Domingo 31 de Octubre de 2010_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

ES DIFERENTE EL RECIBIR A JESÚS Y EL CONVERTIRSE

“En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús; pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.

El bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Zaqueo poniéndose de pie, dijo a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

 

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1.-Muy queridos amigos:

Quisiera iniciar esta reflexión con una sola pregunta: ¿Todos aquellos que hemos recibido a Jesús nos habremos convertido auténticamente? ¡Bueno!, déjame desglosar y justificar la pregunta: Todos aquellos que presumimos a los cuatro vientos que hemos recibido a Jesús en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestra historia, ¿lo habremos recibido efectivamente en nuestro corazón? ¡No nos engañemos! Las afirmaciones inmediantas son gratuitas, fáciles y no pocas veces engañosas. Dejemos que el Evangelio del día de hoy sea el que nos escrute.

2.-         Jesús le ha hablado a Zaqueo y éste acoge a Jesús en su casa antes de hacer peni­tencia, antes de convertirse. Del interés de Jesús por los «intereses» acumulados por Zaqueo contra los conciudadanos, nacerá el auténtico cambio de vida personal y profesional: devolverá los «intereses», más aún, el capital... y se restablecerá así la fraternidad perdida.

El gesto amable de Jesús se encargará de vencer la tensión avinagrada de Zaqueo para con aquellos que le rodean, o mejor dicho que se han dispersado de su entorno. El gesto de aproximación y apertura sin límites de Jesús -aún contra el parecer y con los insultos de los vecinos- descongela la frialdad de Zaqueo que recupera el calor perdido, la dignidad menospreciada.

3.-         Nadie, absolutamente nadie, está excluido del Reino de Dios. Pero la conversión auténtica tiene que pasar por la justicia, por el desprendimiento, por el bolsillo, por la solidaridad, por las cuentas bancarias, por los negocios y por las rique­zas. La salvación tiene que pasar por la verdad, no la de las palabras, sino la de los hechos.

Jesús hoy también quiere encontrarse con los más cercanos y con los de casa, con el “Zaqueo” que somos cada uno de los cristianos. La justicia, el hambre, la crisis, la miseria, hecha clamor o silencio de muchos, ha llegado a Jesús. Este interpela: «Zaqueo», ¿qué haces, qué dices? Zaqueo ha bajado, por una vez, de la higuera de los «peros» y miedos, ha bajado de la higuera -«¿a toda prisa?»- cuando ha oído la voz del Maestro y de los pobres. Delante de todos, delante de los discípulos, Zaqueo ha confesado que: «Promoverá la conciencia y los valores del ser, más que del tener; favorecerá las actitudes del compartir con los pobres y del servir a los más marginados», aún de aquellos que vivían en su propia casa y que ahora le son extraños.

Este es el compromiso final y sintético de Zaqueo. Han sido bien recibidas las pala­bras llenas de buenos propósitos, palabras llanas y actuales.

Jesús ha mirado al “Zaqueo” que somos cada uno de los cristianos con ojos enternecidos, sin­ceros y nobles, y agradeciéndole las palabras le ha sacado a relucir la falta de respuesta, suya y concreta, como la del Zaqueo ver­dadero del evangelio. Esto hubiera querido oír Jesús: «Mira, Se­ñor, la mitad de mis bienes la doy a los pobres». ¿Dónde está tu respuesta concreta, como la de Zaqueo, la que afecta a tus rique­zas, a tus bienes, a tus relaciones, tu conversión comprometida, Zaqueo?

4.- Jesús de camino hacia Jericó... detecta muchos signos del drama de la pobreza. Peticiones multiplicadas de ayuda, y en cambio, poquísimas multiplicaciones de panes y peces por parte de sus seguidores que sin embargo expulsamos demonios de ultratumba y no los demonios de la injusticia, habiéndolo él claramente man­dado. Expedientes --eso sí- a granel. Subsidios, «ayuditas», teletones, juguetones...Y no obstante se da el aumento del número de Pobres vagabundos, mendigos, inmigrantes, enfer­mos, ancianos o disminuidos que, gozando, gracias a la medicina, de una prolongación de la existencia, no reciben, al mismo tiempo, nada con que asegurar su mínimo vital. La medicina hace milagros; pero la falta de amor lo echa todo a perder. Por lo que acabo de decir me doy cuenta de que los milagros hoy son técnicos y laicos... y Jesús, entris­tecido, continúa camino de Jericó... ¡qué fracaso, Dios mío!

Pobres de pobreza real, insoportable y degradante. «Vivir al día» --consejo del Señor, claro- que no hay día para vivir, porque la crisis, el miedo, la injusticia, se lo traga todo, vivir al día en es­tado precario, es hacerte vulnerable, sin poder adquisitivo, sin dis­poner de unos ahorrillos, salud, relaciones... Relaciones tan nece­sarias... Relaciones con el Padre, confiadas, filiales. Pero aquí lo que faltan son «buenos padrinos» y ami­gos. Relaciones fraternales, sí, relaciones fraternales... Esta es la llave del Reino. Para esto Él ha venido al mundo... y a nuestro Jericó.

5.-     Al que vive al día, la más pequeña contrariedad -desempleo, enfer­medad, problemas familiares, retrasos o bloqueos administrativos. Círculo de dependencia, de inseguridad -que antes que ciudadana es personal- de aislamiento, de falta de autonomía... ¡Pobres converti­dos y reconvertidos...! Los santos hoy son laicos... Jesús pensativo, continuaba camino de Jericó... ¿Llevaremos los zapatos cambiados de pie?

Familias en la calle, buscando alojamiento. ¡Qué recuerdo de su nacimiento! Un alojamiento decente y estable condiciona la recons­trucción de solidaridades familiares y de vecindad. La casa es un punto de firmeza necesario. A partir de él, los individuos y las familias pueden hallar y conservar más fácilmente el dominio de las diferentes dimensiones de su vida: trabajo, salud, cultura, educa­ción de los hijos...

La casa es un bien tan esencial como el pan. Al mismo nivel. «Zaqueo, ¿qué haces en lo alto de la higuera? ¿no tienes casa?». «Varias, Señor». «¿No te dicen nada los desalojos por rentas no saldadas; la imposibilidad de encontrar casa, vivienda, un lugar para vivir, para los pobres; la tendencia a rechazar a las familias con problemas; el altísimo costo de la renta, los despi­dos, la gente en la calle...? Tú, Zaqueo, propietario de casas de renta, ¿qué criterios sociales aplicas para alquilarlos? ¿Exiges ga­rantías? ¿A quién se las alquilas? ¿A quién condenas a morir en la intemperie?».  «Zaqueo, baja deprisa, que he de ir a tu casa y pernoctar en tu casa». «Mira, Señor, en adelante sólo pediré la mitad del al­quiler, más aún, si hay tanta necesidad, ofreceré gratuitamente la casa».

6.- De camino a Jericó o hacia cualquier ciudad... Jesús dijo a Za­queo: «Conviene que me quede hoy en tu casa>>. Quiero estar un rato y explayarme en tu compañía. El, Zaqueo, bajito, rechoncho, negociante y enfrascado en el trabajo que le ale­jaba de la gente, tal vez engreído, pero con ganas de verle... sin querer reconocerlo. -Vengo a hacerte una visita. Las calles y plazas ya no me gustan para encontrarme con las personas.

Paso, transito por ellas... por necesidad, pero no me convencen los espectáculos ni los montajes inútiles, escandalosos, idolátricos... Quiero estar contigo, Zaqueo. No entre la multitud. He descubierto que no es lo mismo hacer viajes y organizar concentraciones, que ir de camino conver­sando: aquí escucho y allí hablo, a ratos «predico» y a ratos callo atentamente.

Las cosas demasiado grandiosas parecen montadas con la inten­ción de que la presión que se ejerce desde ese «podium» poderoso, impidan abrir la boca y levantar las alas.

7.-     -Creo saber, amigo, -seguía diciendo Jesús- una cosa o va­rias, si quieres: que los hombres son inteligentes y sociales. Pero son enormemente conservadores y por la inteligencia se vuelven prudentes. Se cierran a causa de las necesidades y se defien­den de los demás para que no les falte lo que creen que es ne­cesario. Por eso, la gran tarea, Zaqueo, consiste en empeñamos se­riamente en ser sociales, sociales de verdad, justos y solidarios, her­manos. Quiero recordártelo. Recordarlo bajito, al oído. Te lo re­cuerdan -¿ya no los oyes?- los gritos indignados, los silencios ai­rados, y los claros o tímidos menosprecios de tus conciudadanos, de los obreros de tu fábrica o de tu hotel, incluso de los familiares más allegados, de algunos hijos... me parece verlo. Todos te lo recuerdan. También yo.

Es cierto que este es el mundo de la distribución injusta de las riquezas y de los bie­nes de la civilización que llega al punto culminante en un tipo de organización social en la cual la distancia en las condiciones huma­nas entre ricos y pobres aumenta cada vez más. La potencia acapa­radora de estas divisiones hace del mundo en que vivimos un mun­do despedazado en sus mismos fundamentos. ¿Qué te parece, Zaqueo?

8.-     La conversión económica y social que me propones, Jesús, resulta dura y exigente. Pero siento que me miras y confías en mÍ. Que no me desprecias. Siento que comprendes muchas cosas. Que me llamas a la alegría de reencontrarme con mis conciudadanos sin miedo. Por cierto, quiero comentarte que ni los compañeros, ni los slogans, no han conseguido hacer desaparecer de la calle el temor ni la inse­guridad ciudadana. Limpiaré mi bolsillo, seré justo, repartiré con justicia oficios y beneficios, devolveré lo  robado... recobraré así la seguridad -entonces sí que será ciudadana de verdad y no sólo mía o nuestra- y el amor de todos.

Lo que piensas, Zaqueo, te llevará más lejos y más profunda­mente aún. - Lo sé, Jesús; me has «desarmado» cuando en vez de un ser­món de cuaresma, el sexo, la familia y el aborto, te has acercado a mí, has venido a mi casa, has creído en mí -y me conocías bien-, me has amado, no te has callado todo lo que pensabas y me lo has dicho de una forma clara y contundente, me has escudriñado las cuentas bancarias, los papeles de la empresa, los engaños y líos, es decir, me has examinado sobre la justicia, la misericordia y la fraternidad.

Dos elementos tú has percibido: “He bajado”, es decir me he movido de un lugar superior a otro inferior, tú lo has hecho al encarnarte y yo lo tengo que hacer porque significará para mí la encarnación de la fraternidad, y lo he hecho “de prisa”, porque he comprendido el sentido de urgencia, del “ahora mismo”. Más tarde no puede ser. “De prisa” también significa el sentido de la totalidad, de la generosidad, de la magnanimidad. “De prisa” también significa el sentido de la emoción, el empujón amoroso de un Padre al que confiarse y de unos hermanos que recupero o que me recuperan...

9.-         ¡Cuánto te agradezco! Ojalá que los cristianos comprendieran que no basta con recibirte sin que nos convirtamos y ojalá que más que palabras se puedan preguntar los nuevos Zaqueos: ¿Cómo puede ser que en los países católicos la injusticia pueda adquirir matices inhumanos?, más aún, los Zaqueos de la reforma protestante y de los nuevos movimientos pentecostales, ¿cómo puede ser que los países que se llaman protestantes cometan tantas injusticias con los países del resto del mundo? Parece ser, Señor, que los Zaqueos del siglo XXI te han recibido en su casa pero no se han convertido en su corazón.

 

LA SALVACIÓN LLEGA A LA CASA DEL PECADOR.

 “En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús; pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.

El bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Zaqueo poniéndose de pie, dijo a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

1.-         “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”, “Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”, “Jesús dijo a Zaqueo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”

2.-     Muy queridos amigos:

Nuevamente se nos refiere en el Evangelio un encuentro puntual que transforma la vida del hombre y que con la vida del hombre transforma cuatro paredes; y tan claras son las cosas, que de ser aquella la casa de un pecador se llegará a convertir en una casa a la que ha llegado la salvación,... y es que, se han dado cita y se han encontrado en el lugar oportuno y en el momento preciso un hombre que traía una pesada carga en el equipaje de la conciencia y el Dios que al encarnarse ha tomado sobre sus divinos hombros todo aquello que se ha ido transformando en un pesado lastre para la vida de aquel hombre, y de todo hombre.

Ellos, el Salvador y el pecador, el Médico y el enfermo se han encontrado en aquel camino que atraviesa la ciudad de Jericó, en aquellos lares se han encontrado cara a cara la misericordia divina y la miseria del hombre, en el polvo de aquellos senderos se han dado cita la bondad de Dios y la mezquindad del hombre, ha sido allí en el lugar de paso en donde se han encontrado frente a frente las posibilidades de Dios y las necesidades del hombre. Y será, de esta forma, como de aquellos caminos se desplazarán a la Casa, la casa de un pecador, la casa a la que llega la salvación... ¡Es tu casa Zaqueo, y hoy tengo que hospedarme allí!...

3.-     Se trata de un Dios que nos manifiesta que a Él no le afecta el pecado del hombre, o mejor dicho que el pecado del hombre le afecta sólo y en la medida en que este mismo pecado deteriora la vida del hombre y la relación con sus hermanos; y es que el pecado va provocando que las casas dejen de ser el lugar para el encuentro para así transformarse en los aposentos del egoísmo y en esos favorecidos clubes de la soledad, allí en donde se ha sofisticado la soberbia del hombre manifestándose en las soledades compartidas. ¡Qué contradicción! ¿No te parece?

Se trata de un Dios que se duele y que simultáneamente se entristece cuando contempla esa vida que le obsequió al hombre y que tenía un proyecto de realización en un horizonte prometedor e insospechado a através de la ayuda mutua, pero que ahora se ha reducido al pequeño horizonte del aislamiento, a causa de la injusticia, el sometimiento y la traición.

Se trata de un Dios que en el silencio de su presencia y en la fineza de sus atenciones le está gritando al hombre que el alejamiento que provocan sus propios pecados le daña al mismo hombre,... y que por ello es doloroso para un Dios que ama profundamente al hombre.

Allí, en el camino, se han encontrado Zaqueo y Jesús, la inquietud del hombre y la iniciativa de Dios; y allá en la casa se encontrarán la conversión y la salvación, la disposición del hombre y esa gracia de Dios que transforma a un hombre pecador en un hombre justo.

4.-         Zaqueo andaba buscando a Dios y, con ello,... ¡aunque no lo creas!, se hizo el encontradizo, ¡suficiente! A Zaqueo no le importa su propia indumentaria, sus títulos: Jefe de los recaudadores de impuestos, era el ARCHITELON, el Ministro de Hacienda en aquel puerto de recaudación tributaria para el Imperio Romano, un hombre solvente, con el dinero suficiente como para darles la mitad de sus bienes a los menesterosos y devolverles el cuádruplo a los defraudados, y ¡tener con qué seguir viviendo!

Zaqueo se quita el saco, de desanuda la corbata, deja en el suelo sus títulos, y se sube al sicomoro, simple y sencillamente él quiere conocer al Señor,... y Jesús le encuentra, y el Maestro se autoinvita y con ello se inicia la transformación de la casa del pecador en templo del encuentro, a aquella casa ha llegado la bondad y entonces la maldad ya no tiene alojamiento, el dinero de la injusticia se ha convertido en el tesoro de la conversión.

La casa de un pecador que se transformará en la casa de la salvación,... pero, ¿cómo describir esa experiencia del hombre? Resulta necesario hacerlo, porque tal pareciera que la situación moral de Zaqueo está afectando también aquellas paredes, y aunque no fuere así, la conversión si se encargará de transformar aquella casa de la injusticia en la habitación de la solidaridad, aquella morada de la ausencia en el tabernáculo de la presencia, aquel local de la amargura en la mansión de la alegría, aquel sepulcro se transforma en una cuna de nueva vida, aquel cementerio del pecado se convertirá en un dormitorio en el que se esperaba que la virtud se despertara en el corazón del hombre.

Aquella casa parecía, antes de la llegada del Maestro, no tener otro elemento descriptivo que el ser la casa de un pecador,... ¿qué efecto tiene el pecado como para que transforme aquel sitio en un lugar que esté necesitado de que la salvación llegue?

Por un lado la casa, y por el otro el pecado, y ambos coincidiendo y fundiéndose en sustantivo y en modificador de pertenencia, transformándose en la especie distintiva de aquel género.  Y es que, así definimos las realidades: género y especie, es la casa,... pero la casa de un pecador...

5.-     La casa es una necesidad en el hombre, se trata de ese medio favorable que le da cobijo, un medio que le proteje en su vida privada y que le da protección a sus seres queridos, de tal manera que se llega a convertir en el identificador de la propia familia; ¡recuerda!, que ya Dios le había prometido a David que le construiría una casa, se hablaba de la familia, de su descendencia.

Y no solamente a él, sino a todo su pueblo elegido. Resulta necesario que estemos convencidos de que a nuestras casas les dará solidez el hecho de ser construidas por Dios, puesto que el hombre, como lo dice el Salmo 127,1, no puede en la soledad construirla. ¡Si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles!

6.-     Y Dios ha querido construirle la casa al hombre. Se trata del Dios cercano, del Emanuel, del Verbo de Dios encarnado que ha venido. Dios ha puesto su morada entre nosotros. Aún, a pesar de que el hombre en su nacimiento no le ofreció un lugar en su posada.

Se trata del Hijo de Dios que ha querido hacerse presente en nuestra vida como aquel divino menesteroso que no tiene ni un nido ni una guarida,... ni un sitio donde reclinar la cabeza.

Y no obstante, en contradicción con lo que el hombre pudiera pensar, el Verbo de Dios ha encontrado una morada en las casas más insospechables: en las casas de los pecadores.

Es el Dios que ha venido a los suyos y que los suyos no lo recibieron, pero que a aquellos que le recibieron les ha permitido ser hijos de Dios,... y es entonces cuando con su sola presencia en la casa de los Zaqueos se hace extensiva la invitación a la conversión, su estancia y su prestancia al cruzar la estancia de nuestra casa se transforma en una exhortación para que nos acerquemos a la gracia y para aceptar la revelación de la salvación.

7.-     Es Cristo quien nos ha solicitado una casa para nacer en Belén, para descansar en Betania, para curar en Cafarnaúm, para santificar el matrimonio en Caná, para instituir la Eucaristía en Jerusalén, y quien está invitando a sus apóstoles a dejar por Él su propia casa, y a cambio nos ofrece, a aquellos que le recibimos en nuestra casa convertir nuestra casa en casa de salvación, y a aquellos que renuncian a su propia casa les anuncia la obtención de una habitación en la Casa del Cielo, allá en donde se nos tratará no como a huéspedes sino como a personas que “somos de casa”.

Es Jesucristo, el Hijo de Dios que ha venido a la casa del hombre con el fin de invitarle e introducirle en su propia casa, no como servidor sino como hijo.

Pero para que el hombre sea hijo en la casa es necesario que deje de ser siervo, y el pecado es la peor de nuestras cadenas, que nos ha sometido a la servidumbre.

8.-         Jesucristo ha tenido misericordia con los pecadores: les recibe, les atiende, se deja invitar por ellos, les comprende, les perdona sus pecados.

De esta manera nunca olvidarán esa experiencia de perdón: así el personaje de hoy: Zaqueo, así también María Magdalena, la Samaritana, la mujer adúltera, el paralítico de Cafarnaúm...

9.-     Es el momento de que nos preguntemos: ¿Cómo están nuestras casas?

¿Recuerdas cómo en el Génesis se retrataba a Dios paseándose en el paraíso y visitando a sus moradores? Allí hay gozo, paz, luminosidad, realización. Pero con el pecado llega la ruptura, y aparece el miedo, la traición, la inseguridad, el egoísmo y el fratricidio.

Y así sucede en nuestras vidas, ya que en muchas de nuestras casas el Señor “no se pasea”, algunos lo tratamos como a un desconocido y otros le manifestamos como persona “non grata”, es un expulsado, un marginado de nuestro territorio y entonces sobrevienen nuevas historias de Zaqueo en nuestros mismos hogares.

¿Tienes ciertas áreas de tu casa a las que Dios se le restringue el acceso? ¿No?,... ¡no te engañes!, no me estoy refiriendo a habitaciones sino a situaciones: el amor, la sexualidad, la planificación de la familia, los negocios, las amistades, las reuniones de trabajo,... Invítale a Dios para que se pasee en tu casa todos los días y en todos los espacios, es la mejor forma para que a nuestras casas llegue la salvación, y para que se transformen de un conjunto de piedras en un hogar verdaderamente cristiano.

 

LAS CASAS QUE DESCASAN.

 “En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús; pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.

1.-     Muy queridos amigos:

Decía el poeta Hare: "Para Adán el Paraíso era su hogar. Para sus descendientes, el hogar es su paraíso"

2.-         ¿Sabes? Jesús ha querido ir a hospedarse en casa de  Zaqueo, una casa que tiene poco calor de hogar, pero una casa a la que el Sol que nace de lo alto con su visita se encargará de convertir en una hoguera de vida nueva. Zaqueo le abre las puertas de su casa al Señor y Él entonces se encarga de regresarle la calidez a aquel recinto familiar.

3.-     Y, es que muchos nuevos zaqueos tenemos casas pero no tenemos hogares. ¿Sí te has dado cuenta cómo es muy distinto el tener una casa del tener un hogar?

El hogar no lo forman las paredes de la casa, ni el refrigerador, ni la videocasetera, ni la computadora, ni el aparatejo ése para ver muchos canales. El hogar no lo forma ni el carro, ni la parabólica, ni el X-Box. Lo esencial de un hogar es el amor. Es la comprensión entre padres e hijos la que nunca se podrá comparar con un televisor panorámico ni con una cuenta bancaria muy elevada. Aunque te parece un contracomercial tengo que decir que "No es un aparatejo lo que puede unir a la familia Treviño durante esta navidad".

¡Sí, ya sé que me vas a decir que es un comercial muy antiguo!, ¡que me actualice! Pero, si vieras, que son tan recientes las situaciones de enfriamento en casi todos los hogares.

Y lo peor de todo este ambiente gélido se ha desplazado a todos los espacios: antes se podía platicar aunque fuese en el auto durante el desplazamiento del colegio a la casa, pero hoy en día apenas se suben las personas al carro y de inmediato un monitor se enciende y anula el tiempo que en otras circunstancias llegaba a favorecerse para el diálogo indispensable. ¡Qué caro nos está saliendo la modernidad! ¿No lo crees?

El hogar por propia definición es aquel "sitio en donde se hace fuego". El hogar es algo cálido, acogedor, cómodo, algo que se busca con ansia. Pero hoy en día, mucho más que hogueras, algunos de nuestros hogares parecen cuartos fríos.

En un ambiente de frialdad, nadie quiere ni puede vivir; por eso ella comienza a sentir su casa como una pequeña jaula, él, por su parte, le da varias vueltas a la manzana antes de decidirse entrar a su casa, y los hijos buscan cada pretexto para pernoctar fuera de sus muros.

4.-     El hogar es también definido como "aquel lugar en el que vive una persona en la intimidad". Y las cosas no son así, porque cuando llega a faltar el amor habrá tal vez una bonita casa, arquitectónicamente perfecta, bien amueblada, en una “envidiable” zona residencial, pero allí no existe un "hogar" porque no existe vida íntima, ya que el fracaso de las relaciones se ha encargado de exponer a la intemperie la desazón que acompaña tantos desaguisados.

5.-     Te quería comentar que hay una novela española titulada: EL DIABLO COJUELO, en la que hay un personaje que durante toda la trama se la pasa deambulando por encima de los tejados de las casas levantándolos y observando lo que hay adentro. Es una especie de “Big Brother” de aquel chamuco, pero que los espectadores de la puesta en escena llegan a conocer.

Si cada uno de nosotros tuviera aquella propiedad y pudiéramos ir observando lo que sucede en la intimidad de muchos hogares, tal vez, nos quedaríamos pasmados al ver tanta amargura, tanta desilusión, tanta incomprensión, tanta apatía y tanto sentido de frustración.

6.-         Imagina aquello que conoces a la perfección: ¡Ambula!, ¡Danza! Ambula por las calles de la ciudad, danza por los tejados de las casas y encontrarás diferentes tipos de casas que en nada se acercan a la cualidad del hogar cristiano.

Hoy abundan esas casas que se han convertido en un mercado, que se han transformado en comercio. Hoy abundan las casas en donde la persona vive como si sólo intercambiará una moneda por la prestación de un servicio.

El padre de familia piensa que dando un peso merece toda la atención y todo el respeto. Y, así son las cosas con más frecuencia de la que te puedas imaginar. Pero,... más que los padres, somos los hijos de familia aquellos que cuando empezamos a ganar diez centavos, pensamos que el sólo hecho de aportar un centavo para la manutención de la casa nos hace merecedores de derechos y nos exime de las obligaciones.

Las casas se convierten en mercados en donde las personas son adquisitores de servicios, en donde se tiene derecho a tener la ropa limpia y planchada en el lugar que se le antoja a uno, y pareciera ser que la madre se convierte en sólo una prestadora de servicios a la que tú le puedes reclamar y gritar, por no tener las cosas a tiempo y en el lugar que tú quieres tenerla.

Las relaciones familiares han sido transformadas o, mejor dicho, deformadas en relaciones laborales y comerciales: compra, vende, paga, renta, exige,...

Las casas se convierten en un mercado en donde alguien llega y se sienta a la mesa pidiendo el menú que más se le antoja y si el platillo no le gustó se molesta enormemente. No importa la hora en que se llegue, el “sirviente”, que posee la conocida cara de la madre, tiene que esperarlos siempre con sus alimentos. En estos lugares, como en el restaurante, la mesa tiene que estar siempre servida y ni el niño, ni la niña son capaces de levantar de la mesa el tenedor con que comieron. Al fin y al cabo soy yo quien ayudo económicamente a la casa. ¡Y pensar que todo esto lo juzgan así por un triste peso que aportan!

Las casas se convierten en mercados en donde las personas que ya aportan, muchas veces, una ínfima parte de su sueldo, poco a poco visualizan su casa como si fuera un hotel, en donde pueden llegar a la hora que quieren y cuando quieren. Se parecen las casas a esas suites en donde la persona que paga sabe si usa la habitación o no, al fin y al cabo es el cliente y el cliente siempre debe tener la razón.                               

7.-         Decía Plinio el joven que al hogar no lo constituyen ni las cuatro paredes, ni la belleza de la construcción: "El Hogar es el lugar en dónde habita el corazón", y la verdad es que esta especie de hogares se encuentra en franca extinción.

8.-         ¡Ambula!, ¡Danza! Ambula por las calles de la ciudad, danza por los tejados de las casas y encontrarás diferentes tipos de casas que en nada se acercan a la cualidad del hogar cristiano.

Abundan las casas que en realidad son sólo ambulatorios. Son lugares por los que circunstancialmente te tocó pasar, pero en los que no existe ni un sentido de pertenencia ni un ejercicio de presencia, no existe la comunión. Son lugares en los que no nos preocupamos unos de los otros, son lugares en los que no dialogamos. Es un lugar por el que simplemente tuve que pasar un día en mi existencia y del que ya he salido, o del que espero salir con ansia, si no es por la puerta de atrás, aunque sea a través de la ventana.

9.-         ¿Sabes? Hace muchos años leía una novela del argentino Ernesto Sabato, titulada: "El Túnel", en donde el protagonista es un individuo que se encuentra aislado  de su familia como en una campana de cristal, y aunque necesita comunicarse con sus semejantes aquel grueso muro de cristal se lo  impide.

La novela del escritor sudamericano es un verdadero símbolo de nuestra familia y de nuestra sociedad “moderna”. En nuestros días se repiten miles de "slogans", pero las personas cada día dialogan menos. La sociedad y la familia que no saben conversar, llevan en sí mismas el germen de la discordia y de la incomprensión, llevan la semilla de la soledad, ingresan al túnel de la incomunicación que silencia nuestros diálogos.

10.-   Creo que esta afirmación de Sabato es la constatación de Silvia Plath al escribir la Campana de Cristal (The Bell Jar):

“ Me sentí como un caballo de carreras en un mundo sin pistas
O un campeón universitario de futbol
de pronto confrontado con Wall Street y un traje de negocios,
sus días de gloria reducidos a una pequeña copa de oro
sobre la repisa de una chimenea,
con una fecha grabada, como la fecha de una lápida.

Vi mi vida ramificándose ante mí,
Como la higuera verde en la historia.

Desde la punta de cada rama, como un higo púrpura grueso,
Un maravilloso futuro me llamaba y centelleaba.
Un higo era mi marido, un hogar feliz e hijos;
Otro higo era una famosa poetisa;
Otro higo era una profesora brillante;
Otro era una sorprendente directora de Ee Gee;
Otro higo era Europa, África y Sudamérica;
Otro higo era Constantino, Sócrates, Átila
y otros amantes con nombres peculiares y profesiones excéntricas;
otro higo era una campeona olímpica;
y más allá, arriba de todos estos higos
había muchos más higos que no podía distinguir.

Me vi sentada en la horcadura de esta higuera,
Muerta de hambre,
sólo porque no podía decidir cuál de los higos debería escoger.
Quería cada uno de ellos,
pero escoger uno significaba perder el resto,
y permanecí sentada allí, sin poder decidir;
los higos empezaron a arrugarse y a ponerse negros
y uno por uno cayeron al piso a mis pies...

11.-   La constatación de Plath no es otra que la de una naturaleza humana que aborrece el vacío de la propia existencia en un lugar en el que las personas se encuentran ineludiblemente con el sinsentido, en un lugar en el que la costumbre y la rutina carcomen lo más sagrado; y es que será entonces que las personas vacías empiecen a comer, beber y estar alegres como un programa de realización, y el malestar que les resulta será peor que el hambre, y así aconteció con esta prometedora y genial poetisa como pocas, ya que en el sinsentido del túnel se encontró que no supo ni pudo elegir: Silvia Plath se suicidó a los veintidós años

12.-         Abundan las casas que descasan.

Si se dialogara más entre los hombres, habría más paz. Nuestros silencios muchas veces no son símbolo de humildad sino de protesta.

Goethe ha llegado a afirmar que "El hombre felíz es aquel, que siendo rey o campesino, encuentra la paz en su hogar." Y tú, te has preguntado ¿Cómo está tu hogar?

 

ENCONTRAR Y DEJARSE ENCONTRAR.

 “Zaqueo bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Zaqueo poniéndose de pie, dijo a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

1.-     ¿La casa de un pecador? ¿Buscar y salvar lo que se había perdido?

El pecado del hombre, nuestro pecado de todos los hombres, puede ser comprendido dentro del lenguaje de la Sagrada Escritura desde muy diferentes ópticas e identificado con diferentes situaciones de nuestra vida:

En primer lugar, nuestro pecado puede ser descrito como una “transgresión”, y esto se patentiza cuando se viola alguna ley natural o positiva, se trata de una falta, de una inobservancia, de una desobediencia. Apreciación que se puede detectar desde el exterior.

En segundo lugar, puede ser visualizado, y que digo visualizado,... ¡experimentado! como una “mancha”, y esto tiene su punto de partida en una comprensión interiorista de la iniquidad que nos adultera y que nos vuelve impuros ante aquel que es total pureza y santidad. De aquí brotará esa necesidad humana de tantos ritos purificatorios.

En tercer lugar, el pecado puede ser referido con el lenguaje del “desvío”, y de nuevo llegamos al plano exteriorista, en la comprensión de que cuando una persona no es capaz de alcanzar esa meta que anhelaba, es como cuando se falla en el blanco, y así, mucho más que perder algo, la persona se experimenta perdiéndose a sí misma, puesto que nuestra meta es en realidad nuestro propio proyecto. Es esta la apreciación más cercana a la expresión que el Evangelio usa en este domingo: He venido a buscar y encontrar al que se había perdido.

Y así podríamos seguir hablando de otros términos que nos refieren la realidad y la propia experiencia del pecado.

2.-     No obstante, la cercanía del Señor tanto con un Zaqueo que comprende la lógica de la salvación, así como con aquellos que murmuran por la incomprensión del corazón, nos permite entender que el lenguaje más cristiano sobre el pecado, es aquel que nos lo presenta como una ofensa a Dios, se trata de la falta de respeto con alguien de nuestra casa, como la ofensa a alguien que nos ama.

El pecado entendido con el lenguaje de la ofensa resitúa al hombre en el campo de la relación interpersonal. No se trata de una relación racional y jurídica con un Legislador, sino que se trata de una relación única e incomparable que ha sido revelada en la Alianza y que se ha plenificado en la Encarnación. En ambos momentos, pero sobretodo en el segundo, Dios y el hombre se encontraron, porque Dios ha condescendido y el hombre ha sido promovido.

El lenguaje de la ofensa no nos habla de una ofensa al Amo, sino de una ofensa a aquel que nos ama, puesto que para Él nosotros somos visualizados como hijos y no como siervos.

Si nuestro pensamiento se queda en la relación Creador-criatura, entonces sería irrealizable e incomprensible algún daño a Dios, pero aquí se trata de alguien que ama a esta Iglesia, su verdadera casa, como esposa y que Él mismo se nos ha mostrado como Padre y, porqué no decirlo: se nos ha mostrado también como Madre (Is 49,15).

La ofensa se entiende desde nuestro lenguaje doméstico, es decir el lenguaje familiar, el de aquellos que habitamos en la misma casa,... Dios se ha vuelto cercano y con ello se ha vuelto vulnerable, y si no lo quieres creer contempla esa imagen del “Dios con nosotros” en la cruz de tu propia habitación.

3.-     La verdad es que en la vida nadie puede herirnos,... salvo las personas que amamos, y a Aquel que nos ama, se le ha herido sin piedad.

Pero, Él ha venido a buscar y a salvar al que estaba perdido, le interesa reclutar nuevos hijos de Abraham, y cada hombre es llamado a esta conversión, y claro que se puede... ¡Si de las mismas piedras Él puede sacar hijos de Abraham cómo no va a sacarlos de los Zaqueos de nuestro tiempo!

Se trata del que está perdido, del que se ha desviado, del que ha tirado al cesto de la basura el tesoro de la propia existencia.

4.-     ¿Es posible que tú y yo nos encontremos precisamente allí en el basurero de la inexistencia? Sobre todo, cuando no tenemos un proyecto de vida...

Debemos tener un plan de vida y con ello controlar nuestra existencia. Hacer lo contrario, sería literalmente desperdiciarla. ¿Te acuerdas de la película de Papillón o acaso habrás leído la novela? Papillón, el prisionero francés condenado a cadena perpetua en la prisión de la Isla del Diablo, se veía conturbado por una pesadilla recurrente. Repetidas veces él soñaba que se encontraba de pie delante de un severo tribunal.

 “Se le acusa”, le gritaban, “de llevar una vida desperdiciada. ¿Cómo se declara?”.  “Culpable, Su Señoría”, respondía, “me declaro culpable”.

Papillón, el prisionero, conocía el significado de la palabra desperdicio. Para él, desperdicio significaba dejar que su vida transcurriera bajo el control de alguien más, o al menos sin el propio control.

5.-     Y esta es nuestra propia historia: cada uno de nosotros somos prisioneros, cada uno a nuestra propia manera vivimos en nuestra propia mazmorra. Debemos abrirnos paso a través de esos barrotes del conformismo que hemos construido a nuestro alrededor. No debemos permitir que nuestras vidas transcurran en una penosa marcha en círculos, uno detrás de otro, que a su vez sigue a otro, que en última instancia quizá nos esté siguiendo.

Es Dios quien nos ha querido equipar con la capacidad de dirigir nuestra propia vida, y quien un día se encuentra con nosotros para constatar que muchos nos encontramos perdidos y, no pocos, ¡somos unos perdidos! Dejar de dirigir nuestra vida, tal como los Papillones lo podrán atestiguar, sería simplemente un desperdicio.

6.-         ¡Dejarnos encontrar por Aquel que ha salido en búsqueda del que está perdido! Eso es la conversión y la salvación.

Parecía que en el Evangelio Zaqueo era el que había encontrado a Jesús, y resulta al final que ha sido el Hijo del Hombre el que lo había buscado y encontrado.

El arte de la vida cristiana se realiza entre nuestras búsquedas y ese hacernos encontradizos por Dios. Y Dios tiene sus propios métodos.

7.-         ¿Quién de nosotros no conoce o por lo menos ha oído hablar de Franco Zefirelli? Cuando escuchamos ese nombre, inmediatamente pensamos en imágenes de grandiosidad: Cuarenta espadachines chocan en un magistral combate durante la representación de Romeo y Julieta; abigarradas multitudes que hormiguean hacia Jerusalén para la Pascua de los hebreos son dirigidos en la película Jesús de Nazareth; para aquellos que somos un poco más viejos (alrededor de 40 años) podemos pensar en aquellas secuencias de carreras de caballos y en todo el drama que se encuentra en cuadrilátero y en aquellos vestidores de la árena de boxeo en la película “El Campeón” con Jhon Voigt, o bien recordamos los inolvidables paisajes en Asís y aquellas tomas aéreas mientras que Francesco camina sobre el tejado en la película “Hermano Sol, Hermana Luna”, o quizá pensamos en las escenas nuevas y ya clásicas del, un poco más, reciente filme de “Hamlet” en 1995,... y tenemos que ponerle un alto a los recuerdos..., pero no a nuestra reflexión.

Franco Zeffirelli nació en una de las ciudades más bellas que existen en el mundo, capital mundial de las bellas artes, puesto que él vió la luz de la vida, ni más ni menos que en Florencia en aquel año de 1923, y aunque su cuna citadina fue la misma de Miguel Angel, de Galileo y de Maquiavelo, le tocó por desgracia nacer marcado por aquella sociedad de su tiempo: era un hijo “ilegítimo” de padres que estaban casados con otras personas, y su acta de nacimiento tiene una leyenda humillante: “hijo de padres desconocidos”.
Le han preguntado a Franco acerca de su apellido y él ha dicho que su apellido no existe, que fue inventado, “Zeffirelli” es un diminutivo del vocablo “zeffiro” y significa en italiano “vientecillo”.

Pero el talento que posee, ha sido Dios quien se lo dio, y él también lo supo cultivar. Él se inició en la carrera cinematográfica con muchos sacrificios, y un día alguien percibió el brillo del zafiro en un vientecillo que tenía el ímpetu de una verdadera ráfaga, de esta manera, con un maestro como un tal Luchino Visconti, se inició dirigiendo la Cenicienta de Gioachino Rossini.

Y a partir de allí, inició su carrera ascendente, y una vida que iniciaba, a la par, con un camino degradante. El 16 de febrero de 1969 fue el punto más crítico en la vida de Zeffirelli, y casi el final de ella –según lo cuenta él mismo- tenía entonces 46 años, y poseía ya el reconocimiento mundial...

Era aquella, una mañana nevosa de domingo y Franco quería viajar a Florencia con el fin de entrevistarse con la afamada Gina Lollobrigida, encumbrada después de su caracterización de: “Mujeres soñadas”, “Pan, amor y fantasía” y “Desnuda frente al mundo”.

Zeffirelli conducía su flamante coche, cuando en las inmediaciones de Orvieto el auto resbaló y, fuera de control, se estrelló contra el terraplén. Producto del impacto, Franco salió lanzado por la ventana y chocó su cabeza contra un muro de piedra. Pasaron algunas horas hasta que alguien percibió el accidente automovilístico y dio aviso a las autoridades. Al llegar el personal del departamento de la policía le vieron, le reconocieron y lo dieron por muerto, tan sólo de la cara se había fracturado 18 huesos,... no lo quisieron mover, estaban esperando que dejara de nevar para que pudiera llegar el personal forense, mientras tanto las noticias empezaban a volar por las radiofrecuencias: se trataba de un accidente lamentable, en el reconocimiento de su cuerpo y conforme a las identificaciones encontradas en el lujoso automóvil, el luto nacional: Franco Zeffirelli ha muerto. Las noticias volaban ya por la radio, mientras que todavía el cuerpo no había sido levantado, y en ese momento un policía observador se acerca a verlo y notó algo que le llamó la atención: una de sus heridas estaba sangrando... ¡Franco estaba vivo!

Lo llevaron al médico y después de largos meses de convalecencia, Zeffirelli reexaminó todos los patrones de vida y de trabajo. Había perdido la vista en el ojo derecho. El mismo confesaba: “Hasta ese momento actuaba como si tuviera permanentemente 16 años de edad. Daba todo por hecho, lo había conseguido tan fácilmente”.

Acostado en la callada oscuridad experimentó que su fe religiosa crecía y creaba en él un nuevo sentido de la responsabilidad para usar su talento en la proclamación de los valores humanos y espirituales. Después de su accidente consagró tres años de su vida a filmar Jesús de Nazareth.

8.-     El se reencontró con Dios y Dios había encontrado a quien vino a buscar.

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