LA LITURGIA DE LA PALABRA

 

LITURGIA DE LA PALABRA

El cristiano no puede vivir sin alimentarse de Cristo, porque Él es el pan vivo que bajo del cielo; porque sus palabras, espíritu y vida, dan vida eterna; porque Él es la palabra del Padre, y no "solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que brota de la boca de Dios".El cristiano no puede vivir sin alimentarse de Cristo, porque Él es el pan vivo que bajo del cielo; porque sus palabras, espíritu y vida, dan vida eterna; porque Él es la palabra del Padre, y no "solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que brota de la boca de Dios".

 

 

Palabra de Dios

La Ley y los Profetas El Salmo La carta del Apóstol El Aleluya
El Evangelio de Jesucristo La Homilía El símbolo de la Fe La Plegaria Universal  

Cada eucaristía dominical es un festín. En ella se sirven dos mesas: la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo de Cristo.

El Señor Jesús se da bajo la forma de Palabra o de Sacramento, pues como dice Kempis:

"Dísteme como a enfermo tu Sagrado Cuerpo, para alimento del alma y del cuerpo, y además me comunicaste tu divina palabra, para que sirviese de luz a mis pasos. Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien…"

Estas se pueden llamar dos mesas… Una es la mesa del sagrado altar donde está el pan santificado esto es, el precioso Cuerpo de Cristo. Otra es la Ley Divina que contiene la doctrina sagrada y enseña la verdadera fe". (Imitación de Cristo, libro 4, Cap. 11)

La "Liturgia de la Palabra" se compone de lecturas, de cantos, de meditación silenciosa que permita asimilar lo escuchado, de predicación, del símbolo de la fe y de oraciones.

Ese alimento, extraído de la Biblia, nutre la fe del creyente y le prepara el corazón para que luego asimile el Cuerpo Eucarístico del Señor. Así la Palabra se complementa con el Sacramento. Que son los dos pilares que sostienen el edificio de la Iglesia.

Palabra de Dios

Durante la "Liturgia de la Palabra", la asamblea cristiana escucha las lecturas de la Biblia, como si fuesen una carta recibida de Dios.
El número de las lecturas puede variar: son dos en los días de la semana, tres los domingos y más numerosas en algunas celebraciones, como las vigilias de Pascua o Pentecostés.

En cada una de esas lecturas es Dios quien habla a su pueblo. Muchos textos de la Biblia, de la liturgia y de la enseñanza de la Iglesia así nos lo recuerdan.

"De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo" (Heb 1, 1-2)

"Creemos en el Espíritu Santo…. Que habló por los profetas" (Credo)

La plegaria de cada participante podrá ser: "Habla, Señor que tu siervo escucha", y el canto de su corazón; "Tu Palabra me da vida, tu palabra es eterna", y cuando al finalizar cada lectura se oiga la aclamación "Palabra de Dios", toda la asamblea responda alborozada: "Te alabamos Señor". Gracias porque quisiste de nuevo hablar con tu pueblo, gracias porque una vez más nos dices tu amor.


La Ley y los Profetas

El Concilio Vaticano Ii pidió que se abrieran los tesoros de las Sagradas Escrituras para el enriquecimiento espiritual del pueblo cristiano.

Para obedecer ese deseo se escogieron en los 46 libros del Antiguo Testamento las páginas más bellas que durante ocho siglos fueron escribiendo casi un centenar de autores.

Por eso en la primera lectura de la Liturgia de la Palabra solemos escuchar un párrafo de la Ley Mosaica, un episodio de la historia de Israel, un fragmento de los libros proféticos o unas frases de la Sabiduría popular del pueblo elegido.

Todos esos libros del primer Testamento nos hablan del Cristo que los profetas anhelaban y que en el Nuevo Testamento se presenta como quien viene a llevar la plenitud de la ley y no a abolirla.

El mismo Jesús nos dijo que a El se referían los libros del Antiguo Testamento, cuando se aplicó un pasaje de Isaías (Lucas 4,21) o cuando afirmó que debía cumplirse lo que acerca de Él estaba escrito "en la Ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos" (Lucas 24,44)

El Salmo

Un bello elemento de la liturgia de la Palabra es el "Salmo responsorial" o "gradual"

Ocupa su lugar tras la primera lectura y sirve para reforzar la enseñanza o ayudar en la meditación de alguna de las ideas proclamadas. Como la asamblea responde con un refrán a los versos del Salmo, a éste se llama "responsorial" y se le designa como "gradual" porque antes se cantaban desde las gradas reservadas a los cantores.

Los Salmos son un conjunto de 150 poesías hebreas. Muchos se atribuyen a David, Asaf,, los hijos de Core, o a los maestros de los coros del templo de Jerusalén. Sin embargo, el verdadero autor de los salmos es el pueblo de Israel que los fue cantando, adaptando, modificando a través de los siglos y que los legó, como un venero de oración, al pueblo cristiano.

Cristo usó los Salmos en su predicación ( cfr. Salmo 110 en Mateo 22,41) o en su plegaria (Mc 14,26). Mientras agonizaba en la cruz estuvo diciendo el Salmo 22.

Los Salmos pueden enseñarnos a orar. En ellos encontramos las dos grandes opciones de la plegaria: la petición y la alabanza. Nos dan las más bellas palabras para pedir y alabar. Es Dios mismo quien por medio de ellos, nos enseña a hablarle, como lo hace un padre con su hijo. Con tal Maestro estamos seguros de acertar, porque "Solo Dios habla bien de Dios"

Cuando escuchemos el Salmo, en la liturgia, acallemos el bullicio exterior, paladeemos las palabras sagradas, y dejemos que Dios nos hable y que quien le conteste sea nuestro propio corazón.


La carta del Apóstol

La Iglesia ha perseverado desde el principio en la doctrina de los apóstoles (Hch 2,42). Para quienes juzgan que sólo ahora se invita a leer la Palabra Sagrada, recordemos lo que en 1920 escribía el Papa Benedicto XV:

"Jamás cesaremos de exhortar a todos los fieles cristianos para que lean diariamente sobre todos los Evangelios de nuestro Señor Jesucristo y los Hechos y las Epístolas de los apóstoles, tratando de convertirlos en sangre de su espíritu y sangre de sus venas" (Encíclica Spiritus Paraclitus)

Por eso, cuando en la Liturgia de la Palabra se leen los escritos de los apóstoles, la asamblea cristiana abre los oídos del corazón para captar la voz viva de quienes fueron los primeros testigos de Cristo y los guías más calificados para llevarnos al conocimiento y al amor del Señor.

Epístola es una palabra latina que significa "Carta". Con ese título se designan varios escritos de Pablo, Pedro, Juan, Judas, Santiago, o de algunos discípulos que publicaban sus obras usando como seudónimo el nombre de algunos de los doce.

Algunas de esas epístolas son verdaderas cartas, otras son copias de homilías o predicaciones de la primera Iglesia.

Entre las epístolas descuellan las de Pablo. Son catorce cartas que configuran el "Cuerpo Paulino". Algunas las escribió el Apóstol de los gentiles personalmente o compartiendo la responsabilidad con algunos de sus discípulos, otras como la de los Hebreos se deben a cristianos del siglo primero, influenciados por el pensamiento de San Pablo.

Es importante leer y conocer el pensamiento paulino. Ese es un nutritivo alimento para vigorizar nuestra vida cristiana. Allí se aprende a amar a Jesucristo y a trabajar por Él.

El Aleluya

La voz hebrea Aleluya, significa alabanza a Yahvé, y corresponde al "Gloria de Dios" que se escucha de continuo en los ambientes de la Renovación Carismática.

Aleluya era la gran oración de los israelitas ante Dios. Once Salmos empiezan con esa palabra y, con ella terminan trece, porque los Salmos son ante todo una alabanza.

En los primeros siglos de la Iglesia sólo se cantaba "Aleluya" el día de la Pascua. El diácono decía: "Os anuncio un gozo grande. Este es: ¡Aleluya!" Cantar Aleluya era celebrar a Cristo Resucitado, alabar a Dios por la obra maravillosa de Cristo Jesús. Hasta en las dificultades había que cantar Aleluya.

Al correr los años, el Aleluya se cantó durante todo el tiempo Pascual, luego los domingos y finalmente todos los días del año, excepto en el tiempo de Cuaresma.

Aleluya será el cántico que entonaremos en la gloria, porque como expresa San Agustín, en el cielo nos bastarán dos palabras: Amén para aceptar a Dios plenamente, y aleluya para cantar su gloria y su poder.


El Evangelio de Jesucristo

Evangelio significa "Buena Nueva", "feliz noticia"

Evangelio es el anuncio gozoso de que la liberación ha llegado, es el dichoso pregón de que "se ha manifestado la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor a los hombres" (Tit 3,4).

El Evangelio es la presentación de Jesús ante los hombres. El Evangelio es Jesucristo. Es ante todo la persona, la obra, las enseñanzas de Jesús, y sólo en segundo lugar, el libro en donde se nos habla de la vida de Cristo y de su mensaje.

La Iglesia heredó de las comunidades cristianas del siglo primero, cuatro libros que nos anuncian la vida y la obra de Jesús.

El primero de esos libros se atribuye a Mateo; quien se esfuerza en presentar a Jesús como la respuesta a las expectativas del antiguo Testamento. Por eso es fácil encontrar en ese Evangelio la frase: "para que se cumpliese lo escrito por el Profeta". Mateo nos presenta a Jesús como Nuevo Moisés, como nuevo David, como la personificación del Nuevo Israel.

A Marcos, discípulo de Pedro, se le atribuye el segundo Evangelio, el más corto y el más concreto de los cuatro Evangelios: se preocupa más de lo que Jesús hace que de cuanto dice. En Marcos resuena la pregunta: ¿Quién es éste? ¿Qué doctrina es ésta? ¿De dónde saca tanto poder?, y la respuesta a que todos van llegando es: Éste es el Hijo del Hombre, éste es el Cristo, el Hijo de Dios.

A la pluma de Lucas se debe el tercer Evangelio. Lucas es un escritor deseoso de evangelizar paganos, samaritanos, y de proclamar que la salvación es para todos los hombres: los pecadores, los publicanos, los ladrones, los pobres, los niños, las viudas. Lucas es el evangelista que nos habla de la oración y del Espíritu Santo. Es el que se refiere a Jesús con el espléndido nombre de Señor.

Juan aparece como el autor del cuarto Evangelio. Es el teólogo que medita en la vida de Cristo y en la vida de la Iglesia: los Sacramentos del bautismo y de la Eucaristía él los presenta con belleza inigualable. Orígenes decía:

"Nos atrevemos a afirmar que los Evangelios son las primicias de la Escritura, y las primicias de los Evangelios las constituye el Evangelio de Juan. Nadie podrá comprenderlos si no ha reposado sobre el corazón de Jesús y si no ha recibido de manos de Jesús a María, para que sea su madre".

La Liturgia de la Palabra nos regala cada domingo con la lectura de un párrafo de alguno de los Evangelios. Oigámosle de pie en señal de respeto, pues es el pensamiento y la palabra misma de Cristo lo que podemos escuchar.


La Homilía

El Concilio Vaticano y la Renovación de la Iglesia precisan lo que debe ser la homilía: una conversación familiar por la que un pastor de almas alimenta su rebaño y le ayuda a aplicar en las circunstancias concretas de la existencia el mensaje del Evangelio.

La homilía debe revelarnos la voluntad de Dios, expresada en la Palabra, como si fuese un revelador fotográfico. Así debe ser la homilía una vez proclamada la Palabra de Dios en las lecturas y cánticos, la homilía ayuda a tomar conciencia de ella, explicando los términos oscuros, las expresiones difíciles, anunciando la llegada del Reino, llamando a la conversión, animando a la perseverancia y al crecimiento, aplicando el mensaje revelado a la vida diaria, urgiendo el compromiso.

Una bella homilía fue la que predicó Jesús cuando leyó un texto de Isaías y lo explicó diciendo: "Esta escritura se cumple hoy". Los ojos de todos estaban fijos en él y Él hablaba como no hay profeta bien recibido en su tierra. Los que le escuchaban se llenaron de ira contra él, porque Jesús les descubría su mal, y ellos rehusaban la conversión.

Algo así debería suceder hoy. Aplicarnos las Palabras de Dios en el hoy de nuestra vida y convertirnos a él y amarlo más. No salir diciendo que la predicación estuvo aburrida, divertida, elocuente, superficial o hermosa, sino examinando qué cambio quiere Dios en nuestra vida. Para algo nos habla. Él es el definitivo responsable de la Palabra que nos interpela.

El símbolo de la Fe

En la misa los cristianos proclamamos el Credo, Símbolo de nuestra fe.

El símbolo de la fe es como la cédula del cristiano, es el Santo y Seña que permite entrar en la asamblea de los creyentes.

Al Credo lo designamos con el nombre de "símbolo de la fe" porque sirve como signo de reconocimiento. Cuando escuchamos que un vecino, a quien tal vez nunca antes le habíamos visto, profesa el Credo, podemos decir: "¡Este es un hermano. Tiene la misma fe. Cree en el mismo Padre. Acepta al mismo Señor Jesucristo. Ha recibido en el bautismo al mismo Espíritu de Dios!"

Al Credo lo llamamos símbolo porque permite reconocer a quien lo recita como auténtico hermano en el Señor.

El Credo es también un resumen de la fe. En el Nuevo Testamento encontramos algunas fórmulas de fe muy concisas, como "Jesús es el Señor". A partir de esas fórmulas breves, la fe cristiana expresó su conocimiento de Jesús nacido, muerto y resucitado, ascendido a la derecha del Padre, como Señor y juez del Universo. A esa confesión de fe en Jesucristo se unió otra profesión en Dios Padre Creador, en el Hijo Eterno que se hizo carne y en el Espíritu que resucita a los muertos.


La Plegaria Universal

La Liturgia de la Palabra suele terminar con una súplica llamada: "Plegaria Universal" u oración de los fieles. Es la intercesión que eleva todo el pueblo cristiano, clérigos, laicos, es decir los fieles, los que tienen fe en que Dios los oye y les responde, los que confían en la fidelidad de Dios con ellos y esperan serle fieles a El.

En esta súplica, el presbítero hace una introducción dirigida al Padre, luego el diácono o un comentador presenta las intenciones. Tras un momento de silencio la asamblea clama diciendo: ¡Te rogamos, Señor! ¡Escúchanos!. Finalmente el presbítero suplica a Dios Padre que acoja esas súplicas por medio de Jesucristo.

Las peticiones se refieren a la Iglesia, al mundo, a los pobres o a la asamblea, con gran amplitud de miras: el cristiano debe ser un hombre con vocación universal; los linderos de su parroquia o de su pueblo no agotan el alcance de sus preocupaciones.

La primera intención: se refiere a la Iglesia; es el momento de pedir por los que creen, por los acontecimientos que afectan la vida de los cristianos: Concilios, Sínodos, congresos, Conferencias, nombramientos, esfuerzos por lograr la unidad, bendiciones especiales para el Papa, los Obispos, los que colaboran en la acción pastoral.

La segunda intención: recuerda las necesidades del mundo: la justicia, la paz, la lucha por el desarrollo de los pueblos, la promoción integral de los hombres, la libertad, el buen gobierno de las naciones, el acierto de quienes rigen los destinos de la tierra.

La tercera intención: alude a las urgencias de los que sufren: los enfermos, los huérfanos y las viudas, los ancianos, los exiliados, los desposeídos, los afectados por cualquier tragedia, los pobres. El cristiano debe solidarizarse con los necesitados. La Palabra de Dios urge acercarse al prójimo, comprometerse con él y amarlo.

La cuarta intención: presenta al Señor las intenciones de la comunidad y de la asamblea. Los que configuran la parroquia, los que viven en el mismo barrio, los que se congregan en las mismas celebraciones, los que en el momento de orar se encuentran reunidos en el mismo altar, y no solo éstos sino sus amigos y familiares.

Si en la predicación se ha hablado acerca de Dios y su misterio, en la oración de los fieles se habla a Dios acerca de los hombres, de sus necesidades y de su dolor.

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