Domingo 25 de marzo de 2007_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

LA CLOACA SE HA ABIERTO

“En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el Templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su prenguta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron sólos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él. Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde está los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

 

Todo pareciera indicarnos que los escribas y fariseos no han entendido la dinámica de la misericordia.

¡Sí!, aquellos mismísimos personajes que el domingo pasado provocaron que el Señor sacara del tintero del corazón de Dios la así llamada: “Parábola del Hijo pródigo”, hoy nos ofrece una página hasta cierto punto incómoda para más de uno de los que estamos en este ejercicio de comunicación.

Que ésta es una página molesta lo podría demostrar nuestra propia actitud ante una situación idéntica en la actualidad...

Pero dejemos nuestro cuadro personal a un lado para así dirigirnos al cuadro evangélico: ”Ahí vienen los escribas y los fariseos, y esta vez se enfrentan con Jesús cara a cara”.

2.-     Jesús está enseñando en el patio del templo, después de una noche de oración. De pronto, el círculo de los oyentes se abre al escucharse un barullo que poco a poco se vuelve ensordecedor. Y ahí aparecen ellos, los impecabless empujando groseramente a una mujer de “mala vida”.

Ni siquiera se atreven a tocarla, sólo la avientan, tienen miedo a contaminarse: ella es “impura” y ellos son los más “puros”.

 “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio...” ¿Qué mejor lugar para acusarla y, qué mejor lugar para poner a prueba al Nazareno, que el mismísimo Santuario de Dios?... la estuvieron espiando a ella y a Él, aguardando con paciencia y finalmente a ella la sorprendieron pecando y a Él enseñando. Un momento “providencial” para sus pretensiones y Providencial para las necesidades del mundo entero. Perdóname que te lo diga de esta manera, pero en sus palabras se vislumbra toda la satisfacción animal que tiene el sabueso que estuvo olfateando pacientemente hasta que agarró a su presa, y podría decirte que la presa más que ella es Él...

 “Maestro: Moisés nos mandó en la ley apedrear a estas mujeres...”. La estrategia es por demás inteligente: Moisés y la ley, referidos en el Santo Templo,... un callejón sin salida ante una multitud que le escucha y que está embelesada por su doctrina. Y es cierto. Cuando se pone un artículo de la ley de Moisés al lado de un pecado concreto, la conclusión surge con rigor matemático, como una operación aritmética: uno más uno tiene que ser dos, dos más dos son cuatro y no hay de otra..., pero,... si en la lógica de Dios Él quiere que uno más uno sean tres o que dos más dos sean uno... ¿no nos llegaría a molestar a nosotros? Pero tenemos que entender que las cosas cambian cuando al lado de un código se pone una persona, y no un pecado.

Pero también son éstas situaciones algo que los hombres no suelen comprender. Demasiadas complicaciones, demasiados dolores de cabeza; ¿a dónde iríamos a parar? Y las manos ya están deseosas de lanzar las piedras ¡no para acabar con el pecado, sino para acabar con los pecadores!

3.-     Oye Maestro,... pst, pst, ¡hey! ¿Tú que dices?. La trampa ha sido bien preparada con una perfidia bien calculada. Si dices “sí” pierdes y si dices “no” pierdes. La moneda está en el aire si cae una cara pierdes y si cae otra cara también pierdes. ¿Tú qué dices Maestro? ¿Te acuerdas que tú mismo habías afirmado que no venías a abolir la ley sino a darle cumplimiento? Por tanto, según la ley, esta mujer debe ser condenada, ¡debe morir! Al mismo tiempo si la condenas, vas a perder esa aureola de “misericordioso” que te has ganado, y perderías ese título de amigo de los pecadores, que te has granjeado ante el pueblo, sí la condenas, contradirías la parábola del Hijo Pródigo.

Pero si la dejas libre, demostrarás que estas pisoteando la ley, y lo harás aquí mismo en el Santuario del Dios santísimo, el mismísimo lugar que más adelante utilizaremos para condenarte a ti: Te tacharemos de hereje. Nuestra estrategia es perfecta.

Y, pareciera como si Jesús se desiteresase de la trampa que habían tendido a sus pies, y se inclina a los pies de ellos y a los de aquella mujer.

4.-     “Inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra”... ¿qué habrá escrito?...

Los comentadores se han lucido con muchísima imaginación en la interpretación del contenido de aquella escritura del Señor.

San Jerónimo afirma rotundamente que se puso a escribir la lista de los pecados de los acusadores.

Algunos afirman que era un gesto de la nueva creación, pues sus mismas manos habían sacado del polvo al hombre en los principios, algunos otros opinan que les está manifestando la consistencia de polvo que ellos tienen en el corazón como para convertirse en los jueces de aquella mujer.

Mauriac insinúa que lo hizo para no mirar a los ojos de la adúltera, evitando que se sintiera a disgusto y aumentara en ella la vergüenza. ¡No me parece esto muy conveniente!

5.-     Creo más bien, aunque es sólo una opinión, que con quienes no quiso cruzar la mirada fue con los acusadores. Y es que los ojos de aquella mujer como los de cualquier persona que reconozca su condición pecadora no se sienten dignos de mirar al Dios de la misericordia. Pero aquellos ojos de los pecadores, que se han automaquillado de puros y se atreven a condenar a su propio hermano constituyen un espectáculo de una falta de conciencia tan repugnante, que ni siquiera Jesús lo puede soportar.

Pero ellos insisten, y no se dan cuenta de que están dejando la cloaca al descubierto. Quieren conseguir la sentencia a cualquir precio.

6.-     Entonces Jesús se incorporó y les dijo: adelante, condénenla; lapídenla según la ley. Pero sólo les pido una cosa: aquel de ustedes que esté libre de pecado, que sea el primero en arrojar la primera piedra...

Y sucedió entonces como si hubiesen levantado la tapa de una alcantarilla. Un hedor terrible iba diseminándose en el medio ambiente.

Y cada uno de aquellos hombres tuvo que reconocer que el hedor brotaba de su propia pudredumbre interior, de esa descomposición orgánica que viene con el propio pecado de cada uno de ellos, incluso de aquellos que parecían estar tan ocultos, les iban invadiendo y les quitaba poco a poco las fuerzas e iban dejando caer las piedras al suelo, y es que de pronto se volvieron tan pesadas como el plomo,...

En realidad, su propio artificio se volvió contra ellos mismos, estaban en el mismísimo santuario de Dios, y aunque ellos no lo reconocieran ante el mismo Dios que conocía a la perfección su propio interior, y aunque no lo reconocían, allí por lo menos en el Santuario no podían falsear las palabras...

Y Jesús sigue sin mirarles a la cara. Se Inclina de nuevo, escribe en la tierra... Y ellos se iba retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta que no quedó ninguno.

7.-     ¡Oye! ¿No te has preguntado: Por qué precisamente empezaron los más viejos?

¿Quizá porque el más viejo es el que tiene más pecados?

¿O, quizá, porque los más viejos fueron los más prudentes y se quedaron afuera del círculo, enviando a los más jóvenes por delante, para no dar ellos la cara ante el maestro?

Probablemente por ambos motivos a la vez. Y yo añadiría un tercer motivo: los viejos están más maliciados; saben por experiencia, cómo van a terminar esos encuentros con el Nazareno. Corren el riesgo de terminar avergonzados ante todos. Más vale batirse en retirada, apenas asoma el peligro, antes de que suceda lo irremediable. No vaya a ser que a Jesús se le pueda ocurrir decirle a alguno: Oye, tú, sí tú el que está al fondo. Pero sí el otro día..., a tal hora, en tal lugar, hiciste...., dijiste..., pensaste...? En realidad, el maestro no suele obrar así, pero todos somos propensos a que se pudiera exhibir nuestra vida oculta, y es mejor, no correr el riesgo de que identifiquen mis repugnantes aromas.

8.-     Se van. Quizás masticando rabia. Pero se van. El seguro de la trampa se ha desprendido y ha volado por los aires, y ha caído sobre ellos mismos.

Se hace el vacío. El tribunal ha dejado repentinamente solas las butacas y el presidium. Se queda sólo Jesús ante la mujer.

Aquella mujer se va recobrando del miedo que la aplastaba como una tenaza implacable.

Incorporándose Jesús le dijo: -mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?

9.-     Finalmente estaba ante un hombre que le miraba sin despreciarla.

Nadie, Señor. -Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno.

Yo no te condeno. Dentro de poco yo seré condenado en tu lugar. Yo pagaré por tu pecado. Vete y en adelante no peques más.

Mujer, ya no hagas daño. A mí  no me haces daño, pero debes dejar de hacerle daño también a los demás.

Ya no pecaría más ¿Cómo iba a tener ganas de pecar en adelante? Se sentía curada para siempre por aquella mirada que la había salvado de todos. Perseguida, penetrada, invadida por el recuerdo de una bondad, de un afecto tan tierno; ya no tendría necesidad de llenar su pobre vida de pecados. Se marchó agradecida, no condenada.

Fue suficiente una mirada de bondad, una palabra limpia, un gesto de amigo, para poner a aquella mujer de pie, para transformarle la existencia.

Y también Jesús se fue del Templo. Había logrado aumentar su clientela reclutada en los bajos fondos, entre aquellos que la malicia de los hombres había apartado desdeñosamente.

 “Lo que estaba perdido...”

Con aquellos individuos, con aquellos que eran considerados basura entre los fariseos, su paraíso no se quedarían vacío.

 

EL FANGO EN LAS MANOS.

“En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el Templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, estamujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su prenguta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

1.-     En este Evangelio, pareciera como si nos estuviéramos contemplando en el espejo.

Un episodio como el de Cristo y la adúltera debería ser suficiente para quitar de la boca de un cristiano toda palabra de condenación contra un hermano y para desvirtuar todo gesto de castigo.

Pero no es así. Un episodio de tanta energía no ha logrado desaparecer uno de los oficios más antiguos del mundo, y no me refiero a la prostitución, sino a la pretensión de estar una y otra ocasión confesando, exhibiendo y acusando los pecados ajenos.

Un oficio o quizá un juego en el que se ejercita la sociedad. Incluso es el juego de una sociedad cristiana y de la pseudocristiana.

Aquel que no haya tomado parte en él, que tire la primera piedra,... ¡perdón!,... quise decir que levante la mano. Oye, ¿y por qué tú y yo traemos piedras en las manos que hemos levantado?

2.-     ¡Tienes toda la razón! Algunos no traemos piedras, y es que lo que pasa es que somos menos “primitivos”, somos menos violentos en la ejecución. Muchos hemos cambiado las piedras por el fango, y nos dedicamos en la vida no a predicar el Evangelio sino a estar tirando lodo hacia todas partes, y todos, absolutamente todos los que no están conmigo, en mi grupo, son unos pecadores, hijos de satanás, ellos son la prostituta del apocalípsis, son los luciferianos, nosotros en cambio, somos los santos de los últimos días, los perfectos, la iglesia de la luz del mundo, los verdaderos testigos de Jehováh, los puros, los del ejército que va a obtener la salvación, los que hemos ingresado al castillo del rey, los que somos salvos...

3.-     Somos unos obstinados entrometidos: policías, espías, jueces, fiscales, ejecutores. Todo a la vez.

Pero el oficio cristiano no lo cumplimos: el de verdaderamente ayudar al hermano. Ni siquiera en los tiempos libres. Ni siquiera como un hobby. Estamos demasiado ocupados lanzando fango al rostro del hermano. Estamos demasiado ocupados en los asuntos de los demás. No nos queda tiempo para vivir como cristianos, pero sí como aquellos fariseos aunque falsamente nos llamemos cristianos.

El Señor Jesucristo, el día de hoy nos invita a la conversión.

4.-     Hablando de conversiones, hoy me asalta en el recuerdo, aquella bella anécdota en la vida de Charles de Foucauld, que él mismo contaba.

El era miembro del ejército francés durante la Primera Guerra Mundial, un buen día presumía las insignias de la milicia ante sus sobrinos, eran demasiadas las distinciones, él les iba explicando el valor y la forma en que había obtenido cada una de ellas.

Todo iba bastante bien, hasta que su sobrina más pequeña le preguntó: “¿Y de Dios qué has obtenido, tío?...” Él se quedó pensativo.

Efectivamente, Charles de Foucauld, uno de los grandes místicos del siglo XX, experimentó un gran vacío en su interior después del ejercicio de las armas.

Fue entonces, que se fue recorriendo las calles de París en la búsqueda del Dueño de la Vida, y en las calles ingresaba a todo templo que se encontraba.

Ingresó a Templos de diferentes denominaciones cristianas y en muchos de ellos salía insatisfecho al escuchar mensajes como este: “Bienvenidos hermanos, aquí nos encontramos los elegidos de Dios, todos aquellos que nos hemos de salvar, nos encontramos en este recinto solamente los santos y los puros”.

Recorrió otros templos, y el mensaje seguía en la misma consonancia, resonancia y repugnancia: “Sean bienvenidos los santos de Dios, los que están en el libro de los elegidos, allá afuera está la escoria, los que están perdidos, los idólatras, los que ofenden a Dios, los que se van a condenar en el intenso, lento y eterno fuego del infierno.”

Seguía Charles de Foucald, en su camino, recorriendo templos sin sentirse a gusto.

Un buen día, llegó a la Iglesia parroquial de San Pablo Apóstol, e ingresó en el preciso momento en que daba inicio la celebración de la Santa Misa. Un sacerdote principiaba la celebración del Señor, con los ritos iniciales: “Hermanos: sean bienvenidos a la Casa de Dios. Antes de empezar a celebrar estos sagrados misterios de la redención, reconozcamos que todos nosotros somos pecadores ante Dios, y que estamos necesitados de su infinita misericordia. Hermanos: les invito para que ante Aquel que conoce el secreto de la vida, y que nos ama tanto y que está siempre dispuesto a perdonarnos, a pesar de nuestras muchas flaquezas, le pidamos perdón por nuestras faltas y nos dispongamos al encuentro con Él, en la mesa de la Palabra y en la mesa de la Eucaristía”.

En ese momento, Charles de Foucald se sintió a gusto y dijo en su interior: “Este es un lugar para mí, aquí están los míos, los pecadores que necesitan de la misericordia de Dios.”

5.-     Muy queridos amigos:

Algunas páginas dolorosas en la historia de la Iglesia, así como de las distintas iglesias y de las sectas, que alguna vez tendremos que meditar con lucidez, ahora cuando de las hogueras quedan solamente los restos carbonizados, constituyen documentación del precio que se ha tenido que pagar por el olvido de esta página incómoda del Evangelio. Hemos olvidado el episodio de la adúltera en la trama de la vida cristiana y nuestra vida ha dejado de ser cristiana.

Se ha llegado a lo increíble: “Yo te mato en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, y esto no tan sólo en la España Católica, también sucedió en la Sálem de las brujas de los cuaqueros; ha sucedido en  Corea de la Iglesia de la unificación; ha sucedido con el Ku Kux Klan que ha persiguido y dado muerte entre otras personas a los que no son protestantes es decir a los católicos en el Missisipi en llamas de 1974; sucedió con los anglicanos que mataron a 21 obispos, a más de 500 sacerdotes y mas de 72 mil fieles, entre ellos a Santo Tomás Moro... y de una u otra forma ha sucedido con todos los contingentes religiosos, bastaría que te preguntarás y respondieras con honestidad: ¿a qué denominación religiosa pertenece un presidente que en el norte de América, que en el nombre de Dios ha desatado una guerra a la que él ha llamado justicia divina?...

¿Hay alguien que haya encontrado la fórmula como para arrancar de la memoria aquella imagen del bebé aniquilado arropadito y con el biberón a un lado, o esa imagen de un niño que perdió sus cuatro extremidades, o ese rostro del niño lastimado por la granada de expansión con sus ojos blanquecinos perdidos en el horizonte de la sinrazón, o esa toma de una niña que ahora necesita protesis para desplazarse? Se hizo,... ¡En el nombre de Dios!

6.-     Pero, dejemos a los demás, y es que es mi vida y mi historia lo que aquí me debe interesar...

Evidentemente, mis pecados son espantosos: me da miedo quedarme sólo con ellos. Y busco la compañía de los pecados ajenos.

Mis virtudes son más bien frágiles, desde el momento en que necesito apuntalarlas continuamente con las culpas verdaderas o imaginarías de los demás.

Me he hecho muy hábil en la retórica como para repartir las responsabilidades del mal que advierto a mi alrededor. Esto para ti. Esto otro también para ti. Y al final no me queda ni siquiera una brizna de culpa en las manos.

7.-     Mientras pronuncio una palabra de condenación, jamás he notado que mis oídos están sangrando ante aquella acusación de Cristo: El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra. Y es que tengo mis oídos llenos de secresiones, y la verdad es que en las manos no traigo piedras, traigo fango. Y según la opinión de mis asesores doctrinales el fango sí me está permitido, el fango sí que es lícito. Después de todo el fango no hace más que manchar, no hace tanto daño como las piedras.

Para condenar a los demás es preciso ser ciegos. Es más, para condenar a los demás es preciso que suframos de amnesia. Olvidarse de lo que es la realidad más constatable e indiscutible: Soy un pecador.  

Y es este el oficio más antiguo y el que parece no sufrir crisis con el tiempo, y se mantiene en la vigencia: el oficio del hipócrita acusador de los pecados del hermano.

Sin embargo, se trata de un oficio que está fabricando nuestra propia condenación. No hay dudas en este aspecto.

Mis juicios, mis sentencias de condenación, las acusaciones a los otros cuando los calificamos como hijos de satanás, el diablo en persona, son un material precioso. Dios lo conserva celosamente. Lo tiene todo registrado.

8.-     Algún día, en el atardecer dela existencia, me hará escuchar esa cinta magnetofónica. Todo justo, todo perfecto, todo legal.

Y el condenado seré yo mismo.

Se trata de una simple sustitución en el punto de mira.Por lo demás, lo he buscado yo mismo, así lo he querido yo.Calumnia, condenación, acusación, condena. Las piedras hacen daño.Pero el fango no hace daño, es sólo tierra con agua.El fango sólo ensucia. Sí, el fango ensucia. Y siempre va a parar a donde menos esperamos.Me miro al espejo y me doy cuenta de que yo también me he ensuciado.

Y de que también el fango que traigo en mis manos ha salpicado el rostro ensangrentado de Cristo.

 

UNA MUJER LIGERA.

“Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron sólos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él. Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde está los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

1.-     ¡Qué escena tan más extraña y tan poco esperable! Y,... ¡qué comprometedor puede resultar, el sólo hecho de que se encuentre el Maestro sólo frente a una mujer tan ligera,... demasiado ligera.

No conocemos su nombre, aunque muchos de nosotros después de gastar una gran cantidad de nuestra materia gris lo hemos mezclado con el de María Magdalena, otros hemos dicho que es María la de Betania ¡exactamente la hermana de Lázaro y Martha!, y para ello hemos encendido discusiones interminables, miles de páginas con argumentaciones henchidas de citas, un gran número de referencias marginales en las Biblias comentadas, abundantes de indicios, capaces de desconcertar al más sagaz de los detectives,... y al final, una y otra ocasión, nos hemos dado cuenta de que en realidad solamente sabemos cuál es su profesión, o mejor dicho su actuación: cometer pecados, su  nombre lo desconocemos. Y esto no es algo que sólo sucede con ella, ésto también sucede en nosotros.

Algunos simplifican: las diferentes escenas de mujeres adúlteras nos hablan de una sola mujer. Otros sostienen: son dos mujeres distintas. Otros muchos insisten: no son dos sino tres mujeres diversas. Tratándose de pecadoras, no cuesta nada el multiplicarlas o el reducir en una sola, todas las culpas del mundo, con tal de que nosotros no estemos incluídos en este número...

2.-     De todos modos, a aquella mujer que iba siendo arrastrada a empellones, no le quedó mucho tiempo para enseñar ni su carnet de identidad ni su credencial que los censos romanos le emitían para mostrarla a aquellos bien pensantes de aquel entonces que se querían erguir como los bien actuantes, aunque a ellos poco les importan las presentaciones. ¡Oye!,.. pensándolo bien y con un poco de malicia o por lo menos con objetividad, ¿no te parece que si ella fue sorprendida en flagrante adulterio tenían que llevar empujando a dos personas, o por lo menos dejar a los dos personas en paz? Y si fue sorprendida, ¿qué andaban haciendo o qué andaban buscando aquellos que los sorprendieron?

Pero para ellos, las anteriores preguntas no son tomadas en cuenta, incluso podrían acusarnos a cualquiera de nosotros de querer encubrir a un engendro de Luzbel.

Todos se han dado cuenta: se trata de una de “esas”. Es una mujer ligera. Una mujer de la calle.

La desprecian los hombres, pero todos se han servido de ella.

Incluso los virtuosos tiene necesidad de ella, para sentirse buenos, para poder decir: “Yo no he caído tan bajo como ella”. Haberla sorprendido a ella es como una especie de autocanonización, que se funda mucho más en la depravación ajena que en los propios méritos.

3.-     Pero ella también conoce a los hombres. Quizá mejor de lo que éstos se conocen a sí mismos.

Y conoce también a sus mujeres. Las conoce a través de sus maridos... Ella tendría muchas historias reales por contarles a aquellos hombres o, por lo menos, algunas historias hipotéticas por darles a conocer a muchas mujeres, todas esas autojustificaciones de los hombres.

Aquella mujer conoce demasiado bien el hedor de una sociedad corrompida, aún cuando la pestilencia se confunda con el olor del incienso, o brote de aquellos que traen la Biblia bajo el brazo.

Ella conoce a las personas honradas. Aquellas que se cubren de honestidad, como si se tratase de una crema para la piel. Pero ella sabe, que bajo la mascarilla de moralina e hipocresía está todo lo demás.

¡No!, ella no se deja sorprender por las apariencias, ni por los carnets de aquellos que sí están gritando a los cuatro vientos su larga lista de credenciales amparados bajo un peinado impecable y una corbata reluciente,... o una falda que llega hasta los talones y una Biblia bajo el brazo y una revista en la otra mano.

Conoce a aquellos que sí están obligados a recitar sus muchos méritos diciendo: “Somos salvos”, y a ponerse la careta de la hipotética virtud para así esconder la escoria.

Ella, por lo menos, tiene el mérito de presentarnos su verdadera cara, una cara demasiado conocida por muchos. No muy limpia que digamos, pero su cara al fin de cuentas.

4.-     Y, en lo más profundo de su alma, ella conserva sin lugar a dudas el mejor de los secretos que defiende celosamente, y que Jesús supo descubrir inmediatamente al ver su cara.

¿Qué es lo que veían aquellos hombres en esta mujer? A una desvergonzada. Veían sólo fango y oscuridad. Veían a alguien irrecuperable.

Jesús no. El no se resigna. Más aún precisamente por personas como ella Él ha venido al mundo. Y es que Él dirige la mirada a lo más profundo que hay en ella, por debajo de la mezquindad y la miseria. Y tras haber superado el túnel oscuro de la malicia, los ojos de Cristo se posan en algo que queda aún “intacto”, hay algo puro en ella bajo la barrera de la maldad, algo queda de la infancia, aunque haya que ir a buscarlo muy en el fondo.

Y es que no nos damos cuenta de que, como lo ha mencionado Paul Claudel, aún en el avaro más roñoso, en lo más profundo de una perdida prostituta y del borracho más irrecuperable existe un alma inmortal, santamente ocupada en respirar, que, excluida de día, practica la adoración nocturna.

5.-     Se trata del secreto de personas nobles en algún momento venidos a menos, arrinconados en una escuálida mazmorra, y que guardan en el fondo de un arca una joya minúscula que les recuerda los tiempos dichosos. También ella. Una existencia destrozada, pero existencia al fin.

Y allí, en un rincón, en un ángulo de la existencia, protegido contra las desilusiones en serie y las experiencias más degradantes, hay un trozo de esperanza. Esperanza de encontrar a alguien que no la considere solamente como un instrumento de placer, sino a alguien que en realidad le ame. Esperanza de poder ofrecerle su corazón. Esperanza cada vez más lejana, pero esperanza al fin que le permitiría volver a empezarlo todo de nuevo, de partir un día otra vez de cero. Esperanza de ser tratada como persona y de ser comprendida.

6.-     Pero, a los ojos de aquellos hombres estos anhelos resultaban difíciles, o mejor dicho imposibles. A los ojos de aquellos hombres ella era simplemente una pecadora. Pero por dentro todo era distinto, y Dios bien lo sabía, y ella bien sabía que Dios lo sabía.

Y allí estaban aquellos hombres a la espectativa acompañados de sus malos pensamientos. Dostoievsky nos advertía de que sí los pensamientos de los hombres oliesen, se esparcería por el mundo un hedor insoportable y todos huirían afectados por la peste.

Cristo no sólo percibía el olor de ciertos pensamientos, sino que los conocía como si fuese un discurso en voz alta, y nada le llega a provocar la más ingrata de las sorpresas que esa necedad que brota de nuestra incapacidad de reconocer nuestra propia necesidad y de acusar las necesidades de los demás.

7.-     Y es aquí en donde vamos perdiendo. No queremos darnos cuenta de que todas esas veces en que empujamos a las personas hacia el rincón inevitable de una condenación, que brota de ese querer imponernos sobre los demás, nos provoca las peores pérdidas al perderlos a ellos. En la contienda del orgullo, todas esas ocasiones en que vencemos en una discusión con nuestra contundencia, vamos perdiendo lo más importante: las almas.

El pecador como persona y como hijo de Dios, mucho más que estar necesitando de la condenación está necesitando del perdón. Y es esta la comprensión del Señor.

“El que esté libre de pecado que tire la primera piedra...”

8.-     Un cepillazo en ese Taller de Nazaret trasladado a Jerusalén, y que es capaz de levantar esa piel, delicada, de todos los fariseos y escribas de aquel entonces y de éste entonces, incluso aquellos que hablamos a través de la radio o en la predicación, y la de aquellos que están escuchando y que esto pareciera empezarles a molestar.

Y ellos se alejaron, todavía con sus pensamientos escondidos. Pero sus murmuraciones y escándalos no le impiden a Jesús que realice hasta el fondo su acción de recuperación de la mujer.

“Mujer, ¿dónde están los que te acusan? ¿Nadie te ha condenado?”.

“Nadie, Señor”.

9.-     El estrépito de los pensamientos y los gritos que brotan de los malos sentimientos de aquellos que se alejaban en el silencio no perturba en lo más mínimo la fórmula de la absolución que Jesús pronuncia con solemnidad: “Mujer, yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”.

El efecto del perdón lo llevas en tu interior: la paz, ¡vete en paz!, no destruyas lo que estás recibiendo.

La mujer se va. Todos consideraban que habían traído ante el Señor a una mujer demasiado ligera...

Aunque en verdad solamente ahora ella se siente verdaderamente ligera. Su caminar es ahora distinto. El Señor le ha quitado del fondo del alma la loza que le había vuelto difícil el caminar.

Cristo le ha devuelto un corazón nuevo, puro y fresco como el de un niño. Ahora puede volver a amar de verdad. Porque se ha sentido amada.

10.-   Y será el amor lo que le impida ser mala, no la condenación ni esas piedras o el fango que el hombre traía en las manos.

En realidad, la mujer adúltera nunca olvidará la experiencia de perdón que Jesús les ha ofrecido. Jamás podrá arrancar de su corazón lo que aconteció con su vida después de encontrarse con el Nazareno.

Y aquellos fariseos, que querían estudiar las reacciones de la misericordia en el corazón de Dios, tienen que alejarse del Templo, y darse cuenta de que sí quieren ellos conocer algo sobre aquel que verdaderamente habita en el Templo de la majestad, se verán obligados a dirigirse a aquella mujer.

Y con ellos todos las personas virtuosas de este mundo.

11.-   El amor cristiano debe ir más allá de los vicios, más allá del hedor de los demás. El amor nos debe sumergir en la hondura y buscar, descubrir, despertar, urgar hasta encontrar todo lo que hay de intacto y puro, incluso en aquellos seres que catalogamos como los más perversos.

Y es esto lo que podrá despertar lo mejor que hay en ellos y descubrirlo de nuevo. Al fin, aquella mujer experimentó la bondad de una vida auténticamente ligera.

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