que llevan años y años buscando la gestación de un bebé el porque no ha llegado,... ¡Explícale!, de una vez, a una madre joven que tiene a sus hijos en la escolaridad el porque murió su esposo en el momento en que más lo necesitaba,... o bien, ¡Dáte un poco de tiempo y explícale a ése joven recién graduado! el porque le detectaron cáncer en el hígado. ¡Explícales por favor!... Tarde o temprano nuestra ciencia se vuelve inconciencia, cuando se da esa ausencia de Dios en la vida del hombre.

Cuando vivimos conforme a la sabiduría de Dios, lejos de preguntarnos el ¿por qué? de las cosas, nos preguntamos el ¿para qué? de aquello que nos ha sucedido. Es entonces cuando comprendemos los misterios propios de nuestra naturaleza y los misterios sobrenaturales que Dios ha querido legarnos y confiarnos en su Hijo muy amado.

7.-     Los grandes santos han aprendido a leer todos estos textos y se han dado cuenta de que Dios ha sabido escribir derecho sobre aquellos renglones que el mismo hombre ha torcido. En los pobres lo ha encontrado Charles de Foucauld y san Vicente de Paul, en los leprosos lo ha encontrado San Francisco de Asís y la Beata Madre Teresa de Calcuta, en los enfermos psiquiátricos lo encontró San Juan de Dios.

En los niños y jóvenes de la calle lo encontró San Juan Bosco, en la vida cotidiana lo encontró Santa Teresita del Niño Jesús, en los quehaceres más comunes y ordinarios le encontró San Martín de Porres, en las aulas universitarias San Ignacio de Loyola. Fue en todas esas primeras notas en donde ellos se capacitaron para aprender a leer la más hermosa sinfonía de Dios.

Y así en la actualidad, algunas religiosas, en el norponiente de nuestra ciudad, han descubierto a Dios en el enfermo terminal y en el sidoso; algunas otras hermanas, en el nororiente y en el sur de nuestra metropolí, le han encontrado en los drogadictos.

7.-     La intención principal del Evangelio de este domingo es la de amonestar a los oyentes para que aprovechemos todas esas ocasiones de la vida presente a fin de realizar algo hermoso, algo bueno, algo nuevo. El sentido de responsabilidad se manifiesta en el ánimo para intentar.

La vida se desperdicia irremediablemente cuando no hacemos que suceda algo.

La fe resulta inútil, es decir, no utilizada, cuando no provoca algo distinto, insólito, asombroso, tan insólito y tan asombroso como puede ser el fruto que se está esperando de cada uno de nosotros que tenemos años sin ofrecer algo decoroso en nuestra vida.

 

SERES VIVOS.

En aquel entonces Jesús dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo, fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?”

1.-     Amables amigos:

Hoy quisiera de una forma atrevida e irrespetuosa hacer una corrección sobre una definición que todos hemos aprendido desde nuestros primeros años en las aulas.

Y, es que al definir a los seres vivos, todos ordinariamente pensamos en aquellos seres que: “nacen, crecen, se reproducen y mueren”. Digamos que esta es la definición que hemos aprendido y memorizado desde nuestros estudios primarios.

Se trata de una definición adecuada cuando pensamos solamente en lo  genérico o en las especies, pero que nos coloca en serios y graves aprietos si pensamos en algunos casos particulares o, en lo individual de muchas situaciones humanas.

Específicamente, podemos decir que esta definición estaría cortando de tajo a todas aquellas personas en las que hubo muy poco o nulo crecimiento, así como se puede y debe antojar como empobrecedora de la situación que viven aquellas personas en las que simple y sencillamente no hubo reproducción, por cualquier razón que queramos.

En el sentido estricto, quedarían excluidos de esta definición: en primer lugar todas aquellas personas que mueren siendo bebés perderían cualquier oportunidad de ser catalogados como plenamente vivos y humanos, así también todos aquellos que hayan muerto en su infancia, o que su vida por razones clínicas ajenas a ellos mismos se hayan quedado en una eterna infancia. Lo anterior, porque no hubo un crecimiento prolongado ni mucho menos hubo reproducción.

En la misma situación problemática, por obvias razones, estaríamos todas aquellas personas que por vocación, por consagración o, que por opción de vida cristiana vivimos un auténtico celibato en la castidad.

2.-     Siendo personalmente consciente de que nos bastaría un solo minuto de gestación en el ser humano como para que se visualice un verdadero crecimiento prenatal así como para que un fruto de ilusión se recogiera en el corazón de por lo menos una persona, yo prefiero definir al ser vivo como “el ser que nace, crece, fructifica y muere”.

No es que le quiera negar su grandeza al hecho de la reproducción. ¡Al contrario, soy un apasionado defensor de la grandeza del amor fecundo!

No es que quiera negar que la fecundidad sea una maravillosa manifestación de la vida, más bien me gusta catalogar la reproducción como una auténtica expresión de nuestro fructificar, puesto que para los cristianos un hijo será siempre un “fruto del vientre”.

Sin embargo, el hecho de que hablemos de nuestra vida en términos de fructificación nos permite hablar no tan solo de la  fecundidad sexual, sino también de todos aquellos resultados de utilidad obtenidos por un ser vivo, y que al final de cuentas nos permiten trascender, así en el tiempo como en la eternidad.

3.-     ¡Soy muy consciente de que la reducción y la exclusión serán siempre nuestro riesgo!; pero incluso podríamos añadir como una especie de fruto esas flores de las plantas fanerógamas y hasta esa sombra única y placentera de algunos árboles cuyo único y verdadero fruto y utilidad es el de su propia madera.

Refiriéndonos a los seres humanos podemos pensar en la sonrisa, la fascinación, los balbuceos y el jugueteo de un niño  de brazos como si fueran sus primeros frutos.

Al pensar en las personas de edad avanzada, hoy por desgracia catalogados injustamente como improductivos, podemos percibir la herencia de su trabajo y su testimonio silencioso como los mejores frutos de su tiempo. Pero, incluso al pensar en la sabiduría y en los consejos del anciano, podemos afirmar, al igual que el profeta Ezequiel y el Salmo 1, que si bien ellos ya no producen esos frutos a los que nos habían tenido acostumbrados, ahora “sus hojas son las medicinales”.

¿Qué mejor fruto se nos podría brindar, en muchos momentos de la vida que ese té regenerante, hecho con unas palabras de aliento que han salido de los labios de aquellos que si bien hoy no tienen la intensidad del calor poseen la grandeza de la luz?

4.-     ¡Oye!, ¿Qué es lo que nos dice a nosotros la Palabra de Dios en este día? El mensaje es claro: “Todo hombre como ser vivo debiera fructificar”.

Asumamos la advertencia: ¿Cuáles son nuestros frutos? Resulta muy triste constatar que nuestros frutos a veces no se dan y cuando se dan suelen ser pequeños y amargos.

En este contexto, no obstante es bueno que no nos dejemos ir por las apariencias. ¿Sabías que los primeros frutos de una higuera se les llama “La breva”, y que junto con su monumental tamaño son acompañados de un sabor insípido?

¿Cuáles son nuestros frutos? Somos tantos esos hombres que como la higuera del Evangelio, ¡más de los que te imaginas!, que llevamos una vida árida y gris, viviendo en la mendicidad. Demasiado alejados de que nos encarguemos de beneficiar al hermano con nuestro trabajo, vamos viviendo de esas limosnas que los otros puedan darnos.

5.-     Dice el Evangelio: “Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado”. Sería interesante y sorprendente darnos cuenta de nuestra ociosidad.

Aquí tienes tu vida, Señor... Te la devuelvo casi intacta. No me he atrevido a vivir, ni me he complicado. Tenía demasiado miedo a equivocarme.

Aquí tienes el cerebro que me diste, Señor... Está nuevecito. No quise correr riesgos de pensar, todo lo que he vivido ha sido asumido de lo que pensaban los demás. He tenido miedo de divagar y poder naufragar en la mar-oceano casi infinita de esta mente que me has dado.

Aquí tienes la conciencia que me has dado como donación. Está prácticamente intacta, inmaculada. De hecho, he andado con mucho cuidado al usarla, por miedo a ensuciarla...

Aquí tienes tu libertad. La he arrinconado, la he aleccionado y la he mantenido bajo estrecha vigilancia (conozco los riesgos a los que me puedo exponer...). Casi nunca me he servido de ella. Es demasiado el compromiso, ¡qué paquetón!

Aquí tienes el corazón que me has dado. En realidad lo he usado demasiado poco, con mucha cautela, con juicio. No quería exagerar. Por eso lo he tenido bajo estrecho control, por miedo a que me llevara a hacer locuras, a que me empujase hacia exageraciones inconvenientes.

Aquí tienes la imaginación y la fantasía. Quizás ha sido un regalo superfluo, no sólo peligroso. Siempre he mantenido a esta “loca de la casa” bajo llave y en cautiverio; nunca la he dejado en libertad. ¿Quién sabe a donde me habría llevado?

Aquí esta la fe Señor, la tengo amortajada, como si fuera un cadáver, en el sepulcro de mi mediocridad, de un lenguaje apagado.

Aquí tienes la verdad, anquilosada y endurecida en el desuso, un evangelio embalsamado en la disciplina o desfigurado por mi fariseísmo, una levadura que he enterrado bajo montones de conformismos, una luz puesta debajo de la cama de mi pereza o de la vasija de mi activismo, un espíritu agriado en la burocracia, un nuevo vino en mis avejentados odres, unas bienaventuranzas reducidas a la más estricta conformidad y uniformidad.

Aquí está, Señor mi futuro y la eternidad comprometidos en la reedición interminable de un pasado rancio. Aquí te entrego mis sueños neutralizados por el desencanto.

Aquí está la proclamación de la palabra secuestrada por la costumbre, la frescura de mi bautismo disecado por el cálculo oportunista, aquí te entrego la misericordia estrangulada por mis temores.

Aquí están mis liturgias y mis cantos que se convierten en un triste desencanto por el aburrimiento, el gorjeo, los gritos desgañitados que buscan amedrentar las conciencias, así como por mis cantinelas insoportables.

Aquí está tu palabra que se convierte en letra muerta, repetitiva, viviseccionada de manera pedante, sometida a una brutal disección en los laboratorios especializados de una interpretación sin alma y sin calor y sin poesía. Aquí está tu palabra a la que se hace circular privada de su potencial, anónima, impersonal, aséptica.

Aquí está tu palabra alejada de la vida real, de los problemas concretos de mis hermanos, comentada muchas veces para anunciar la eternidad pero eludiendo todos los compromisos con el presente. Aquí está tu palabra adormecida o sacrificada bajo los ropajes del triunfalismo y las frases rimbombantes.

6.-     Aquí está la higuera que has cuidado pero sin los frutos que tú te mereces. Aquí tienes lo tuyo.

Aquí está tu palabra sofocada, pesada, descuidada, medida, incapaz de despertar a los que duermen.

Aquí está mi predicación descolorida, jugada en los acostumbrados registros consumidos por el desuso, cortada sobre mis esquemas ya probados que siempre me han dado resultado y que hacen brotar los aplausos (no importa que sean mezquinos), no importa que no tengan fantasía y que carezcan de ingenio y creatividad, de participación visceral.

Aquí está mi persona Señor, que ha sido tragada también por el agujero de mi mediocridad, aquí estoy yo que no he salido al aire libre.

La vida cristiana consiste en convertirnos en instrumentos de Dios y en ser buenos administradores de su Viña.

La vida verdaderamente humana, y más aún la vida cristiana, no puede reducirse a un verbo que tenga tan poca proyección como lo es el sólo hecho de “reproducirse”. El fructificar es lo que manifiesta realmente quién soy en la vida y aquello que nos puede alcanzar la Vida Verdadera.

¡Date cuenta! Vivimos en un mundo en el que todos parecemos haber olvidado, no sólo nuestra transitoriedad, sino hasta nuestro inquilinato. El hombre se ha adueñado del mundo.

El hombre transforma en destrucción y en muerte la materia que no ha creado.

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