Domingo 30 de Mayo de 2010_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

LOS INDIVIDUOS LLEGAN A SER PERSONAS.

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aun tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él les irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. Él me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”.

 

 

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  1.-    Muy queridos amigos:

Nuestra vida cristiana la hemos recibido como un regalo sobrenatural de parte de Dios, que eleva, la ya de por sí, muy digna naturaleza humana creada por Él mismo. Por tanto, una auténtica vida en Cristo consiste en la actuación de la gracia de Dios que, si bien eleva la naturaleza, nunca la suprime. Si Dios suprimiera la naturaleza no tendría mérito alguno la santidad ni culpabilidad el pecado.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a que dirijamos la mirada a este Dios uno en esencia pero triple en sus personas.

Un Dios que en no pocas ocasiones ha sido representado parcialmente: unos ven en él la luz y otros expresan su experiencia de oscuridad, algunos ven la altura y otros la profundidad, algunos la naturaleza y otros el Imperio, algunos el vacío y otros la pobreza, algunos el fuego intenso y otros el viento sutil, algunos el desierto y otros el verde prado.

Todas las expresiones anteriores nos muestran a un Dios que siendo Persona nos trata como personas a cada uno de nosotros y que quiere que como personas desarrollemos todos nuestros campos de posibilidades. Dios no es sólo para nosotros una afirmación especulativa sino una experiencia de vida.

La revelación nos ha mostrado a Dios que efectivamente se ha revelado, ha quitado el velo que cubría su rostro para mostrarnos su bondad, un Dios que establece relaciones con nosotros, un Dios que ha favorecido el encuentro con el hombre y que se ha manifestado como el Dios con nosotros, el Emmanuel, el Padre de bondad y el Espíritu del amor.

2.-  Se trata de un Dios que ha favorecido el trato personal con diferentes individuos, ya que para Él las personas tienen un nombre, porque al final de cuentas nuestro nombre va estrechamente ligado a la expresión de individualidad tenemos cada uno de nosotros. El llama a Simón por su nombre, le advierte a Martha sobre sus excesos, le saluda a María en el huerto del Getsemaní en la mañana de la resurrección, le reclama a Felipe el no asimilar todo lo que le ha revelado en su bondad, le indica a Tomás que son dichosos los que sin ver han creído e invita a Zaqueo a que descendiendo del árbol le abra las puertas de su casa y de su corazón.

El Señor sabe ver en nosotros personas y no cosas, ni casos, ni mucho menos problemas,...

Y esta es quizá la parte de nuestra vida que no hemos comprendido, nuestro ser personas. Ante Dios solamente podemos llegar cuando valoremos realmente nuestra persona como existencia irrepetible, con voluntad, con libertad y con inteligencia, para así no caer en determinismos, y que estemos abierto a la relación y con apertura a la Trascendencia.

3.-     Y es que el ser personas en el ser humano, se debe convertir en una de nuestras máximas fuerzas. Pero, al mismo tiempo, al no vivirse plenamente en sus cualidades, se puede convertir en nuestro máximo adversario, o por lo menos, en algún momento de la vida, en nuestro más duro e insobornable acusador.

Por persona entendemos el sujeto último de todo ser y de todo obrar. Se trata de un sujeto distinto a todo otro. Podríamos agregar a lo anterior, que la persona es aquella que recibe el don y la posibilidad del ejercicio de las facultades, así llamadas, espirituales: inteligencia, voluntad y libertad.

El ser persona es un elemento fuertemente dinámico, y esto puede ubicarse adecuadamente en esa posibilidad personal que tenemos cada uno de nosotros, de escribir el propio “argumento” de nuestra misma historia.

El ser persona es, al mismo tiempo, un gran reto, así como nuestro riesgo y puede convertirse en nuestro más crítico juez, ya que exige de nosotros el compromiso de ejercitar rectamente las facultades del espíritu.

4.- Solamente nosotros como personas humanas podemos elegir, discernir y amar. Podemos entender bajo este contexto aquella expresión del dominio común: “El hombre nace pero la persona se hace”. Aquí es también entendible aquello que el enciclopedista Jean Jacques Rousseau escribía en su libro titulado Las Confesiones: “Yo solo. Siento mi corazón y conozco a los hombres: no soy como ninguno de cuantos vi, y aun me atrevo a creer que como ninguno de los que existen. Si no valgo más, soy, al menos, distinto de todos. Tan sólo después de haberme leído, podrán juzgarme si la Naturaleza hizo bien o mal al romper el molde en que me vaciara”.

Lo que escribió Rousseau lo solemos utilizar en una expresión tan simple como profunda:“¡Después de que Dios te creó Él rompió el molde!”

Nuestro ser personas en la individualidad de nuestras realidades es algo constatable y una verdadera gracia en nuestra vida. Solamente nosotros los hombres podemos ser héroes pero también villanos, podemos ser protagonistas o antagonistas, podemos ser famosos o infames, solamente nosotros podemos aspirar a la santidad o ser pecadores.

5.- Se trata de la ley de la libertad de elección. No podemos sentirnos salvados por el sólo hecho de haber sido bautizados en la Iglesia Católica o en alguna otra confesión cristiana. Si bien, “somos salvos en Cristo al confesarlo y al creer con nuestro corazón”, tenemos que aceptar que entre el ser y el estar puede existir un abismo de distancia que solamente se puede superar con el bien obrar, con la fe operante, con la praxis cristiana o con la gracia ejercitada.

Y en este color de los términos que compartimos, bien podría parecer una contradicción el hablar de “la fragilidad en la vida de un cristiano”,sin embargo la conciencia de esa fragilidad, que brota no de Dios sino de nuestra inconsistencia, nos debe recordar la posibilidad de perder nuestra inserción en Cristo. ¡No dudamos de Dios sino de nosotros! Se trata de aquello que el mismo Evangelio nos advierte al decirnos que un sarmiento que se separa de la vid se seca y será cortado y lanzado a la hoguera. Se trata de aquel que es consciente, junto con el apóstol san Pablo de quien celebramos el pasado miércoles la fiesta de su conversión, de que después de haber dado la señal de partida para la más noble competición, puede quedar descalificado.

Este es el contexto en el que entendemos nuestra vida de bautizados como una lucha constante.

7.- En esto de ser personas el trato con los demás también es importante, ya que se nos invita a valorar la persona de los demás, a tratarles como personas y no como cosas, ya que hoy vivimos el más terrible de los pecados, consitente en el trato que infringimos a las personas cuando los vemos como aquellos que “fueron hechos para...”, lo anterior hace que le desdibujemos el rostro humano al hermano. La persona no tiene precio, de no ser así podríamos comerciar con el hermano.

Distingamos entre el ser persona y el ser sólo individuos: la persona se mueve en el ser y el individuo en el tener, la persona es abierta y el individuo vive en la cerrazón, la persona vive en las coordenadas del presente y el individuo en las de pasado y de un futuro del que nadie tiene certidumbre, la persona vive su existencia y el individuo lo racionaliza, la persona admira y el individuo critica, la persona experimenta el amor  el individuo se sumerge en el egoísmo, la persona ama y el individuo usa, la persona es libre y el individuo ha inventado nuesvas esclavitudes, la persona sabe aceptarse y el individuo permanece en la insatisfacción, la persona sabe superarse y el individuo se vive comparando con todo el que se encuentra.

8.-     Dios ama al hombre, le trata como persona y quiere que en la comunión con Él como personas podamos ofrecer los frutos que en el corazón tenemos.

Al final de cuentas, se trata de la cooperación del hombre a la acción operante de la gracia de Dios. El hombre es quien tiene que poner sus 5 panes y sus 2 pescados para que así sea Cristo el que los multiplique abundantemente y sacie el hambre de la multitud. Nosotros llenamos de agua los odres hasta el borde y Cristo se encarga de convertirla en un exquisito vino... Es el hombre que se pone de pie para gritar y con ello recibir de Cristo la luz en sus ojos ciegos... Es la mujer que estira la mano para tocar la orla del manto del Maestro... Es el pescador que desembarca cansado, fastidiado y desilusionado y que le hace caso al Maestro de remar mar adentro y de lanzar la red de nuevo para conseguir una pesca cómo jamás la hubo imaginado... Son aquellos hombres que saben que Jesús le puede devolver la salud al amigo pero que ellos tienen que ingeniárselas y hacer peripecias y malabares para que el Maestro tenga frente a sí aquel paralítico que saldrá de allí por su propio pie. Son aquellas hermanas y aquellos parientes de Lázaro que tienen que aprender que no pueden quedarse con los brazos cruzados y ser solamente espectadores sí es que quieren que Jesús le devuelva la vida a aquel que experimenta ya el proceso de la descomposición...

9.- Muy queridos amigos:

Reconozcamos la parte personal que tendrá siempre el proceso de la salvación.

No es el estar en un lugar, o con una congregación o comunidad, lo que nos hace santos ni tampoco lo que puede convertirnos en endemoniados. Se trata de nuestro ejercicio personal.

Ahora entiendo el cómo puede ser posible que también coincidan en el tiempo y en el espacio, devastadores destructores dignos de la amnesia colectiva junto a seráficas criaturas como lo fue San Francisco de Asís. Se trata del aprender a asumir nuestro rol como personas.

Ahora entiendo el por qué han concordado en nuestro tiempo otros devastadores que llegaron a proclamar nuevas guerras santas, guerras en el nombre de Dios, “tormentas en el desierto”y personas que han buscado vivir el más puro amor a Dios, como la Beata Madre Teresa de Calcuta, el inolvidable Juan Pablo II y otros muchos. Se trata de historias de personas que han asumido su compromiso con la vida y con la historia

10.- Se trata de la ley de la libertad, se trata de voluntades firmes iluminadas por la gracia de Dios, personas que han sido dóciles a los impulsos de la vida interior, pero que han puesto la parte que les correspondía en su propia historia de salvación.

La vida no sólo es algo que nos acontece. Podemos elegir, esa es nuestra grandeza o nuestra fragilidad. A cada instante elegimos qué dirección debemos tomar: hacia la luz o hacia las tinieblas, hacia la libertad o hacia la esclavitud, hacia la gracia o hacia el pecado.

Si el ser persona será siempre un proceso, ¡cuánto más lo será la vida cristiana! No somos más que cristianos en gestación, como lo recordaba Sören Kierkkegaard.

 

EL AMOR ES CAUSA NO EFECTO.

 “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aun tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él les irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder.

1.-     Estimados amigos:

Hablar sobre la Santísima Trinidad es hablar acerca de la única historia cristiana, así como hablar de la única posibilidad de que nuestra historia sea verdaderamente cristiana.

Y esta historia cristiana no es otra historia que la historia del amor auténtico, puesto que la historia cristiana es la historia de un Dios que ha querido ingresar en las coordenadas de nuestra historia y que con ello nos ha conseguido que los hombres traspasáramos nuestras propias coordenadas y que escribiéramos nuestra propia historia, allá en donde no existen las coordenadas y en donde el tiempo no tiene otro nombre sino el de la eternidad.

Es esta la historia del amor, y es por ello la historia del hombre y es la historia de Dios. Es la historia del hombre porque el amor es el distintivo fundamental de toda persona humana: sólo el hombre es capaz de amar. Pero es la historia de Dios, puesto que el amor tiene su orígen, su razón de ser y su total fundamento en el hecho de que el hombre mismo ha sido creado a imagen y semejanza de este Dios; de esta manera si bien en el hombre, como íkono de la Trinidad, se tiene ya un adelanto de lo incomprensible, en Cristo hemos contemplado y llegado a comprender la certeza de las certezas, que sobre Dios el hombre pudiera tener: Dios es ante todo y sobre todo aquel que nos ama.

2.-     Amor verdadero es el amor humano y amor eminente es el amor divino. Se trata de un amor que ennoblece a Aquel que lo da y que enriquece a aquel que lo recibe. Y es que el hombre cuando ama se parece más a Dios.

Y es esta la historia del Dios, Uno y Trino y la historia de los que creen, aman y esperan al Dios, Uno y Trino...

Ninguna prueba del amor divino hay tan patente como aquella prueba de la encarnación, la prueba por la que el Dios, creador de todas las cosas, se hiciera criatura; la prueba por la que el Señor de todos se hiciera nuestro hermano; la prueba por la que el Hijo de Dios se hiciera hijo de hombre y diera su vida porque el hombre pudiera hacerse hijo de Dios.

El filósofo alemán Ernest  Bloch, teórico marxista conocido como el filósofo de las utopías concretas,  en la página 1482 de la mejor de sus obras: “Das Prinzip Hoffnung”,  afirmaba:

“Se reza a un niño nacido en un establo. No cabe una mirada a las alturas hecho desde más cerca, desde más abajo, desde más en casa. Por eso es verdadero el pesebre: un origen tan humilde para un Fundador no se lo inventa uno. Las sagas no pintan cuadros de miseria y, menos aún, los mantienen durante toda una vida. El pesebre, el hijo de carpintero que se mueve entre gente baja y el patíbulo final..., todo eso está hecho con material histórico, no con el material dorado tan querido por la leyenda”.

3.-     Se trata de este material histórico del amor. Un amor que es tendencia del hombre hacia el bien, y es que sólo el bien es causa auténtica del amor. Si alguna vez alguien ama el mal es porque lo percibe como un bien lamentable  engañosamente aparente. De esta manera cuando deja de ser un bien aquello que se ama, el amor se corrompe y no da frutos.

Y no obstante, el amor sale de la cuna y se proyecta hasta la tumba, y más allá de la tumba.

4.-     Sabemos que el cristianismo no es, en modo alguno, el monopolio del amor, ni es un amor distntito, nuevo o meramente espiritual: El cristianismo es simplemente el Amor. ¿Su novedad? La esperanza secreta que este amor lleva en sus entrañas, por el hecho de que el amor no es una flor que muere con el tiempo, sino que este amor sobrevivirá para siempre por ser más fuerte que la misma muerte. Pero no es un amor distinto, es simplemente el Amor.

En Cristo hemos comprendido que el amor, en su sentido estricto, es la entrega personal y desinteresada a favor de otra persona, y con ello hemos comprendido que el Amor se manifiesta a través de las obras. En Cristo hemos conocido que lo característico del amor es el ir transformando al amante en el amado.

Jesucristo es el profeta del amor. Para conocer qué es el amor verdadero, cuáles son sus características y cuáles son sus cualidades, es necesario ver a Jesús, su vida y su conducta. Jamás las palabras dirán tanto sobre el amor como aquello que nos enseñan los hechos, sobre todo cuando los hechos abarcan toda la vida y han rebasado la frontera de la muerte: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

En Cristo, acorde con el Apóstol san Pablo, hemos conocido las dimensiones de la anchura y de la longitud, de la altura y de la profundidad del amor más puro que existe.

5.-     Y no obstante hoy nos encontramos con la evidencia del egoísmo.

La evidencia experimental de los efectos dañinos de una vida sin amor se encuentran en los cada vez más llenos consultorios de los psiquiatras, en la depresión y en la neurosis, en la violencia, en la desintegración social, en tantos inadaptados, en el hambre de notoriedad, en la mendicidad de afecto, en nuestra volcadura hacia las cosas, en la absolutización de lo pasajero, en la fragmentación de la familia y en la perdida de respeto por nuestras personas. La ausencia del amor nos hace perder el sentido del propio valor, el vacío de sentido en nuestra identidad, el conservar el odio y el temor, así como la tortura ante las ansiedades.

Y es que constantemente encontramos en nuestra vida las ocasiones de manifestar nuestro amor a Dios y al prójimo. Y para ello no debemos esperar ocasiones excepcionales para así amar. Hemos de aprender a amar en lo corriente, en lo cotidiano, en lo ordinario, en la vida diaria y aun en aquello mal llamado “rutinario”, y esto, a través del espíritu de servicio, con el trabajo bien hecho, con la servicialidad y con la presencia, con una conversación amable, sin herir nunca, con la serenidad en los momentos de dificultad y de cansancio...

Este amor en la vida se encargará de transformar la misma vida. Y es que el amor no es algo que se genera sino algo que está generando,... constantemente.

6.-     Fíjate como, hoy en día, la gente habla acerca del amor como si fuese algo que uno puede dar, como si fuera una especie de  ramo de flores, un perfume, un pastel, una caja de chocolates o algún otro obsequio. Y así muchos piensan que dan el amor, y no es así: simplemente nos lo endilgan como si fuera una carga inútil y,... perfumada. En lo personal no creo que el amor sea algo que podamos dar, sino algo que suscita el darse.

El amor es más bien una fuerza interior que nos permite dar otras cosas y más que cosas darnos a nosotros mismos. El amor es un poder motivador. El amor nos faculta para ofrecer fortaleza y vigor, libertad y paz a otra persona, ternura y amabilidad, comprensión y servicialidad. El amor no es un efecto, sino una causa. El amor no es un producto sino un productor. El amor es una fuerza semejante, comparable y superior a cualquier energético de este mundo. El amor auténtico no tendrá ningún valor si nosotros no podemos dar algo más por medio de él.

7.-     En Jesucristo hemos comprendido que el amor jamás se pierde, así como una palabra, un pensamiento o un gesto de amabilidad nunca se pierde. El amor cuando se ofrece va pasando de una persona a otra hasta que, por fin regresará a uno ineludiblemente, y lo hará quizá con otro disfraz pero le reconoceremos inequívocamente que es él,... el Amor quien ha regresado a aquellos de quienes salió un día. De la misma manera, debemos darnos cuenta que todo en nuestra vida tiene efectos y afecta al otro, igual que una piedra produce ondas concéntricas al caer en las aguas tranquilas. Todo aquel que piense que su vida no toca al otro es alguien que podría pensar que su cuerpo no tiene sombra o que su corporeidad se mueve en el espectro de lo ingravitacional.

El amor es la causa humana por excelencia pero tendrá siempre necesidad de sus efectos. Santo Tomás de Aquino ha señalado cinco efectos del amor en nuestra vida: primero, el amor produce la unión de quienes se aman; segundo, el amor conduce a la identificación de voluntades; tercero, el amor lleva a la admiración gozosa hacia la persona que se ama; cuarto el amor produce el celo, que busca desinteresadamente el bien de quien se ama, hasta llegar a los mayores sacrificios; y quinto el amor prepara para el sufrimiento compartido, por el que se hacen propias las penas y los dolores de la persona a la que se ama.

8.-     El amor es la explicación de todo. Un amor que se abre al otro en su individualidad irrepetible y que le dice la palabra decisiva: “Quiero que tú seas quien eres”. Si no se comienza por esta aceptación del otro, como quiera que se presente, reconociendo en él una imagen real, aunque empañada, de Cristo, no se puede decir que se ama verdaderamente.

Y así en todos los ámbitos, así en la relación filial como en la fraternal, así en la relación esponsal como en la paternal, así en la amistad como en la caridad. En una familia no es el amor pasional y sensible, sino la caridad, que es el amor que viene de Dios, la que afianza las buenas obras entre los casados, entre los padres, los hijos y los hermanos.

Por experiencia todos nosotros sabemos que, cuando soportamos pruebas difíciles por alquien a quien queremos, no se derrumba el amor, sino que crece. Y así ha sido la vida de los santos, que han soportado por amor a Dios las contrariedades, y se afianzan en su amor con ello; es como un artista, que se encariña más con aquella obra que más sudores le ha costado.

9.-     Nuestra felicidad sólo brotará de esa capacidad de armonizar lo que tenemos, lo que se valora y aquello que se ama. El amor produce en el hombre la perfecta alegría y conduce a la felicidad. Pero, no puede ser feliz quien no tiene lo que ama, sea lo que fuere; ni el que tiene lo que ama si es pernicioso; ni el que no ama lo que tiene, aun cuando sea lo mejor.

Y así se vive la vida, y solamente así la vida resulta vivible: Ser amado sin amar es reconocido como egoísmo, amar y ser amado es llamado amistad y amar aun sin ser amado eso es la caridad. El egoísmo: es todo para sí; la amistad: es algo para sí; la caridad: es todo para los demás.

Siempre será más fácil amar a la humanidad en su conjunto que amar al prójimo, y sobre todo cuando ese prójimo vive en nuestra casa y tiene el terrible defecto de ser alguien demasiado conocido. Decía Freidor Michailovich Dostoievsky en su obra: “La pobre gente”: “Me resulta fácil amar a la humanidad, así, en general y en abstracto, cuando la imagino doliente y heróica; lo que me resulta tremendamente difícil es llegar a amar y comprender a cada personaje distinto a mi forma de pensar y sentir durante un largo tiempo”.

Egoísmo, amistad y caridad, se trata de tres ritmos del corazón diferentes: el egoísmo le empequeñece, la amistad lo vivifica y la caridad le diviniza.

En el Hijo de Dios a quien el Padre ha enviado por obra y gracia del Espíritu Santo hemos comprendido que  el amor auténtico se escribe amar, pero se pronuncia sacrificarse.

¡Oye!, y si el Amor, aun el amor humano, da tantos consuelos aquí en el suelo, ¿Qué será el Amor perfecto en el cielo?

 

LA PLUSVALÍA DE LA VIDA CRISTIANA.

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aun tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él les irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder.

1.-     Estimados amigos:

Este domingo en que glorificamos al Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, he querido recurrir a la segunda lectura de nuestra liturgia dominical en orden a que recordemos que todos nosotros bautizados al renacer del agua y del Espíritu Santo hemos sido constituídos en hijos del Padre eterno, se nos ha obsequiado el ser hermanos de Jesucristo, Hijo eterno del Padre y se nos ha transformado por la benevolencia de Dios en Templos del Espíritu Santo. Junto con lo mencionado, este texto quisiera que nos ofreciera esa luz que sólo viene de Dios para que ilumine un tema que es por demás doloroso: el tema del suicidio.

Hoy, peor que nunca nos hemos dado cuenta de que esta enfermedad afecta a todo tipo de personas: ancianos, adultos, jóvenes y niños; hombres y mujeres; solventes y desposeídos; gente culta y personas sencillas; ciudadanos de la metropolí y habitantes de nuestros campos; empresarios y obreros; solteros y casados... 

¿Cómo puede ser posible que alguien llegue a perder la propia valoración de su vida? ¿Cómo se puede lleguar a tal grado de autodevaluación como  para que se debilite y llegue a desaparecer el más natural y sagrado de los instintos y de los mecanismos: el de la sobrevivencia?

Recuperemos algunos datos para que nos ayuden a ailuminar este rincón tan oscuro en el desván de nuestra humanidad.

Juan Rof Carballo, en su artículo: LA TRISTEZA DE EUROPA, constata el enorme incremento del número de suicidios en el viejo continente, y precisamente en esos países calificados como "progresistas".Menciona Rof Carballo que de cada cinco habitantes de alemania uno está sometido a tratamiento psicoterapéutico. Uno de cada cuatro tiene transtornos del sueño y lo que resulta más doloroso, una cuarta parte de los niños son calificados como enfermos, perturbados y minusválidos. El menciona que una mitad de los enfermos que acuden a la seguridad social son reconocidos como psicosomáticos. Y todo esto en un país "progresista".

¿Qué acontece con nuestra sociedad? ¿Por qué menospreciamos la vida?

Muchos hemos querido llamarle presuntuosamente a nuestro tiempo la era dorada de la humanidad, y esto en base a los adelantos tecnológicos y cibernéticos, y con ello todo el cúmulo de aplicaciones en el campo de la medicina, del diseño, de la ingeniería, de la arquitectura, de la biología, de la física, de la vida doméstica, entre otras más.

Tendríamos que ser objetivos y clarificar nuestros criterios de discernimiento. ¿A qué le llamamos dorado? ¿A un hombre que expulsa a Dios de sus ambientes?

¿Puedes llamarle edad de oro a una era en que se graban en las mentes escenas como las de Hiroshima y Nagasaki? ¿Podrá llamársele edad dorada a un tiempo en el que los sólos nombres de Auschwitz, los Balcanes, Bagdag y Gaza traerán escenas de dolor a nuestro recuerdo? ¿Puedes llamarle época de Oro a este tiempo en el que el tráfico de narcóticos se ha convertido en un “negocio” tan próspero? ¿Puedes llamarle era de oro a este tiempo en que el hombre sigue queriendo ser dios y decidir quien vive y quien muere? ¿Podría esta ser nuestra Moderna Leyenda Dorada con tan alto índice de suicidios o con tanto espectro de soledad en el corazón del hombre? ¿Es la época de oro el tiempo de la muerte de los ideales, del vacío de sentido y de una búsqueda insaciable de nuevas sensaciones que nos regresan a la animalidad y que van contra la dignidad de la persona? ¿Es período dorado este tiempo de tanto permisivismo y de consumismo? Todavía no termino de asimilar el que hasta hace cinco años un joven enamorado pudiera invitar a su enamorada a ver una película o a cenar, y que ahora el joven presuntamente enamorado hace extensiva una invitación a un bar o a un antro a quien dice amar entrañablemente. ¿Son esas nuestras aspiraciones?

¿Vivimos hoy el tiempo de progreso o del regreso, hemos evolucionado o sufrimos una involución, vivimos realmente a la vanguardia o hemos sido enviados a la retaguardia de la historia?

Vivimos un tiempo en el que las personas tenemos nuestro bolsillo lleno pero traemos el corazón vacío.

Narraba Víctor Hugo con alegría y emoción: “Me encontré en la calle a un joven muy pobre, pero un joven que estaba enamorado e ilusionado. Llevaba un sombrero viejo y una chaqueta raída; el agua entraba por sus agujerados zapatos, y las estrellas, la estrellas entraban por su alma”.

Muy queridos amigos: Hoy por desgracia estos jóvenes van desapareciendo de nuestro horizonte, y esto es culpa de todos: hoy nos encontramos con jovenes elegantemente vestidos pero que traen raída el alma, sus zapatos están lustrosos pero su corazón está agujerado, traen camisas de marca pero en su interior se encuentra el vacío.  

Quien puede ignorar la reflexión del joven Jorge Luis Borges, ante el lamentable escape de la vida perpetrado por un amigo. Borges acusaba a este mundo en el que vivimos de no enseñar a amar a las personas:

 “No te culpo, naciste en este mundo tan bello, pero nadie te enseñó a oler las flores. Naciste en este mundo tan maravilloso pero nadie te pidió que te detuvieras un momento a contemplar el cielo. Naciste en este mundo increíble, pero nadie te dijo un día que te amaba.”

Es lamentable, pero hoy vivimos y padecemos en la soledad. La soledad provocada por la indiferencia es un fenómeno de nuestras ciudades. Es una forma ampliamente extendida, que se debe al estilo de vida impuesto por el mundo moderno. Al crearse la indiferencia se crea el abandono.

Las apariencias nos muestran supuestas "cercanías": la ciudad, el teléfono, los automotores, el  metro, las vías aéreas, la internet. Pero en realidad es el reinado de la "célula" y del "encarcelamiento". Es posible cruzarse con un vecino sin identificarlo y sin identificarse. Se puede morir el hombre, sin que nadie se entere, sin que nadie se preocupe por él.

Los hombres pasan, desfilan y se van. En la ciudad suenan las campanas de la soledad. El indiferente encuentra a su alrededor sólo indiferencia.

Se padece la soledad que nace de la incomprensión por parte de los que estan cerca de nosotros: parientes, amigos, compañeros de  trabajo. Soledad tanto más penosa cuanto que proviene de aquellos con los que, normalmente, deberíamos contar más en nuestra vida.

Esta soledad se encuentra en las Familias, dónde los esposos viven codo con codo, en donde cohabitan padres e hijos, arrimados el uno al  otro. La familia se encuentra sin hablarse, o se habla sin encontrarse de verdad, ya que se sienten incomprendidos. Es el drama actual entre padres e hijos; unos padres impotentes y sin recursos, a pesar de su inmensa buena voluntad; unos hijos que abandonan el hogar dando un golpe a la puerta, para juntarse con grupos inadaptados o escapando por la puerta falsa.

También hay soledad por el abandono, el desamparo y el rechazo: es la soledad más vaga, la más visceral y la más profunda. Es la experiencia de la total devaluación y desintegración del ser. "Para aquellos que te abadonaron tú no has valido un centavo". Es el estado de algunas personas de edad avanzada, pero también de los niños. Es el estado de los enfermos crónicos, de enfermos terminales, de muchos discapacitados. El hombre se experimenta en "el desván de la vida": en donde van a parar los objetos inservibles. Experimentan la muerte social.

También hay soledad provocada por el aslamiento, del hombre que piensa poder vivir sólo. Aparece en personas que han conocido pronto el fracaso en su vida, pero sin aceptarlo ni superarlo. Se han llenado de amargura, de resquemor, de agresividad contra todo y contra todos. Una vida que podría dar todavía fruto se hace estéril. El aislamiento puede coincidir con la vida en medio de la masa. El aislamiento es un estado de ruptura consigo mismo y con los demás. No es raro que conduzca también al suicidio.

Aquí está el número tremendo de divorcios, de dramas conyugales y familiares, que nos revela una forma trágica de esta soledad. Por diversos motivos dos personas que no podían vivir la una sin la otra empiezan a huir uno del otro, a odiarse  y a agredirse mutuamente. Esta ruptura engendra al mismo tiempo una espiral de rupturas y de aislamientos: entre los hijos y los padres, entre los hijos en guerra contra una sociedad que los ha reducido a no pertenecer a nadie. Éste fenómeno de "soledades en cadena" es una de las tristes características de nuestra época.

Y querámoslo o no, este es el medio ambiente en el que aparece como una sombra danzando en los tejados de nuestras casas la lúgubre muerte con el peor de los antifaces: el del suicidio.

Junto con elevar a Dios una oración por cada una de sus familias les quiero recordar que: "El suicidio no es un acto aislado, sino el final de un proceso". Es decir, en la vida del propenso se van sucediendo una serie de actitudes y de avisos que van dirigiéndose hacia la puerta falsa. Te puede parecer extraño pero el suicida avisa. Y la familia debe estar atenta no tan sólo a observar sino a interpretar los signos manifiestos.

También quiero invitar a los familiares de alguien que haya interrumpido su vida que no dejen de rezar por él o por ella. Es posible que ésto nos cause mayor violencia a algunos de nosotros que hemos memorizado la doctrina antigua en la que al suicida se le condenaba eternamente.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice en el número 2282: "Transtornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida."

Y continua el número 2283: "No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él sólo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida."

Te invito a que seas preventivo y a que les concedas a tus hijos un chaleco salvavidas para los momentos de naufragio: este chaleco salvavidas se confecciona de fe y esperanza cristiana.

Y para aquellos que han padecido el dolor de la autopérdida irreparable de un ser querido nunca olviden que por muy grande que sea la miseria del hombre la misericordia de Dios será siempre mayor.

 

EL CIELO SON Y SERAN LOS OTROS.

 “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: El Espíritu Santo me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”.

1.-“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas...”

Y el Espíritu de Dios también habla por nosotros, por tí y por mí. Se trata de esa palabra oportuna que nos ha inspirado en el momento adecuado. ¿Quién de nosotros no ha recibido el regalo de la asistencia del Santo Espíritu en el momento en que más lo hemos necesitado?

Hoy tenemos que hablar del Dios que habla a los hombres y de esa relación estrecha que existe entre la fe en Dios y el dogma de la Santísima Trinidad.

La fe en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es el fundamento de la existencia cristiana. La fe y la vida crstianas son una fe y una vida trinitarias. Toda la estructura del cristianismo esta determinada por la expresión: en el Espíritu Santo, por Cristo al Padre.

De hecho, un cristiano es un hombre... que invoca al Dios Trino y que confiesa que Jesucristo es el Salvador y Señor. Si faltara uno de estos dos elementos: fe en la Trinidad o la ausencia de confesión y reconocimiento de Jesucristo como Salvador y Señor, la persona no es auténticamente cristiana.

2.-     Te invito, para que a la luz del Espíritu Santo, continuemos profundizando sobre la acción de Dios Espíritu Santo y sobre su lugar importante en el perfil de nuestra vida cristiana.

 “Sin el Espíritu Santo Dios está lejos, Cristo permanece en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización, la autoridad es una dominación, la misión es una propaganda, el culto es una evocación y el obrar del cristiano es una moral de los esclavos” ha mencionado Ignacio de Latakia.

¿Necesitamos del Espíritu Santo? ¡Por supuesto!Pero, ¿para qué?Para llegar a ser plenamente humanos.

3.-     Todos nosotros hemos conocido esa mirada dirigida por Jean Paul Sartre hacia el hombre en su obra “A PUERTA CERRADA”, y en la cual es severo en su constatación: “El Infierno son los otros”. Sería bueno que comprendiéramos que esa especie de “infierno” está no en los otros, sino en mucho de lo que hacemos nosotros mismos.

Más allá de nuestra afirmación de la existencia del infierno y de su eternidad, el que digamos que los otros son un “infierno” equivale a decir que ese “infierno” somos nosotros mismos. Más allá, del sentirnos llamados a la responsabilidad en nuestros actos pensando en el destino eterno que escriben nuestras propias acciones, podríamos aplicarle a muchas de nuestras situaciones esta afirmación en un sentido analógico. Nuestros “infiernos” en realidad están en la mentira de nuestras relaciones interpersonales, en los odios, en la soberbia y en los resentimientos. El hombre no ha aprendido a comprometerse. Su soledad manifiesta el estado de conflicto interior.

Es por ello que la presencia de los otros le hace recordar constantemente la propia insuficiencia. El hombre vive con los otros pero sigue estando solo. Para huir de la angustia se refugia en la inautenticidad. El hombre se convierte en un actor, un cómico que representa papeles, que dice lo que se le ha dicho al oído y que asume actitudes hipócritas. El hombre deja de ser transparencia y vive, entonces, en la mentira.

4.-     Esta mirada sobre el otro engendra actitudes negativas: despreciativas, utilitarias, posesivas, egoistas. El otro es concebido en términos de objeto, de tener. Entonces se le niega al otro su carácter de persona y la vida se vuelve insufrible.

La respuesta que el mundo ofrece a esta situación agobiante, gira en torno a dos propuestas. La primera: negar al otro, rebajando al otro para exaltarse a sí mismo, para atribuirse un valor que no se posee, oscurecido por aquel que lo posee.

La segunda: convertir al otro en un objeto útil, en un valor comercial: materia de compra-venta, de intercambio. El otro se convierte en un esclavo: en un instrumento animado.

5.-     Para poder revertir esta situación, debiéramos asimilar esas cuatro cualidades, que Dios le ha dado al otro y a nosotros al habernos creado a su imagen y semejanza, y que nos manifiestan como personas humanas: la inviolabilidad, la dignidad y el valor, la interioridad y la libertad.

Hablando de la inviolabilidad, es necesario que comprendamos que existen en toda persona algunos terrenos o dimensiones de nuestra vida en los que los otros no pueden penetrar sin el permiso expreso, se trata de un espacio interior que nos pertenece, inviolable. Por eso mismo, toda forma de imposición, de degradación, de tortura para violar las conciencias, debiera provocarnos la indignación.

Aquí sobreviene la segunda cualidad. Somos conscientes de que es inviolable aquello que se reconoce como un valor. La dignidad y el valor son parte de nuestro ser personas. La mayor desgracia de alguien radicaría entonces en nuestro creernos miserables, en la incapacidad de ponderar adecuadamente los dones de Dios en nuestra vida.

La toma de conciencia de la dignidad de las personas, o sea, de su valor insustituible, imposeíble, se manifiesta a veces en gestos muy sencillos, que debiéramos respetar.

El otro como persona merece nuestro respeto. La dignidad de la persona se basa en el valor que ella es y que se impone a todos, por ser participante de un valor absoluto que le da fundamento, es decir, Dios de quien procede el hombre a su imagen y semejanza.

Y, sin embargo, esta nuestra vida la hemos convertido las más de las veces en una actuación y queremos que el otro actúe, ya que a nuestras funciones solamente les damos acceso a todos aquellos y simplemente aquellos que han cubierto el pago del boleto de admisión: así por la alabanza y o por la adulación, o en la obtención del placer y de la satisfacción. Nos reservamos el Derecho de Admisión: negamos el acceso a los que suelen ser una carga o una aparente molestia, a aquellos que vienen a alterarnos nuestros planes y proyectos. Negamos su valor como personas.

Es aquí en donde aparece la tercera cualidad: la interioridad. La persona se distingue de las cosas u objetos, gracias a la interioridad que convierte en profanación cualquier intento por someterla bajo una presión exterior.

Se trata del hombre mismo en cuanto que su historia es una conquista y se debe construir. Los animales tienen una interioridad ya totalmente terminada y constituida. El hombre, como lo decía Friedrich Nietzche, es alguien interminado e indeterminado. En la medida de que el hombre se libere de sus nocivos determinismos, mediante un don de sí mismo, en el amor, que es apertura al otro, cada vez más amplia, más acogedora, vivirá realmente como persona.

Y, entonces, se acerca el cuarto y último elemento de nuestro ser persona: la Libertad. El paso de fuera hacia dentro no puede ser un atraco, sino un encuentro. La libertad en el hombre es una experiencia original e inalienable. Matar la libertad es matar al ser humano.

Sin embargo, en toda persona, la libertad es una conquista. En este aspecto es conveniente que no se confunda la libertad con la anarquía ni con el libertinaje. Hace falta que nos liberemos de las esclavitudes que vienen de fuera, como de aquellas que vienen de dentro: nuestras pasiones y apegos.

Será junto con la asimilación de estas cuatro cualidades de nuestro ser personas, que podremos valorar adecuadamente la auténtica propuesta cristiana.

6.-     Te quería comentar que en el traslado que le permitía al hombre cruzar el umbral del tiempo para así ingresar al tercer milenio, un  grupo de cristianos (laicos, presbíteros, obispos, patriarcas, miembros de vida consagrada...) de diferentes denominaciones (católicos, evangélicos, luteranos, ortodoxos, reformados..) se preguntaron sobre “lo más importante” al inicio del tercer milenio del cristianismo.

El libro se llama precisamente: Lo más importante y posee cincuenta y cuatro respuestas que se emitieron y al ordenarlas los participantes de aquel ejercicio acordaron ubicar en el primer lugar de los números ordinales la aportación de Bartolomeo I, Patriarca ecuménico de Constantinopla: Lo más importante es la persona humana, sin olvidar que la persona más importante es la persona de Cristo.

Lo esencial es la persona. Se trata de la persona en sí misma, no es más importante el hombre que la mujer, el ministro ordenado que el laico, ni el presbítero que la religiosa, ni viceversa; no es más importante el mandatario que los que le mandan, la terapeuta que su paciente ni la escritora que su lector,..., ni viceversa.

El nombre de la persona es lo importante sin ningún otro apellido paterno que el “ser humana”,... aunque algunos llevamos un bello apellido digamos materno: el “ser cristiana”, y esto no podemos sacarlo de nuestras venas y nos hace comprender que no existe más que un Camino, una Verdad y una Vida auténtica.

7.-     La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a recordar al Dios cercano. La novedad de la vida cristiana radica en que Dios se ha convertido en el otro y ha querido que nuestra relación vertical se convirtiera en relación horizontal.

Esta es la visión cristiana que transforma todas las otras visiones. La visión antigua, en la que se veía al cuerpo como la cárcel del alma, se transforma en nuestra visión en la que el cristiano tiene que resaltar que, lejos de ser cárcel el cuerpo, éste se ha convertido en Templo, se ha convertido en Santuario del Dios Uno y Trino. Para el cristiano, los otros no son el “infierno”, sino que los otros son “Cristo”.

El otro es Hijo de Dios y se ha convertido en la presencia del Señor. El hermano ha dejado de ser el “infierno” y se convierte en reflejo de Dios y en el pasaporte único e ineludible de ingreso al Reino de los Cielos, si es que no queremos vivir el Infierno de la eternidad.

8.-     Jacques Loew, primero ateo, y después convertido, religioso dominico que vivió de forma revolucionaria la renovación del Concilio, sacerdote obrero entre los descargadores del puerto de Marsella y místico, es uno de los cincuenta y cuatro que dieron su opinión y respondió: “Para mí lo más importante es que no he dejado de buscar a Dios, y tengo 87 años. Aunque casi no puedo leer ni escribir, en mi interior sigo trabajando, porque no dejo de reflexionar. Indudablemente estoy menos inseguro y soy menos arrogante. Al final de la vida se busca lo esencial, y lo esencial es Dios”.

¿Por qué carajos tendremos que esperar a ser viejos para llegar a la constación del Evangelio del Señor?

 

EL CIELO SON Y SERAN LOS OTROS (TV-EDIT).

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: El Espíritu Santo me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”.

Todos nosotros hemos conocido esa mirada dirigida por Jean Paul Sartre hacia el hombre en su obra “A PUERTA CERRADA”, y en la cual es severo en su constatación: “El Infierno son los otros”. Sería bueno que comprendiéramos que esa especie de “infierno” está no en los otros, sino en mucho de lo que hacemos nosotros mismos.

Más allá de nuestra afirmación de la existencia del infierno y de su eternidad, el que digamos que los otros son un “infierno” equivale a decir que ese “infierno” somos nosotros mismos. Más allá, del sentirnos llamados a la responsabilidad en nuestros actos pensando en el destino eterno que escriben nuestras propias acciones, podríamos aplicarle a muchas de nuestras situaciones esta afirmación en un sentido analógico. Nuestros “infiernos” en realidad están en la mentira de nuestras relaciones interpersonales, en los odios, en la soberbia y en los resentimientos. El hombre no ha aprendido a comprometerse. Su soledad manifiesta el estado de conflicto interior.

Es por ello que la presencia de los otros le hace recordar constantemente la propia insuficiencia. El hombre vive con los otros pero sigue estando solo. Para huir de la angustia se refugia en la inautenticidad. El hombre se convierte en un actor, un cómico que representa papeles, que dice lo que se le ha dicho al oído y que asume actitudes hipócritas. El hombre deja de ser transparencia y vive, entonces, en la mentira.

Esta mirada sobre el otro engendra actitudes negativas: despreciativas, utilitarias, posesivas. El otro es concebido en términos de objeto, de tener. Entonces se le niega al otro su carácter de persona y la vida se vuelve insufrible.

La respuesta que el mundo ofrece a esta situación agobiante, gira en torno a dos propuestas. La primera: negar al otro, rebajar al otro para exaltarse a sí mismo, para atribuirse un valor que no se posee, oscurecido por aquel que lo posee.

La segunda: convertir al otro en un objeto útil, un valor comercial: materia de compra-venta, de intercambio. El otro se convierte en un esclavo: en un instrumento animado.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a recordar al Dios cercano. La novedad de la vida cristiana radica en que Dios se ha convertido en el otro y ha querido que nuestra relación vertical se convirtiera en relación horizontal.

Esta es la visión cristiana que transforma todas las otras visiones. La visión antigua, en la que se veía al cuerpo como la cárcel del alma, se transforma en nuestra visión en la que el cristiano tiene que resaltar que, lejos de ser cárcel el cuerpo, éste se ha convertido en Templo, se ha convertido en Santuario del Dios Uno y Trino. Para el cristiano, los otros no son el “infierno”, sino que los otros son “Cristo”.

El otro es Hijo de Dios y se ha convertido en la presencia del Señor. El hermano ha dejado de ser el “infierno” y se convierte en reflejo de Dios y en el pasaporte único e ineludible de ingreso al Reino de los Cielos, si es que no queremos vivir el Infierno de la eternidad.


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