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| .Mensaje del Párroco | . | |
Muy querida familia de la parroquia del Rosario: ¿Quién podría imaginarse al desquiciado Friedrich Nietzsche hablando excelsamente sobre el amor? Y sin embargo él es certero al afirmar con vehemencia en una de sus máximas: “La pasión se da cuando el cuerpo envuelve al alma, el verdadero amor se da cuando el alma envuelve el cuerpo”. ¿Sabes? Durante la celebración del matrimonio religioso de aquellas personas que queremos, los familiares y amigos solemos pedirle a Dios para los que serán esposos entre otras cosas: la felicidad, el bienestar, el don de los hijos…, y toda una inconmensurable lista de obsequios circunstanciales que solemos considerar como si fuesen esenciales para el importante episodio de la vida que ellos están por iniciar. Todo lo anteriormente referido es importante, pero será necesario el considerar, y sobre todo el no olvidar, aquello que auténticamente deberíamos juzgar como lo esencial,… y esto no es otra cosa que el Amor y la Fidelidad. Lo esencial es aquello que no nos puede faltar, aquello que sostiene a la familia, aquello sin lo cual el matrimonio se viene abajo; en cambio lo circunstancial puede variar tanto y en tantas maneras, pero en lo auténticamente real no llega a incidir en el matrimonio. Quizá sea necesario que lo expliquemos desde nuestra propia vivencia, yo como hijo de familia, y tú como hijo o hija de familia, o bien como aquel o aquella que has formado o llegarás a formar una familia: Dime: ¿Si o no existen en la vida momentos de alegría y escenas en que las lágrimas no se pueden disimular?..., pero al existir el amor y la fidelidad los esposos están juntos; ¿Si o no existe en la vida de todo matrimonio momentos de abundancia y episodios de escasez?..., y no obstante al existir el amor y la fidelidad los consortes están unidos; ¿Si o no varía en cada familia la llegada de los hijos y las circunstancias en las que llegan?..., y sin embargo al haber amor y fidelidad en los cónyuges ellos están unidos cuando los hijos no llegan, cuando llegan y cuando se van. Y es que el amor y la fidelidad es aquello que mantiene juntos a los esposos estén cómo estén, vivan dónde vivan, tengan lo que tengan, pasen lo que pasen… Sobre el amor existen tantas definiciones como cabezas en este mundo, y algunos son defensores del así llamado “amor a primera vista”, el cual llega a ser tan digno de nuestra confianza como el diagnóstico de un médico al primer apretón de manos o la apreciación de un mecánico sobre tu coche con sólo verte llegar a su taller. El amor auténtico no es el de aquellos que se miran por primera vez y se encuentran volando en el cielo, sino el de aquellos que tienen años y años viéndose y siguen amándose en la fidelidad. Otras personas pugnan por definir al amor como ciego, aduciendo el descontrol que se experimenta una vez que en lo hormonal nuestra afectividad se confunde con la sexualidad. El amor no puede ser ciego sino clarividente puesto que es capaz de elegir entre mil personas a la amada y descubrir en ella las cualidades excelsas, ocultas al ojo indiferente de aquel que no está enamorado... El amor auténtico no es ciego, sino lo que es ciego es el instinto, que no mide el riesgo de contagio, así como son ciegas aquellas inclinaciones y apetencias naturales que no perciben ni la destrucción de la propia familia, ni la prostitución de los sentimientos más nobles. Nada los detiene, ni los oirá siquiera. Y al clarificar el rostro auténtico del amor percibimos que un día al pasar de los años el Amor recibe un nombre nuevo: Fidelidad. Y es que estar con alguien cuando todo se nos da, ¡eso es fácil!; estar con quien decimos que amamos cuando se está en plenitud de vigor, ¡eso es demasiado sencillo!; estar con quien decimos querer cuando tiene uno dinero en el bolsillo, ¡eso no suele ser complicado! Pero estar con quien decimos amar cuando las cosas no se nos dan, se llama fidelidad…; estar con quien decimos querer cuando la enfermedad se hace presente, se llama fidelidad…; estar con quien decimos amar locamente cuando no se tiene un cinco en el bolsillo, se llama fidelidad. Por último, quisiera que supieras que en el Antiguo Testamento las dos cualidades que describen a Dios son el HESED y el EMET (Gen 24,27; 32,11; Sal 25,10; 40,11; 57, 4.11) que se deberían traducir precisamente por Amor y Fidelidad. Y no obstante, aquel Amor y aquella Fidelidad del Antiguo Testamento no se puede comparar con la manifestación de ese Amor y esa Fidelidad de Dios obtenida en Cristo (Rom 8,31-39), en quien hemos conocido la altura y la profundidad, la anchura y la longitud del HESED y el EMET divinos. (Ef 3,17-19). ¿Te fijas cómo el amor y la fidelidad son aquello que deberíamos pedirle a Dios para aquellos que se casan?,… y después de pedir esto, entonces sí pídele a Dios que sean felices, que tengan bienestar, que llegue la bendición de los hijos…, y muchas cosas más.
Pbro. Rogelio Narváez Martínez |