|
El
hecho y el significado del matrimonio
En la vida del
varón y de la mujer se da un momento en que, normalmente,
brota el amor. Llevados de ese amor deciden entrar en una comunión
estable de vida y formar una familia. A esta decisión y compromiso
se llama matrimonio.
El matrimonio
y la familia se cuentan entre los bienes más valiosos de
la humanidad. Son la célula fundamental de la comunidad humana:
"El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana
está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad
conyugal y familiar" (GS 47)
Este compromiso
público que se llama matrimonio, tiene una serie de características
que le distinguen de otras formas de relación interpersonales:
- El matrimonio
es una relación interpersonal que se sitúa en una
profundidad diferente a toda otra relación. Esto hace que
toda otra comunicación interpersonal anterior quede plenificada
por el amor matrimonial y que toda posterior quede necesariamente
coloreada por ella.
- El amor matrimonial
abarca a toda la persona, no siendo sólo sentimiento, ley,
obligación, radicando en esa tierra la fidelidad. Una fidelidad
creativa, abierta, enriquecedora, que es ejercicio de la libertad
y de la responsabilidad de la persona.
- Es una unión
que provoca vida, que es creadora. Si es cierto que no pueden
identificarse sin más sexualidad y procreación,
sería absolutamente ingenuo negar que ambas están
estrechamente unidas. Por otro lado, la fecundidad matrimonial,
que se manifiesta normalmente a través de los hijos, puede
desarrollarse en otros terrenos como la acogida, la promoción
de las personas, el arte.
- El matrimonio
está llamado a su publicidad, es decir, a que sea expresada
públicamente la relación de amor entre las dos personas
a las que atañe, lo que implica una cierta institucionalización.
La
concepción cristiana del matrimonio
La concepción
cristiana del matrimonio se nos ha revelado a lo largo del Antiguo
y del Nuevo Testamento, perfilándose más detalladamente
en las cartas de San Pablo (Cfr. Gen 1-2; Os 1-3; Jn 2-3: Mc 10,2-9;
Mt 19, 3-9; Ef 5, 31-33; 1 Cor 7,39).
La Iglesia de nuestro tiempo se ha pronunciado frecuentemente sobre
el matrimonio y la familia: la encíclica Casti Connubi (1930)
de Pío XI: la constitución Gaudium et Spes del Concilio
Vaticano II (Cfr. GS 47-52); la encíclica Humanae Vitae (1968)
de Pablo VI y la exhortación apostólica Familiaris
Consortio de Juan Pablo II (1981)
Una de las páginas más bellas del Génesis es
aquella en que el hombre se encuentra solo en medio de la creación.
A pesar de poner nombre a todos los animales y cosas, se siente
mudo, incapaz de pronunciar una palabra porque nadie le da respuesta.
En esos momentos de soledad existencial y de pobreza vital, Dios
le presenta a la mujer. A partir de esos momentos se inicia el diálogo
y el encuentro de amor en la historia y el matrimonio se perfila
poco a poco, hasta quedar plenamente clarificado en la persona de
Cristo.
A lo largo del
Antiguo Testamento la Alianza de amor entre Dios y su pueblo ha
sido simbolizada en diferentes ocasiones por el amor matrimonial
(Os 1-3; Jer 3; Ez 16 y 23; Is 54). Los libros sapienciales, a su
vez, trataron de explicar en diferentes ocasiones el último
sentido del matrimonio en la Alianza (Prov 15, Cantar, Ecl 25, 13-26,
18).
Sin embargo,
si los cristianos consideramos a Cristo como revelación plena
del Misterio de Dios, es preciso que Él sea quien nos desvele
el sentido profundo del matrimonio en el Plan de Salvación.
Jesús estuvo presente en una boda en Caná de Galilea,
reconociendo con su presencia el valor humano del matrimonio. Además
recogiendo la imagen matrimonial de la alianza que sugieren los
profetas, compara el Reino de Dios con un banquete de bodas en el
que se identifica con el esposo. Durante este banquete los amigos
del novio no ayunan (Mt 9, 14-15), son invitados los que están
en los caminos mientras que algunos rechazan la llamada (Mt 22,
1-14; Lc 14, 16-24), y es preciso estar alerta para participar en
la fiesta (Mt 25, 1-13).
En Mt 19, 3-9
Jesús reafirma el ideal originario de la creación
(Gen 2,24) al defender la indisolubilidad de la alianza matrimonial.
Jesús en este momento, supera la Ley, manifestando la profunda
relación que existe entre el orden de lo creado y la Alianza.
Aquí esta el origen del sacramento del matrimonio: Jesús
le reconoce como instituido desde la creación, cobrando para
él una dimensión especial. Esta significación
particular será claramente expresada por San Pablo en la
carta a los Efesios:
"Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre,
se unirá a su mujer y serán los dos un solo ser. Este
símbolo es magnífico; yo lo estoy aplicando a Cristo
y a la Iglesia, pero también vosotros, cada uno en particular,
debe amar a su mujer como a sí mismo, y la mujer debe respetar
al marido" (Ef 5, 31-33)
Para los cristianos,
la mutua entrega de un hombre y una mujer bautizados es sacramento,
es decir, un signo que expresa y realiza la alianza de amor y fidelidad
de Cristo con su pueblo, la Iglesia.
El Matrimonio
cristiano es alianza por la que un varón y una mujer bautizados
se comprometen a unir sus vidas para siempre, en indisoluble comunión
de amor fecundo.
El
matrimonio es signo de Cristo
Como acabamos
de ver, la Alianza de Dios con los hombres va a significarse a través
del matrimonio en el Antiguo Testamento. Jesucristo es plenitud
de esa Alianza; en el Dios pronuncia un sí irrepetible al
ser humano, haciéndose carne esa Alianza de Dios con el hombre.
El amor matrimonial
de los que se unen en el Señor es símbolo que actualiza
el amor de Dios aparecido en Jesucristo, siendo el matrimonio una
realidad en la que se vive, de forma peculiar, la muerte y la resurrección,
la Pascua.
Así la
donación, el perdón, los conflictos, las deficiencias,
las culpabilidades, todo que lo que es y significa una vida en común,
está integrado en el triunfo pascual del amor de Dios porque
"El amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige
y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción
salvífica de la Iglesia" (GS 48)
El
matrimonio es sacramento de la Iglesia
El Concilio
Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia "Lumen
Gentium", dice que el matrimonio y la familia son como una
Iglesia en pequeño, Iglesia doméstica (LG 11).
Los cónyuges poseen dentro de la comunidad cristiana un carisma
que les es propio, una vocación y una misión singular:
ser testigos en el mundo del amor de Dios y transmitir y educar
a sus hijos en la fe.
"En virtud del sacramento del matrimonio se ayudan mutuamente
a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y
educación de la prole y por eso tiene su propio don, dentro
del pueblo de Dios, en su estado y en su forma de vida (LG11)
Bienes y exigencias
del amor conyugal
"El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran
todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto,
fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del
espíritu y de la voluntad -; mira a una unidad profundamente
personal que, mas allá de la unión en una sola carne,
conduce a no tener más que un corazón y una alma;
exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca
definitiva; y se abre a la fecundidad. En una palabra: se trata
de características normales de todo amor conyugal natural,
pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y
consolida, sino las eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión
de valores propiamente cristianos". (Familiaris Consortio,
19 Juan Pablo II )
Unidad
El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad
y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida
entera de los esposos "De manera que ya no son dos sino
una sola carne" (Mt 19,6). "Están llamados a crecer
continuamente en su comunión a través de la recíproca
donación total"
La unidad del
matrimonio, confirmada por el Señor, aparece ampliamente
en la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y
al varón en el mutuo y pleno amor
Indisolubilidad
y fidelidad
El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza,
una fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí
mismos que se hacen mutuamente los esposos. El auténtico
amor tiene por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero.
Esta íntima unión, en cuanto donación mutua
de dos personas, así como el bien de los hijos, exigen la
plena fidelidad de los cónyuges y urgen su indisoluble unidad.
Puede parecer
difícil, incluso imposible, unirse para toda la vida a un
ser humano. Por ello es tanto más importante anunciar la
buena nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e irrevocable,
de que los esposos participan de este amor, que les conforta y mantiene,
y de que por su fidelidad se convierten en testigos del amor fiel
de Dios. Los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio,
con frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud
y el apoyo de la comunidad eclesial. (CIC, 1648)
Fecundidad
"Por su naturaleza misma, la institución misma del
matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación
y a la educación de la prole y con ellas son coronados como
su culminación" (Gaudium et spes 48).
La fecundidad
el amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral, espiritual
y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio de
la educación. Los padres son los principales y primeros educadores
de sus hijos. En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio
y de la familia es estar al servicio de la vida.
La familia, Iglesia doméstica
Cristo quiso
nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y
de María. La Iglesia no es otra cosa que la "familia
de Dios". Desde sus orígenes, el núcleo de
la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, con toda su
casa, habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían,
deseaban también que se salvase toda su casa. Estas familias
convertidas eran islas de vida cristiana en un mundo no creyente.
El Concilio
Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión,
Ecclesia domestica. En el seno de la familia, los padres han de
ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra
con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de
cada uno, y con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada.
|
Biblioteca
Virtual |