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La
Confirmación en la economía de la Salvación
En el Antiguo
Testamento los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor
reposaría sobre el Mesías esperado para realizar su
misión salvífica (Cfr. Is 11,2; 61,1). El descenso
del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por
Juan fue el signo de que Él era el que debía venir,
el Mesías, el Hijo de Dios.
Habiendo sido
concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda
su misión se realizan en una comunión total con el
Espíritu Santo que el Padre le da sin medida (CIC, 1286).
Esta plenitud del Espíritu no debió permanecer únicamente
en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo
el pueblo de Dios.
Muchas veces
Jesús prometió el envío del Espíritu,
promesa que realizó primero el día de Pascua y luego
de manera mas manifestada en Pentecostés. Llenos del Espíritu
Santo los Apóstoles comienzan a proclamar "las maravillas
de Dios" (Hch 2,11), los que creyeron en la predicación
apostólica y se hicieron bautizar recibieron a su vez el
don del Espíritu Santo. (Hch 2,38).
El
Hecho de la Confirmación
El nombre de
este sacramento proviene del latín confirmatio = fortalecimiento.
Sin embargo, a lo largo de la historia ha sido denominado de diversas
maneras: crismación (unción de aceite perfumado y
consagrado), imposición de manos, crisma.
El Nuevo Testamento
no habla del sacramento de la confirmación como tal. Está
claro que Jesucristo lo instituyó pero no lo administró
por sí mismo, puesto que era algo pensado para cuando El
se fuera. Cristo anunció la venida del Paráclito -El
Espíritu Santo- una vez que El se marchara de este mundo.
De lo que sí
hay clara constancia es de la administración de los Apóstoles
-con la imposición de manos- Así puede leerse en los
Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan van a imponer
las manos a los recién bautizados de Samaría para
que reciban así el Espíritu Santo (Hch 8,14-17) y
cuando Pablo bautiza e impone las manos a unas cuantas personas
en Efeso, con lo que reciben el Espíritu Santo. (Hch 19,
5-7).
Desde los primeros
tiempos de la Iglesia, cuando se administraba el Bautismo, se tenía
la costumbre de que el obispo utilizara un gesto o ritual de bendición
"la imposición de manos" sobre la cabeza
del bautizado, así se recordaba lo que hicieron los apóstoles.
Igualmente existía la costumbre de ungir con aceite en la
cabeza o en el pecho a los recién bautizados, este aceite
había sido previamente bendecido por el obispo.
Esta costumbre
se mantuvo hasta el siglo V, no existía un rito religioso
separado del Bautismo, todo se realizaba en la misma celebración.
Cuando se imponen los bautismos masivos de niños recién
nacidos, se ve la necesidad de que los presbíteros y diáconos
administren el Bautismo, mientras que la imposición de manos
y la unción se retardaba para cuando el obispo pudiera.
Significado
de la Confirmación
El Concilio
Vaticano II dice: "por el sacramento de la Confirmación
se vinculan (los cristianos) más estrechamente a la Iglesia,
se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo
y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir
y defender la fe como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra
juntamente con las obras" (Lumen Gentium, 11)
Lo primero que
conviene reafirmar es que el sacramento por el cual recibimos el
Espíritu Santo, el Sacramento del Espíritu, es el
Bautismo. Con él nacemos espiritualmente y nos hacemos partícipes
de la vida de la Santísima Trinidad y comenzamos a vivir
una vida sobrenatural. La Confirmación es el robustecimiento
de la Gracia Bautismal. Es un crecimiento espiritual, en este sacramento
se van a renovar las promesas del Bautismo que otros hicieron por
nosotros si es que se recibió al poco tiempo de nacer. Su
fin es perfeccionar lo que el Bautismo comenzó en nosotros.
Podríamos decir en cierto modo que nos bautizamos para ser
confirmados.
Lo que caracteriza
el símbolo de la Confirmación es la imposición
de manos y la unción con el crisma. Esta unción ilustra
el nombre de cristiano que significa "ungido" y
que tiene origen en el nombre de Cristo, al que Dios ungió
con el Espíritu Santo.
Imposición
de manos:
En este sentido se puede decir que en la Confirmación el
obispo, en nombre de la Iglesia, bendice a los bautizados para que
el Espíritu Santo los fortalezca y lleve a plenitud la gracia
del Bautismo, los haga testigos de Cristo en el mundo extendiendo
y defendiendo la fe con sus palabras y sus obras.
Con la imposición de manos se hace la inserción plena
de las personas bautizadas en la comunidad apostólica, esta
inserción es una verdadera participación en el profetismo
de Cristo, que los cristianos tendrán que realizar asumiendo,
anunciando y confesando la fe en Cristo, testimoniando con palabras
y obras, la verdad evangélica, a través del espacio
y del tiempo y siendo fermento de santidad en el mundo.
Unción con el Crisma:
En el Antiguo Testamento tiene una significación importante
el gesto de ungir a los reyes ( 1Sam 10,1; 16,13; 1 Re 1,39). Mediante
la unción, se otorgaba al rey el poder para ejercer su función
que estaba estrechamente relacionada con la defensa de la justicia.
Que consistía especialmente en la defensa de los pobres y
desvalidos, los huérfanos y las viudas, es decir, de los
que por si mismos no podían defenderse.
Para el Nuevo Testamento. Jesús es el Ungido por excelencia.
Así lo manifiesta el evangelio de Lucas al narrar el suceso
acaecido en la sinagoga de Nazaret, donde se lee el texto del profeta
Isaías haciendo referencia a Jesús.
"El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres,
me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos a
dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar
el año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19)
El cristiano,
al recibir la Confirmación, queda ungido y enviado para la
misión de anunciar la fe, testimoniar la verdad, comprometerse
en la implantación en el mundo de la justicia, la libertad
y la paz, para ser fermento de santidad y edificar la iglesia por
medio de sus carismas y servicios de caridad.
La Confirmación,
como el Bautismo, se da una sola vez en la vida, porque imprime
en el alma una marca indeleble, el carácter que es el signo
de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu,
revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo.
Cristo mismo se declara marcado con el sello de su Padre (Jn 6,27).
El cristiano también está marcado con un sello, este
sello marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio
para siempre.
Efectos
de la Confirmación
El mayor efecto del sacramento de la Confirmación
es la efusión plena del Espíritu Santo, y sus siete
dones: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Ciencia, Piedad,
Fortaleza y Temor de Dios, como fue concedida a los apóstoles
el día de Pentecostés.
- Si el Bautismo
hace al cristiano Hijo de Dios, la Confirmación le enriquece
con una fuerza nueva y singular del Espíritu Santo, que
le hace capaz de dar testimonio de su existencia y de irradiar
la fe que la presencia y acción de Dios ha creado y mantiene
en él.
- Si el Bautismo
une al cristiano con Jesucristo, la Confirmación le hace
testigo del Señor en plenitud, activando y profundizando
continuamente la nueva vida que reside en él.
- Si el Bautismo
llena al cristiano con los dones del Espíritu Santo y le
ha incorporado a la Iglesia, la Confirmación, le estimula
para hacer fructificar en el servicio esos dones recibidos y para
estar plenamente unido a toda la Iglesia en su consagración
y misión.
Dones
del Espíritu Santo
Para que el
cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete
dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil
para seguir los impulsos del Espíritu, estos dones son:
Sabiduría:
Nos da la capacidad especial para juzgar las cosas humanas según
la medida de Dios. Iluminado por este don, el cristiano sabe ver
interiormente las realidades de este mundo; nadie mejor que él
es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación,
mirándolos con los mismos ojos de Dios.
Ciencia: El hombre iluminado por el don de la ciencia, conoce
el verdadero valor de las criaturas en su relación con el
Creador. Y no estima las criaturas más de lo que valen y
no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida.
Consejo: Este don actúa como un soplo nuevo en la
conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que
corresponde, lo que conviene más al alma. El cristiano ayudado
con este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos,
en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña
.
Piedad: Mediante éste don, el Espíritu sana
nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura
para con Dios y para con los hermanos. El don de la piedad orienta
y alimenta la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia ayuda
y perdón. Además extingue en el corazón aquellos
focos de tensión y de división como son la amargura,
la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos
de comprensión, de tolerancia, de perdón.
Temor de Dios: Con este don, el Espíritu Santo infunde
en el alma sobre todo el temor filial, que es el amor a Dios, el
alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre,
de no ofenderlo en nada, de permanecer y de crecer en la caridad.
Entendimiento: Mediante este don el Espíritu Santo,
que "escruta las profundidades de Dios" ( 1 Cor 2,10),
comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que
le abre el corazón a la gozosa percepción del designio
amoroso de Dios, al mismo tiempo hace también más
límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias
a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están
inscritos en la creación.
Fortaleza: el don de la fortaleza es un impulso sobrenatural,
que da vigor al alma en las habituales condiciones de dificultad:
en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios,
en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente,
incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la
verdad y de la honradez. Es decir, tenemos que invocar del Espíritu
Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos
en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo:
"Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las
necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo;
pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte"
( 2 Cor 12,10).
¿Quién
puede recibir este sacramento?
Todo bautizado
puede recibir el sacramento de la Confirmación. Aunque se
recomienda que se reciba cuando se tenga pleno uso de razón,
pues este sacramento se considera como "el sacramento de
la madurez cristiana". Es necesaria una preparación
previa para que el confirmado pueda asumir mejor las responsabilidades
apostólicas de la vida cristiana.
Como se ha explicado
anteriormente la especial gracia de este sacramento es el fortalecimiento
de la fe, aumento de la gracia santificante. Dios no puede aumentar
lo que no esta presente, de ahí que el que lo recibe deba
hacerlo en estado de Gracia, es decir arrepentirse y confesar los
pecados antes de confirmarse. Recibirla en pecado mortal sería
un abuso del sacramento, un grave pecado de sacrilegio.
El ministro
ordinario de la Confirmación es el obispo, aunque éste
puede en caso de necesidad, conceder a presbíteros la facultad
de administrar el sacramento, conviene que lo confiera el mismo,
sin olvidar que por esta razón la celebración de la
Confirmación fue temporalmente separada del Bautismo. Los
obispos son los sucesores de los apóstoles y han recibido
la plenitud del sacramento del Orden. Por esta razón, la
administración de este sacramento por ellos mismos pone de
relieve que la Confirmación tiene como efecto unir a los
que le reciben más estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes
apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo.
(CIC, 1290)
Celebración
de la Confirmación
En la celebración
litúrgica de este sacramento concurren tres elementos que
deben ser señalados:
- La renovación
de las promesas del Bautismo, por la que el confirmando hace expresión
y compromiso explícito de vivir a la manera de Cristo.
- La imposición
de manos que el obispo hace sobre los confirmandos
El momento culminante de la Confirmación por el que el
Obispo impone su mano sobre la cabeza del confirmando y le unge
la frente con el santo Crisma mientras pronuncia estas palabras:
"recibe por esta señal el don del Espíritu
Santo"
El saludo de
la paz concluye el rito, significa y manifiesta la comunión
eclesial con el obispo y con todos los fieles
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