Todos los días me despierta un ruido persistente, que he llegado a odiar más que la alarma del reloj, lo cual ya es mucho decir. Un repetido martilleo se infiltra en mis sueños, haciéndome imaginar toda clase de calamidades; desde las detonaciones emitidas por armas extraterrestres, hasta mis hijos aprendiendo a tocar la batería.

ruido

Así es como mi organismo va despertando poco a poco y mi mente se distancia de la pesadilla, para tomar consciencia de lo que realmente sucede; inicia un día más de obras en una de las muchas construcciones que se levantan en la colonia, cortesía de la nueva fiebre inmobiliaria.

Cuando en el desayuno, el camino a la oficina o, más tarde, durante la cena, se me ocurre hacer un comentario quejoso al respecto, mi esposo o mis amigos me dicen que ya debería estar acostumbrada. Así es la vida en las grandes ciudades, y si no fueran las obras, serían las ambulancias o los sinceros recordatorios familiares, emitidos por los primeros conductores del día. Sí, acaso debería ceder a la costumbre; pero lo cierto es que no puedo y tal vez no quiero hacerlo.

El domingo, mientras desayunaba, leí un artículo que me dio la razón. Según la nota, hay dos elementos esenciales para la salud física y mental de las personas, que se han vuelto prácticamente imposibles de tener en un grado satisfactorio, en nuestras sociedades contemporáneas. Se trata del sueño y el silencio.

¿Pensaban que los lujos a los que me refería eran tardes de spa y compras ilimitadas en las tiendas más palaciegas de la ciudad? ¡Pues no! Lo que se ha vuelto un lujo en nuestros días es dormir como Dios manda, o más bien, como el cuerpo pide y contar con unos instantes libres de contaminación auditiva, en los que podamos escuchar los propios pensamientos.

El artículo también citaba un estudio, elaborado por un instituto de neurología, según el cual los adultos dormimos un promedio de cinco horas diarias. Este corto periodo es de por sí insuficiente para que se lleven a cabo todas las funciones reparadoras que los distintos sistemas de nuestro organismo realizan durante el sueño. Pero lo peor que esas cinco horas no suelen ser de sueño profundo e ininterrumpido.

Pocos son los afortunados que caen en brazos de Morfeo en cuanto su cabeza toca la almohada. Lo más común es que pasemos un buen rato dándole vueltas a los contratiempos del día que estamos concluyendo, así como a los pendientes del que iniciaremos mañana. Por otra parte, la noche ha dejado de ser ese momento en el que se impone el silencio y en que los pocos transeúntes hacen lo posible por pasar desapercibidos. Ahora cualquiera grita, toca la bocina o pone música a todo volumen a mitad de la madrugada y a quienes intentamos dormir no nos queda más que la resignación.

Cuando un artículo de primera necesidad se transforma en lujo, accesible para unos cuantos y en contadas ocasiones, lo más natural es que nuestros sistemas colapsen. Pese que tratemos de llevar y procurar a nuestras familias una vida saludable, una alimentación balanceada y una educación para la paz, como diría William Soto, es imposible que nos mantengamos sanos y equilibrados, si lo más esencial nos falta.

Por eso es que me resisto a caer en la costumbre; pero también me doy cuenta que en vez de quejarme, debo pasar a la acción. Tal vez no podré acabar con todas las construcciones que se hacen en la ciudad, pero habrá que postergar la renovación del guardarropa e invertir en vidrios más gruesos para las ventanas. Si el descanso y el silencio son un lujo, me los daré, ¡porque creo que los valgo!

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